Capítulo 29
Almudena
De repente, me vi en un prado verde, con un cielo demasiado celeste y muchísimas flores.
Era el paisaje perfecto, y me sentía como flotando entre tantos colores brillantes y bonitos.
No sabía el tiempo que llevaba allí, porque, donde estaba, no hacía falta el reloj, no había nada que hacer más que disfrutar de todo lo que nos rodeaba.
Debía ser algo parecido al más allá, si es que no se trataba de eso precisamente, pues, como no había estado nunca, no sabría decirlo con certeza.
Una de las veces, al alzar mi mirada, ahí estaba él, Santi, mirándome con cariño, como siempre me miraba cuando estábamos juntos.
—¡Mi amor! —grité, y salté corriendo a su encuentro.
—Cariño —me dijo él, frenándome con un gesto.
—¿No quieres abrazarme?
—No puedo abrazarte, que es diferente.
—¿Y eso por qué?
—Porque, si lo hago, no volverás al mundo de los vivos.
—No quiero volver ahí abajo.
—Sí que quieres, y debes, te espera mucha vida por delante.
—¿Tú por qué no volviste? Eras mucho más joven que yo cuando te marchaste.
—Porque yo había cumplido con lo que me estaba marcado.
—Pero… me dejaste desolada.
—Lo sé, mi vida, lo sé, pero no podía hacer otra cosa… Sin embargo, tú…
—Yo quiero quedarme aquí, contigo.
—No, no quieres, tienes a gente muy importante allí.
—No más que tú, te lo aseguro.
—Ven conmigo, que te voy a mostrar algo.
Santi me guio, no sé cómo, a otro paraje, como a otra dimensión, donde pude ver a mi familia, mis padres, mis amigos, como estaban alrededor de mi cama.
De repente, todo eso cambió, y me vi feliz, junto a Ismael, en una iglesia, vestida de novia, con David andando, llevando los anillos.
Más tarde, embarazada, con otro hijo, aparte de David, cogido de mi mano, y las lágrimas cayeron por mi rostro.
—¿De verdad estás dispuesta a renunciar a todo esto?
—¿A ti también te mostraron todo tu futuro?
—No, Almu, yo no tuve esa oportunidad, porque yo no tenía un futuro. Mi vida terminó ahí.
—¿Si te hubieran dado a elegir?
—Sin ninguna duda, me hubiera quedado a tu lado, con nuestro bebé, ese que estaba creciendo en tu vientre, pero que se esfumó.
—¿Sabías lo del bebé?
—Lo supe en cuanto que llegué aquí, porque esa alma, se vino conmigo. Él tampoco tenía que vivir, pero tú sí. ¿No lo entiendes?
—Te he querido desde el primer día que te vi, Santi, no quiero que veas a Ismael como la persona que te ha sustituido.
—Y no lo veo así. Para mí, él es la persona que ha llegado a tu vida para darte todo el amor que a mí me falto, por mi partida, esa felicidad y esa familia, y debes volver.
—Dame un último beso, por favor, tengo que volver a sentir tus labios para encontrar la fuerza suficiente para hacerlo.
—Aun exponiéndome a una buena reprimenda, lo voy a hacer, pero solo si me prometes que me olvidarás, que vivirás todo lo que te queda sin remordimientos.
—Te prometo que lo haré.
Santi me cogió la cara y me dio un breve beso en los labios, para, a continuación, darme un empujón, que me hizo sentir vértigo hasta que me di cuenta de que fue como si cayera en la cama del hospital.
No podía abrir los ojos, pero escuchaba todas las conversaciones que se daban a mi alrededor.
En esos momentos, estaban mis padres e Ismael, y una duda me asaltó de repente. ¿Dónde estaba el niño? ¿Había conseguido llevárselo?
Eso me puso muy nerviosa, y una de las máquinas comenzó a pitar, muy fuerte y escuché como mi madre llamaba a un médico, mientras que Ismael me cogía de la mano y me hablaba.
—Mi amor, vuelve, por favor. Te necesito a mi lado, te quiero más que a mi vida y quiero que nos casemos.
¿Cómo le podía decir que ya había visto nuestra boda? ¿Me tomaría por loca si le contaba lo que había sucedido? Esperaba que no, porque me decepcionaría muchísimo.
Casi sin darme cuenta, me fui relajando, hasta el punto de que abrí los ojos. No fue algo así como si fuera de sorpresa, no los abrí de golpe, sino poquito a poquito, como acostumbrándome a la luz.
—Tengo sed —fue lo primero que dije.
Ismael, que estaba sentado a mi lado, con la cabeza apoyada en mi cama, al escucharme hablar, levantó la cabeza, y lo vi llorar.
—Mi amor, has vuelto…
—Agua…
—Espera un momento, que ahora mismo llamo al médico para que venga y me autorice.
Antes de marcharse, se acercó a mí y me dio un beso en los labios, que me supo a gloria, y que, por primera vez desde que estábamos juntos, no comparé con los besos de Santi.
Entendí, al momento, por qué había sido, y no pude evitar que unas lágrimas cayeran por mi rostro.
Nuestro vínculo, ese amor que habíamos sentido antaño, se había evaporado, y su figura estaba presente tan solo como un recuerdo, como lo que debería de haber sido desde que se fue.
El doctor entró y me hizo muchísimas preguntas, hasta que, con una sonrisa, se dirigió a mí.
—Muy bien, señorita, sus habilidades cognitivas están intactas, así que, empezaremos a quitarte toda esta maquinaria y te subiremos a planta.
—¿Puede empezar por traerme agua, por favor?
—Sí, ahora mismo. Entiendo que tienes que tener mucha sed.
—Tanta como si viniera de dar una vueltecita por el desierto.
El doctor soltó una carcajada, y dio el aviso para que me trajeran agua y me trasladaran a una habitación. Todavía estaba en la unidad de cuidados intensivos y, a juzgar por la alegría de todo el personal sanitario, debía llevar allí bastante tiempo.
—¿Cuántos días llevo aquí, encerrada en mi propio cuerpo?
—¿Días? Va a hacer siete meses, cariño.
—¿He estado ausente todo este tiempo?
—Sí, y tu familia se ha mostrado muy preocupada, cariño.
—Como para no estarlo, la verdad.
—Ahora, cuando llegues arriba, podrás darles un abrazo y un beso a todos, sobre todo a ese hombre tan guapo que, siempre que entraba, te decía que te amaba y que tenías que despertar.
—¿Ha venido todos los días?
—Sin excepción, a las once en punto de la mañana y a las nueve de la noche, como un clavo.
—¿Qué hora es en estos momentos? Porque, cuando he abierto los ojos, estaba aquí.
—Pues, exactamente, son las doce y media de la tarde.
Una sonrisa se pintó en mis labios, pero también una preocupación. El pequeño David se había llevado todo este tiempo sin verme y, siendo de tan corta edad, lo mismo y ya me había olvidado.
Me subieron a planta y, al entrar en la habitación, allí estaban todos, esperándome, y con lágrimas en los ojos.
—Mi amor, no sabes las ganas que tenía de verte despierta. Sabía que podrías con esto —me dijo mi padre, dándome un abrazo.
—Mi niña, por fin has vuelto —habló mi madre.
—Cariño, no sabes lo mal que lo hemos pasado en estos meses. En multitud de ocasiones, pensé que no volverías, que te perderíamos para siempre.
No sabía si contarles todo o quedarme callada, pero, en un arrebato de valentía, lo hice.
—No sabéis lo que me ha pasado mientras que estaba en el más allá…
—Hija, lo dices como si te hubieras muerto.
—Así me he sentido, mamá. Te lo juro.
—Bueno, cuéntanos, qué te ha sucedido.
Empecé a contarles esa sensación de estar flotando, además de todo lo que vi y viví allí. Cuando llegué al momento de Santi, vi cómo Ismael se hacía pequeñito, como si no pudiera competir con él.
Tenía que hacerle ver que mi amor por él era más fuerte que todo lo que había sentido en mi vida, que nada tenía que ver con lo que viví con Santi.
—Cuando me vi del brazo de Ismael entrando en la iglesia, cuando me vi embarazada, con él a mi lado, supe que todo lo que quería estaba aquí abajo, y fue cuando me desperté.
—¿Me lo estás diciendo en serio, Almu?
—¿A qué te refieres?
—A que querías bajar, que querías volver con nosotros, conmigo.
—¿Nos podéis dejar a solas, por favor? —Les pedí a mis padres, que me miraron con una sonrisa.
—Por supuesto, vamos a aprovechar para comer algo, que hace días que no lo hacemos en condiciones —dijo mi padre.
—Ismael, quédate con ella el tiempo que quieras, nosotros recogemos a David de la guardería —le dijo mi madre.
—Gracias, Anita.
—No hay que darlas, somos familia y ese niño es mi nieto.
Cuando todos salieron y nos quedamos a solas, le hice un gesto para que se sentara a mi lado.
Todavía no me habían dado permiso para que me levantara, porque mis piernas no tenían la fuerza suficiente para sostener mi cuerpo, y tendría que ir a rehabilitación durante un buen tiempo, para poder volver a ser la que era.
—¿Qué querías decirme que has echado a todos de la habitación? ¿Tan malo es?
—No, más bien todo lo contrario, al menos para mí.
—Entonces, habla.
—Te quiero más que a mi propia vida, Ismael, y eso me ha costado entenderlo, pero por un simple motivo, era como si sintiera que estaba traicionando a Santi.
—Y lo entiendo.
—No, porque no lo entendía ni yo. He tenido que ver a Santi para darme cuenta de las cosas. He tenido que escuchar de sus labios que debía seguir mi vida sin remordimientos para entenderlo.
—¿Piensas que todo lo que viste fue real? Y no lo pregunto por juzgarte, te lo prometo.
—Lo sé, no hay más que verte y escuchar el tono de tu voz. Y, siendo sincera, no sé si fue mi subconsciente el que me mostró lo que necesitaba, o si era realmente cierto, pero sé que, desde que he vuelto, tan solo quiero estar contigo.
—Yo también, y quiero que, en cuanto que estés recuperada, nos casemos, que vivamos todo eso que has soñado o has visto, me da igual cómo lo hayas sabido.
—Cuéntame algo del niño, habrá crecido tanto, y me lo he perdido, como su primer día de guardería, y todos sus progresos. Seguro que ya me ha olvidado.
—No, de eso estoy completamente seguro. Cuando pasa por delante de tu foto, te señala, como si preguntara por ti.
—Tengo unas ganas enormes de verlo.
—Muy pronto, les he dicho a tus padres que lo recojan ya de la guardería, y que lo traigan hasta aquí, seguro que él también se alegra de volver a verte.
Estuvimos hablando un buen rato más, sobre todo, el trabajo, la casa, pero quería preguntar algo que no me atrevía, así que, lo dejaría para más tarde.
Me contó que, cuando los médicos dijeron que no sabían el tiempo que tardaría en despertar, decidió volver al trabajo, porque se iba a volver loco.
No tuvo más remedio que inscribir al niño en una guardería, puesto que mis padres estaban aquí todo el día, y no era un ambiente para que el niño viviera día a día.
—En eso tienes razón, e hiciste bien. Pero, si estabas en el trabajo, ¿cómo es que venías a verme a diario?
—¿Cómo sabes que venía con esa frecuencia?
—Me lo dijo una enfermera, pero no has respondido a mi pregunta.
—Porque hablé con Samuel y le dije que, de once a doce y media, no estaría en la oficina, y él me dio el permiso para hacerlo.
—¿Y hoy? ¿Son las dos y media?
—A partir de hoy me cojo las vacaciones, para poder cuidarte como te mereces.
—No hace falta, de verdad. En breve estará aquí el fisioterapeuta y pronto podré volver a casa.
—Por eso mismo, en cuanto que te den el alta, nos marchamos a casa y te cuidaré como a una reina.