Capítulo 26
Ismael
Por fin ese hombre nos avisó para que pasáramos al despacho, y nos recibió con una sonrisa.
—Buenas tardes, detective.
—Buenas tardes, señor Contreras. Siéntense, por favor.
—Sin preámbulos, por favor, directo al grano, o me va a dar algo.
—¿No le suena el nombre de esa mujer?
—No tengo ni puta idea de quién puede ser.
—Está bien, a lo mejor, si le muestro la foto…
El detective sacó un dosier, que dejó sobre la superficie de su escritorio y, al abrirlo, sacó una fotografía. Cuando la vi, me quedé completamente sorprendido.
—Ella es Natalia Díaz. ¿La conoce?
—He cruzado dos palabras con esa mujer. Es amiga de María y coincidimos un par de veces en la discoteca, nada más. Yo no me he acostado con esta mujer.
—Lo sabemos.
—Entonces… ¿cómo ha llegado a quedarse embarazada de mí? Sería bueno que pudiéramos hablar con ella.
—Eso sí que va a ser imposible, a no ser que contacte con una de esas médiums, como en la película aquella de Ghost.
—¿Perdona? No entiendo nada, de verdad.
—Será mejor que le cuente toda la historia desde el principio, así sacará algo más en claro.
—Sí, se lo agradecería, de corazón.
El detective empezó a contarnos que la madre biológica de mi hijo había fallecido en el parto, que fue demasiado complicado y en el que corrió peligro hasta la vida del bebé.
Había dejado un documento en el que decía que, si a ella le sucedía algo, la única familia que tenía era María Garrido y que, antes de que el bebé fuera entregado a los servicios sociales, quería que la localizaran.
—Tirando del hilo, hemos podido comprobar que fue un embarazo por inseminación artificial.
—Pero… yo no he donado nunca semen, por lo que sigue sin ser viable mi paternidad.
—Sí que lo es. Pero, tengo que hacerle una pregunta.
—Adelante, por favor.
—¿Utilizó usted preservativo cuando mantuvo relaciones sexuales con la señorita Garrido?
—Por supuesto, pero… ¿qué tiene eso de relevante?
—Muy simple, la señorita Díaz llevó ella misma la muestra en un preservativo, alegando que el donante no quería que nadie supiera que había sido él, por temas personales.
—Me cago en la leche… —dijo Almudena.
—Esa hija de puta se llevó mi semen en un preservativo para que inseminaran a su amiga, sin mi consentimiento.
—Eso no es todo, no es que se lo llevara para hacerle un favor, como se podía pensar, sino que se lo vendió.
—¿Sacó rendimiento económico de algo así?
—Mucho, además. No solo usted le abonó dinero para que le dejara el bebé a usted, sino que le dijo a su amiga que tendría que pagar por conseguir su sueño.
—Le salió todo perfecto, por eso desapareció…
—Y por eso ha aparecido de nuevo, porque pensó que podía sacar mucho más.
—Ismael, tenemos que llevarle todo esto a la policía, y cuanto antes, mejor.
—Sí, voy a llamar a Manuel para que nos espere en la puerta de la comisaría, esto ya se pasa de castaño oscuro. Páseme la factura, muchísimas gracias por todo, detective.
—Ha sido un placer trabajar con usted. Ya sabe dónde encontrarme para lo que necesite.
Nos despedimos del detective y, con el dosier que contenía todas las pruebas en la mano, salimos del edificio.
—Ven, vamos a sentarnos a tomarnos un refresco ahí, mientras que llamas a Manuel.
—Esto es una puta pesadilla, te lo aseguro.
—Ni que lo digas. ¿Cómo ha podido cambiar tanto una persona?
—No ha cambiado, mi amor, ella siempre ha sido igual.
—Te aseguro que no era así, antes era una niña dulce y encantadora.
—Antes, era una arpía disfrazada de niña buena, hasta que se le ha caído la máscara, hasta que ya no ha podido sostenerla más.
Nos sentamos en la primera cervecería que encontramos y que, por suerte, no estaba lejos de la comisaría, donde quedaría con Manuel.
Saqué mi teléfono y marqué su número. Era un hombre de lo más atento y amable, que no dudó en contestarme a la segunda llamada.
—Estaba esperando tu llamada.
—¿Y eso? ¿Cómo lo sabías?
—Pues porque me he encontrado a tu suegro y me ha contado lo de la llamada del detective.
—¿Podemos vernos en la puerta de comisaría? Tengo material que entregar y quiero poner una denuncia.
—¿Tan fuerte es?
—Mucho más de lo que te imaginas, Manuel.
—Está bien, nos vemos en media hora allí, el tiempo de vestirme y llegar.
—Gracias, Manuel.
—No me la tienes que dar, Ismael, es mi trabajo.
Nos pusimos a revisar el dosier, y descubrimos, además, que la partida de nacimiento de mi hijo estaba manipulada, pues María no era su madre, sino Natalia, y ella no aparecía por ninguna parte.
Otra cosa que no entendía era que el niño llevara mi nombre. No es que me molestara, ni mucho menos, pero me resultaba extraño cuando no había habido ningún vínculo entre nosotros.
Llegamos a la puerta de comisaría y, un minuto después, llegó Manuel, con su característico maletín.
—Vamos a sentarnos un momentito en aquella sala para ponernos al día, antes de entrar.
—Me parece perfecto, así me tranquilizo y asimilo un poquito más lo que ha sucedido.
Nos sentamos y le dejé el dosier a Manuel, para que fuera él mismo quién lo leyera y sacara sus propias conclusiones.
Su cara iba pasando del asombro más absoluto al más evidente de los enfados, pues lo que me habían hecho era, como se suele decir, una putada bien gorda.
—Estarías en todo tu derecho de renunciar al niño, porque ha sido concebido tras un engaño hacia ti —me dijo Manuel.
—No, es mi hijo, fuera como fuese concebido, y por ahí sí que no voy a ir. No es ese el camino que quiero seguir.
—Y eso te honra, como persona y como hombre.
—El niño no tiene la culpa de lo que han hecho. Pienso que su madre también fue engañada, y no voy a dejar que vaya a un centro de acogida ni nada parecido, no podría dormir.
—Es que, si haces eso, lo acojo yo y solicito su adopción, desde ya te lo digo —me dijo Almudena.
La miré sonriendo, porque sabía que ella estaría de acuerdo conmigo en esta decisión, no había discusión de ningún tipo.
Después de dejar todo en claro sobre lo que quería hacer, entramos a ver al comisario, que era la persona que llevaba mi caso y con el que habíamos declarado en la anterior ocasión.
—Buenas tardes —nos dijo, a todos.
—Buenas tardes, señor comisario —le contestó Manuel.
—Si estáis aquí, entiendo que es porque tenéis novedades, ¿no es así?
—Así es, y bastante jugosas. Mi representado quiere poner una denuncia contra Doña María Garrido, por los siguientes motivos, que tenemos perfectamente documentados…
Manuel empezó a explicarle todo lo que habíamos descubierto, poniendo, una tras otra, las pruebas que teníamos sobre la mesa.
Después de más de una hora allí, salimos de ese despacho con una denuncia y una orden de búsqueda y captura sobre María Garrido, además de con la documentación que acreditaba que la patria potestad de mi hijo era completamente mía.
—¿Más tranquilo ya?
—Sí, mucho más tranquilo, pero con un cabreo evidente, como podrá suponer.
—Por supuesto, estás en todo tu derecho de estar así, porque la cosa tiene miga.
Fuimos dando un paseo hasta la casa de los padres de Almudena, donde ya nos esperaban con la mesa puesta y el bebé dormidito.
—¿Qué ha sucedido?
—El argumento de una película de terror se queda en pañales al lado de lo que me ha tocado vivir a mí.
—Joder, ¿tan fuerte es? —preguntó Pedro.
—Mucho más de lo que te puedas imaginar, papá.
Nos sentamos a la mesa y, mientras que cenábamos, les contamos todo lo sucedido, ante el estupor de los dos, que no se lo podían creer.
—Esa niña nunca me gustó, y mil veces que se lo dije a mi mujer —dijo Pedro.
—Sí que es verdad. Cuando se marchó de aquí, mi marido respiró tranquilo, pues su temor era evidente.
—¿Qué era lo que tanto miedo te daba, papá? Porque a mí nunca me has dicho nada.
—Me daba miedo que te pudiera meter en un lío, Almudena.
—Tu padre me contó que siempre te había tenido mucha envidia.
—¿A mí? Pues no entiendo el motivo, la verdad.
—Te tenía absorta, cariño. No permitía que te acercaras a nadie, y por eso, siempre tenías que recurrir a ella, para cualquier cosa que te ocurriera.
—Eso es cierto. Cuando alguna otra chica se acercaba a preguntarme algo o a invitarme a cualquier evento, ella siempre salía diciendo que nosotras solas lo pasaríamos mejor.
—Recuerdo en una ocasión en la que ibas a ir a una fiesta de cumpleaños de una de vuestras compañeras, y ella te llamó para decirte que estaba enferma.
—Es verdad, me convenció para que me fuera a su casa con ella en vez de ir a esa fiesta. Nunca más me volvió a invitar.