Capítulo 27
Almudena
La cosa era de un surrealismo que rozaba el esperpento, os lo juro. Habían pasado ya tres días desde que supimos todo e Ismael había presentado la denuncia.
Habíamos pedido la partida de nacimiento original, pues queríamos saber el nombre que le habían puesto al bebé cuando nació, además de que la necesitábamos para que le cambiaran los apellidos al niño.
Todo eso fue a través del juzgado, porque Ismael no constaba en ninguna parte, y tuvo que presentar también la prueba de paternidad.
La casa ya estaba completamente restituida, el mobiliario que rompió esa mujer y los artículos de menaje, y ya había trasladado todas mis pertenencias allí, por lo que habíamos empezado a vivir juntos.
A María no la habían localizado, no estaba por ninguna parte, y pensábamos que se habría marchado de la ciudad, porque no era tan grande como para que no la encontraran.
—He pensado que podríamos irnos este fin de semana a cualquier parte, los tres solos.
—Me encanta la idea.
—Sí, además, lo necesitamos. Tengo ganas ya de pasar página, de que todo esto termine.
—Yo también, pero bueno, ya tienes al niño contigo, que es lo importante.
—Sí, me ha llegado la partida de nacimiento hace un ratito, y ya sé todos los datos.
—¿En serio?
—Toma, míralo por ti misma.
Cuando me tendió el móvil para que leyera el correo electrónico que le había llegado, y me quedé un poco descolocada.
—¿Hasta en esto ha mentido?
—Pues sí, y cada vez la entiendo menos.
—Yo pienso que lo tenía todo planeado. Me llego a preguntar si la muerte del parto no fue algo premeditado, también.
—No me digas eso ni en broma, porque entonces, como no la encuentren, voy a vivir con miedo toda mi vida.
—Terminarán por hacerlo, pero, esto, este documento, demuestra que ha sido así, Ismael.
Por lo visto, al niño lo inscribieron desde el mismo hospital, al fallecer su madre y, tal y como había manifestado la matrona que la trató, según lo que Natalia le había pedido, el bebé se llamaba David.
Tampoco hay ningún testimonio sobre esa carta que dicen que ella dejó, salvo el documento que María presentó para que le permitieran hacerse cargo del niño.
—Tengo que ir al registro, para cambiar los apellidos de David.
—¿Vas a mantener su nombre? Pensé que le pondrías Ismael, tal y como te había dicho ella que se llamaba.
—Creo que, por respeto a su madre, debo hacerlo. Además, nunca me gustaron los padres que les ponen su nombre a sus hijos, llámame maniático.
—Hombre, a mí tampoco me gusta. Es como si quisieran que fueran una prolongación suya.
Salimos de la casa con el bebé en el carrito, dispuestos a llevar a cabo todos los trámites que Ismael tenía por delante, pero, al llegar a la esquina, allí estaba ella.
Tenía cara de loca, como si estuviera completamente fuera de sí. Al vernos, empezó a reír, pero no era una risa normal, de algo que te hace gracia. Ni siquiera era una de esas risas irónicas, sino una de maldad, de las que te ponen los vellos de punta.
Casi sin darnos cuenta, sacó un cuchillo, no sabemos dónde lo tenía guardado, ni dónde estaban sus pertenencias, pues venía como si llevara mucho tiempo viviendo en la calle, como si no se hubiera duchado.
—Mira a quienes tenemos aquí…
—Guarda eso, María, no lo compliques más, que bastante complicado lo tienes ya.
—No, lo has complicado tú, que no has seguido mis indicaciones.
—María, vamos, somos amigas, podemos hablar tranquilamente —le dije, queriendo apaciguar un poquito las cosas.
—¿Amigas? ¿Tú te llamas mi amiga? Venga, hombre, no me hagas reír.
—Baja ese cuchillo, por favor —insistí.
—Dame a mi hijo.
—No es tu hijo, es el mío, y no pienso dejar ni que te acerques a él —le dijo Ismael, poniéndose delante del cochecito.
—Si no llego a venir, ni te hubieras enterado. Necesito que me des al niño. Tengo una buena familia que se va a hacer cargo de él. Firmaré la renuncia y me darán una buena suma de dinero por eso.
—¿De qué coño estás hablando, María?
—De que necesito dinero y, si te quieres quedar con mi hijo, pues tendrás que pagar, así de simple.
—Eres una hija de puta. Ni es tu hijo ni te pienso dar un puto céntimo.
Con mucho disimulo, di el aviso a la policía a través de mi reloj, esperando que llegara antes de que ocurriera ninguna desgracia.
—¡Dame a mi hijo! —gritó.
—Almu, entra con el niño en el portal, por favor.
—Ismael…
—Hazme caso, y date prisa.
Me giré para hacerlo, cuando escuché un grito y un forcejeo, no me quise girar a ver lo que estaba sucediendo, porque lo primero era poner al bebé a salvo.
Mi padre, que había escuchado el jaleo desde la terraza de su casa, bajó corriendo, por si necesitábamos su ayuda.
—¿Qué ocurre, Almudena?
—Papá, no tengo tiempo ahora. Llévate al niño…
—¡Almudena!
—¡Llama a la policía!
Cuando salí de allí, me encontré a Ismael forcejeando con María, intentando quitarle el cuchillo que llevaba entre las manos, y me acerqué para intentar ayudarlo.
No entendía que la gente se quedara mirando lo que estaba ocurriendo sin, ni siquiera, llamar a la policía.
Por mucho que gritaba que alguien lo hiciera, no hubo manera, no al menos antes de que ocurriera lo que ocurrió.
Ni siquiera me di cuenta, pero, cuando bajé la vista, tenía el vestido lleno de sangre, y no sabía de quién era, pues no sentía dolor ninguno.
Cuando María se dio cuenta de lo que había hecho, intentó correr, pero ya estaba la policía ahí, para detenerla.
Ismael cayó al suelo, llevándose las manos al vientre, pues a él le había hecho un arañazo, rompiendo su camiseta, pero era imposible que saliera tanta sangre de ahí.
De pronto, empecé a notar un cansancio inusual, y como mis piernas se iban doblando, como si se hubieran quedado sin fuerzas.
—¡Almudena! —gritó Ismael.
—¿Qué me pasa, mi vida?
—No, no, por favor, no te duermas. ¡Que alguien llame a una ambulancia!
—Diles a mis padres que los quiero, y al niño, dile que siempre lo sentí como si fuera mi hijo…
—No digas eso, vas a salir de esta, te lo prometo.
De repente, todo se volvió negro, y tan solo escuchaba las voces a mi alrededor, pero no terminaba de escuchar lo que decían.
¿Habéis tenido alguna vez la sensación de meteros bajo el agua, en una piscina o en el mar, y alguien os habla desde fuera? Pues así era como yo me sentía en estos momentos.
Me sentía tan en paz, la sensación era tan sumamente buena, que me quería quedar así, para siempre.
No sentía dolor, ni tampoco miedo y, de repente, pensé si así había sido como se sintió Santi cuando murió, y entendía que no hubiera querido volver, porque yo tampoco quería.
Era todo tan liviano, tan bonito, que no pensé en nada ni en nadie más, hasta que dejé de escuchar todos los ruidos.
Notaba cómo me movían, cómo me montaban en lo que suponía que era una ambulancia, pues se sentía el vaivén de la carretera, pero no era capaz de moverme ni de abrir los ojos.
Mi mano la estaba sujetando alguien, pero no sabía quién era, o lo mismo y eran imaginaciones mías, que todo podía ser.
El caso es que pasé del más absoluto caos a la más bonita de las tranquilidades, ya que, de repente, el vaivén, el ruido y la sensación de que me sujetaran la mano se esfumaron.
Por un momento, vinieron a mi cabeza mis padres, lo que estarían sufriendo; Marta, que había vivido conmigo los mejores, pero también los peores momentos de mi vida, y, por supuesto, Ismael y el pequeño David.
Me dolía no poder verlo crecer, dar sus primeros pasos y, como no, que me llamara mamá.
No lo había parido, pero no por ello no me dolía menos. Ahora, después de todo esto, tuve claro que la muerte de su madre no fue algo accidental, sino que esa mujer tuvo algo que ver en ello.
La adicción, o la maldad, que no sabía cuál de las dos cosas era peor, la había llevado a actuar de esa manera, y sentí pena por ella.
Con la vida que podría haber llevado, con su familia, teniendo la oportunidad de estudiar y ser alguien en la vida, y la había tirado por tierra de esta manera.
Ahora me podía imaginar la agonía de su familia, la tristeza en la que se sumió su madre, y que la llevó a la muerte, y pensé que, ojalá, pudiera rehacer su vida y encauzarla, porque, si no era así, le esperaba un final muy feo.
De pronto, mi mente se quedó en blanco, y pensé que había llegado el final.