La luz ante mis ojos Capítulo 28
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Capítulo 28

Ismael

Forcejeé con María, tenía que quitarle el cuchillo y lograr reducirla, pero no quería hacerle daño.

Ahora, en frío, pensaba que ojalá y hubiera sido ella la lastimada, y no Almudena.

Cuando le vi el vestido blanco completamente manchado de sangre, lo primero que hice fue mirar mi herida, pero no era mía esa sangre.

Lo supe cuando la vi caer al suelo, de rodillas, como si estuviera viendo una escena a cámara lenta.

Intenté por todos los medios que no cerrara los ojos, pero me fue imposible, aunque, no por ello, dejé de hablarle y de pedirle que aguantara.

Incluso en la ambulancia continué de la misma manera. Sus padres, al verla así, casi se caen de la impresión.

—Ve con ella, Ismael, seguro que ella no querría que te separaras.

—Gracias, Pedro. Mi hijo…

—Tu hijo estará bien, ahora cuida tú de la mía. Nos vemos en el hospital.

La ambulancia arrancó y, a pesar de que el trayecto era relativamente corto, porque no tardamos más diez o quince minutos en llegar, se me hizo eterno.

—Hasta aquí, caballero, a partir de esa puerta, nos ocupamos nosotros.

—Por favor, no la dejen que se vaya…

—Haremos todo lo posible, no se preocupe, pero no nos entretenga más.

—Venga por aquí, caballero, vaya dando sus datos y espere en aquella salita, le avisaremos con cualquier cambio —me dijo una enfermera del hospital.

Minutos después llegaron Anita y Pedro, que traían a mi hijo. Como era lógico, no iban a dejarlo solo en casa.

A continuación, fue el turno de nuestros amigos, que llegaron en tropel, incluso nuestro jefe, que se había enterado por casualidad al ver las noticias del periódico digital.

Los segundos parecían minutos, los minutos, horas, y las horas, días, pues llevábamos allí un buen rato y nadie había salido a decirnos nada.

La policía también hizo acto de presencia, para tomarme declaración, y le conté todo lo que había pasado.

María estaba detenida, dispuesta a pasar a disposición judicial. A todo lo que tenía en la denuncia, ahora habían añadido intento de secuestro de un menor, agresión e intento de homicidio, por lo que le había provocado a Almudena.

—Se enfrenta a una buena condena, no se preocupe.

—Que se muera en la cárcel, no se merece otra cosa.

—Ismael, no hables así, ella también es una víctima, de sus propias adicciones, que es casi peor —me dijo Anita, que demostraba, una vez más, que tenía un corazón de oro.

—Pues yo estoy de acuerdo con él, que se pudra en la cárcel, por todo el mal que le ha hecho a todo el mundo.

La policía nos explicó que habían pedido los informes médicos de la madre biológica de David, porque ahora el fiscal empezaba a sospechar que no había sido una muerte natural, y eso me aterró.

¿Habría sido capaz de llegar a eso por dinero? ¿Tanta era su adicción que le había llevado a terminar con la vida de su mejor amiga?

Pensaba en eso y se me ponían los vellos de punta. Sumido en mis pensamientos, y con todos a mi alrededor, vi como salía uno de los médicos que habían atendido a Almudena cuando llegamos.

—¿Familiares de Almudena Pardo? —preguntó.

—Nosotros —contesté, saltando de la silla como si tuviera un resorte.

—¿Cómo está mi hija, doctor? —preguntó su madre, entre lágrimas.

—Para empezar, está viva de milagro. Un centímetro más abajo y no lo habría contado. Pero, a pesar de esto, está en estado muy grave.

El doctor nos contó que habían tenido que meterla en el quirófano con urgencia, pues traía una hemorragia que no había manera de parar.

La puñalada no le había afectado ningún órgano vital, pero sí que había rozado el pulmón derecho, y ese era uno de los motivos por los que no podían parar la hemorragia.

Había perdido muchísima sangre y ahora, se encontraba muy débil y en la unidad de cuidados intensivos, bajo una sedación inducida, porque querían evitar que se moviera, ya que tenía que permanecer en reposo absoluto.

—¿Podemos pasar a verla?

—Hoy, tan solo a través del cristal. Si vemos que sus defensas están más altas mañana, os dejaremos que paséis veinte minutos al día.

—Gracias, doctor.

—Acompañadme, pero solo dos o tres personas.

—Ve con ellos, Ismael, que nosotros nos quedamos con el niño —me dijo Marieta, mientras que los demás asintieron.

Nos llevaron por un pasillo que se me hizo eterno, hasta que llegamos a un ascensor que subía directamente hasta la zona en la que se encontraba la UCI en la que permanecía Almudena.

—Esperad aquí un momento, enseguida os abren la persiana.

—Gracias.

Cuando la enfermera subió esa persiana y la vimos ahí, en esa cama, conectada a un montón de máquinas, no pude evitar ponerme a llorar, y lo hice como un niño pequeño.

Todo era por mi culpa, si no hubiera dejado entrar a aquella mujer en mi vida, si no me hubiera fijado en Almudena, hoy no estaría en esas circunstancias.

—Ni se te ocurra pensar eso —me dijo Anita.

—¿Acaso lo he verbalizado?

—No ha hecho falta. Ambos nos hemos dado cuenta de tu sentimiento de culpabilidad, tu rostro te ha delatado —afirmó Pedro.

—Es que ha sido culpa mía, yo la he llevado a este punto y, si le pasa algo, no me lo perdonaré en la vida.

—Mi hija es fuerte, y saldrá de esta, estoy completamente segura de ello.

El doctor nos envió a casa, alegando que, si éramos de la misma ciudad, no podríamos permanecer en la sala de espera, ya que era una tontería.

Nos pidió un número de teléfono, por si había algún cambio o nos necesitaban para algo, y nos marchamos de ahí.

Al llegar a la sala de espera, les dijimos a los demás lo que nos habían comentado, y la primera reacción fue la de mi jefe.

—Ismael, hasta que no se haya solucionado todo, no te quiero ver por la oficina. ¿De acuerdo?

—Samuel, no me quedan más días de asuntos propios, y vacaciones no me tocan todavía.

—Pues me los invento, y ahora no serán de asuntos propios, serán de asuntos ajenos. Cuando Almudena ya esté en casa, cuando te sientas con fuerzas para volver, me avisas.

—Gracias, de verdad.

—Venga, vamos a casa —nos dijo Pedro.

—No te pensamos dejar solo, Ismael, así que, como es más factible que nos vayamos nosotros a tu casa a que tú te vengas a la nuestra, por el tema del bebé y demás, cogemos el pijama y ya estamos allí, contigo —me dijo Marieta.

—Si vosotros no podéis, por trabajo o por lo que sea, nosotros también teníamos pensado ir con ellos —le dijo Anita.

—Hagamos una cosa, nosotros estaremos de noche, y vosotros durante el día. ¿Os parece bien?

—Durante el día no me pienso mover del hospital —les dije.

—Nosotros tampoco, así que, nos haremos compañía y nos vamos ocupando del niño como podamos —dijo Pedro.

Salimos de allí y nos fuimos dando un paseo, a todos nos venía bien que nos diera el aire y que nos aclarara un poquito las ideas, porque estábamos saturados con todo eso que había sucedido.

Al llegar a la calle, nos estaban esperando los vecinos, así como el propietario y gerente del restaurante de la esquina, en el que tantas veces habíamos comido y cenado durante todo el verano.

—¿Cómo está Almudena, Pedro? —preguntaba un vecino a mi suegro.

—¿Han cogido a esa mujer? ¿Está detenida? —preguntaba otro.

—Mi hija está estable, dentro de la gravedad, y sí, está detenida y esperando a pasar a disposición judicial…

Mi suegro les contó a todos lo que había sucedido, quien era esa mujer y el motivo por el que lo había hecho.

El propietario del bar, después de escuchar que Almudena estaba estable, entró dentro de su restaurante, y salió con varios recipientes de comida, para que pudiéramos cenar algo, ya que no habíamos comido nada en todo el día.

No lo trajo solo para nosotros, sino que también lo hizo para nuestros amigos, que subieron con nosotros.

Todos los vecinos se quedaron conmocionados, pues la historia no era para menos, y nos desearon que hubiera una pronta recuperación.

También hubo algunos que se ofrecieron a quedarse con el niño, sin ningún apuro, dejándonos claro que todos podrían hacerse cargo sin ningún problema.

Después de eso, cuando todos estuvimos arriba, en casa de mis suegros, cenando en silencio, asimilando todo, un pensamiento se cruzó por mi mente, y lo verbalicé en alto.

—En cuanto que Almudena salga de todo esto y esté recuperada, le voy a pedir que se case conmigo.

—Y eso la hará muy feliz, al igual que a nosotros, Ismael —dijo Anita, cogiendo mis manos.

—No encuentro un mejor hombre que tú para que comparta su vida con mi hija. Eso sí, no me quiero quedar con un solo nieto, porque este niño, aunque no lleve mi sangre, es mi nieto el mayor —dijo Pedro, sacándome una sonrisa.