La luz ante mis ojos Capítulo 25
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Capítulo 25

Ismael

Leer aquel mensaje de nuestro jefe me sentó como si me hubiera tocado la lotería, os lo prometo.

Lo primero que hice fue desconectar la alarma del despertador, porque así, aunque nos levantáramos un poco más tarde que de costumbre, tendríamos mucho más tiempo para hacer todo.

—Si no tenemos que trabajar, yo opto por llevarnos al niño y así estar tranquilos.

—Sí, yo también, así iremos sin prisas.

—Voy a avisar a Marieta y a Felipe, para que no se den prisas, y que nos llamen cuando terminen de comer.

—Lo mismo y quieren venir a comer con nosotros.

Estábamos hablando, cuando llamaron a la puerta de la habitación, era Anita, que venía a preguntarnos algo.

—Chicos, tu padre y yo hemos estado hablando y queremos contribuir con algo de dinero.

—No es necesario, Anita, de verdad.

—Mamá, sabes que tengo todo el dinero de la indemnización de Santi intacto, ni para unas bragas he cogido.

—Lo sé, pero nos gustaría hacerlo, y que lo aceptéis.

—Bueno, pero no mucho, tan solo el dinero de las cortinas. Además, hemos logrado salvar algunas cosas, sobre todo los electrodomésticos, que tan solo estaban pintados, y la cuna del niño.

—¿Os apetece venir mañana con nosotros? Nos acaba de llamar nuestro jefe, para que nos tomemos la semana libre para organizarlo todo —les pregunté.

—Si no os molesta, por supuesto que vamos, así no tendré que suplicar para que me cojáis el dinero —dijo Pedro, que apareció por la puerta.

—Venga, ahora, a descansar, que tendréis que estar molidos.

Nos dormimos enseguida, abrazados el uno al otro, como si necesitáramos la respiración del otro para conciliar el sueño.

No os puedo decir si fue el cansancio, la tranquilidad o que la tenía conmigo, pero dormí como hacía mucho tiempo que no lograba hacerlo, descansando plenamente.

El momento en el que empezó a entrar la claridad por la ventana, abrí los ojos, pero no me sentía cansado, no necesitaba dormir más, a pesar de que eran menos de las ocho y media de la mañana.

Escuché a mi hijo gorgotear y, sin hacer ruido, me levanté para cogerlo y prepararle el biberón, pero ya estaba Anita haciéndolo.

—¿Se puede saber qué haces levantado?

—He dormido muy bien, y no necesitaba estar más tiempo en la cama, cuando he escuchado al niño.

—Anda, vayamos a la cocina y nos tomamos un café.

—A eso sí que no te voy a decir que no, porque es mi gasolina por la mañana.

—Yo soy igual. Si no me tomo, al menos dos tazas, no soy capaz ni de dar dos pasos.

Le dije que se sentara, que ya había trabajado bastante el día anterior estando al cuidado de mi hijo. Yo me encargaría de preparar el desayuno para todos, porque el siguiente en aparecer por la cocina, fue Pedro.

—Café… ¡Qué bien huele!

—Buenos días para ti también, cariño.

—Eso, eso, los dos me habéis entendido.

Solté una carcajada y me giré para coger otra taza y servirle el café, porque las tostadas todavía no estaban listas.

—Coge otra más, por favor.

—Vaya, parece que os habéis puesto todos de acuerdo ¿no?

—El olor a café, ese ha sido el culpable de que me despertara.

Mi hijo, en cuanto que escuchó hablar a Almudena, se puso nervioso, queriendo que lo cogiera ella.

Con una sonrisa, mi chica se fue hasta su madre, y se lo quitó de entre los brazos, dejándole un beso en la cabecita.

—Si no lo veo, no lo creo.

—¿A qué te refieres?

—Pues que llevo aquí un rato, hablando con tu madre, y mi hijo no ha reaccionado. Ha sido llegar tú, y ponerse nervioso para que lo cojas.

—Hombre, te querrás comparar tú con la belleza de mi hija —dijo Pedro, riendo.

—Está claro que mi hijo tiene buen gusto, y la prefiere a ella, antes que a mí.

Nos vestimos y nos marchamos a un centro comercial de una localidad cercana, que era mucho más grande que el que había en nuestra ciudad y podríamos encontrar de todo mucho más fácilmente.

Aparcamos casi sin esfuerzo, y cerquita de la puerta de entrada y, lo primero que hicimos, fue ir a comprar los muebles, que nos dijeron que nos llevarían al día siguiente por la mañana.

Estuvimos hasta bien entrada la tarde haciendo compras, llevando las bolsas hasta el coche, para no ir cargados y parando para ir a comer.

Justo estábamos terminando nuestra comida, cuando recibí una llamada. Al sacar el móvil, vi que era el detective.

—Buenas tardes, detective. ¿Alguna novedad?

—Buenas tardes, señor Contreras, sí que tengo novedades. Ya conozco el nombre y las circunstancias de la madre biológica del niño.

—¿De verdad?

—Absolutamente. ¿Cuándo podríamos vernos?

—¿Le viene bien sobre las siete de la tarde? Estamos fuera de la ciudad, y sería el tiempo que necesitamos para terminar lo que hemos venido a hacer y llegar hasta el despacho.

—Sin problemas. Tan solo le adelantaré que la madre del bebé se llama Natalia Díaz.

—Gracias, detective, nos vemos en un rato.

—A usted, señor Contreras.

No voy a decir que no sentí miedo, porque fue un pánico absoluto el que se apoderó de mí.

Natalia Díaz, ni siquiera me sonaba el nombre. ¿Cómo iba a ser posible que yo fuera el padre de ese niño si no conocía a la madre?

Se lo conté a Almudena y a sus padres, que me miraban completamente extrañados.

—Esto es digno del mejor de los episodios de Cuarto Milenio —me dijo Almudena.

—Quizás, si te muestran una foto, puedas llegar a ubicarla —afirmó Anita.

—Lo mismo, y fue el producto de una noche de borrachera, y por eso no recuerdas su nombre —sentenció Pedro.

Los entendía, porque lo único que querían era ayudarme a encontrarle una lógica al asunto, pero es que no la tenía.

Primero, porque no era de esos que cogían una borrachera, noche sí, noche también, por eso, recuerdo que, cuando estuve con María, nada más que lo hice con ella.

Además, no me gustaba, cuando me estaba acostando con una mujer, liarme con ninguna otra, aunque no fuera nada serio lo que tuviéramos, pero así era mi forma de pensar y de actuar.

Terminamos de hacer las compras que nos faltaban, y pusimos rumbo a nuestra ciudad.

Pedro se hizo cargo de la conducción del coche, ya que decía que no me veía en condiciones para llevar un coche hasta allí, que me notaba un tanto distraído, y que por eso sería mejor que condujera él.

Durante todo el trayecto, no paraba de darle vueltas a ese nombre, tenía que encontrar una conexión, pero, por mucho que lo intentaba, no lograba encontrarla.

Al final, llegamos hasta la puerta del edificio donde se encontraba el despacho del detective sin sacar nada en claro.

Tan solo esperaba que, una vez que lo tuviera delante y me diera todos los detalles, pudiera entender algo.

Esa misma mañana había contactado con el laboratorio en el que me hice la segunda prueba de paternidad, esta vez cogiendo las muestras allí mismo, y el resultado era el mismo.

Tenía dos pruebas de paternidad en las que me decía que el pequeño Ismael era mi hijo con una coincidencia del noventa y nueve por ciento, por eso, la situación era, todavía, menos entendible.

—Ismael, id vosotros con tranquilidad, que nosotros nos quedamos con el bebé —nos dijo Anita.

—Sí, será lo mejor, porque no sé el tiempo que vamos a tardar —le dijo Almudena.

Bajamos del coche y entramos en el portal en el que se encontraba el despacho del detective, llamando a la puerta cuando llegamos a la primera planta.

—Estás demasiado nervioso, relájate, por favor.

—No puedo, me va a explotar la cabeza, te lo juro.

—Lo sé, si me pongo en tu lugar, yo estaría igual de incrédulo, pero, por ponerte nervioso no vas a conseguir nada.

—¿Y si esa mujer se quiere llevar al niño? Ni siquiera vivimos en la misma ciudad.

—También es tu hijo, Ismael, y podrás llegar a un acuerdo con ella.

—Te juro que me estoy volviendo loco.

La secretaria nos pasó a una salita de espera, ya que el detective estaba ocupado atendiendo a otra persona y tardaría como unos diez minutos.

El reloj no se movía, por mucho que miraba, siempre estaba en la misma posición.

—Con las ganas que tengo de saber, y este hombre ocupado.

—¡¿Te quieres relajar ya de una puta vez?!

—¿Qué parte de que mi vida está en juego no entiendes?

—Claro que tu vida está en juego, porque si sigues de esta manera, terminará dándote un infarto.

—Maldita la hora en la que se me cruzó esa mujer en mi camino, te lo juro.

—No le des más vueltas, por favor te lo pido. Hasta que no entres y te den todos los datos, no podrás sacar nada en claro.