Capítulo 24
Almudena
Nos comían los nervios, esa llamada nada más que había hecho que acrecentarlos.
—¿Quieres dejar de dar vueltas de un lado a otro, por favor?
—No me puedo estar quieta, lo siento.
—Yo también estoy nerviosa, pero no por ello me dedico a gastar el suelo.
—Joder, mamá, hace más de tres horas que se fueron. ¿Y si el niño no tiene suficiente leche? ¿Y si le hacen falta más pañales?
—Hija, si eso ocurriera, te aseguro que hay como veinte farmacias en las que lo podrán comprar.
—Bueno, permíteme que me pueda poner nerviosa.
—Está bien, no hay problemas, ponte todo lo nerviosa que quieras, pero sentadita en el sofá.
—Claro que sí, como si eso fuera posible.
Fui hasta la cocina para servirme un vaso de agua fría, cuando sentí la llave de la puerta.
Tiré el vaso en el fregadero, que yo no sé cómo no se partió, y salí corriendo hasta el pasillo. Cuando lo vi allí, con una sonrisa en los labios, y empujando el cochecito del bebé, no pude evitar romperme a llorar y salir a abrazarlo.
No sé si era producto de los nervios, de la tensión o que, simplemente, me apetecía, pero no pude evitar hacerlo.
—Ya, cariño, ya pasó.
—Cuéntame todo, por favor.
—Ven, vamos, que te lo explico todo. Además, quiero que recojas tus cosas y te vengas a vivir conmigo, con nosotros, que era lo que tenía pensado pedirte el día que apareció esa mujer en mi vida.
—¿Y ella? ¿Qué va a pasar con María?
—Pues que vamos a sacar sus cosas de mi casa, y la voy a llamar para que venga a recogerlas, eso si puede, si no está ya delante de un juez.
—¿Delante de un juez? Creo que me he perdido, la verdad.
—Ven, cambio al bebé, le preparo su biberón, antes de que se despierte pidiéndolo, y te cuento todo.
—Anda, trae, que yo lo hago. Sentaros vosotros a hablar, que yo tengo la antena puesta.
—Claro, mi amor, eres una mujer, puedes hacer dos cosas a la vez —le dijo mi padre, de cachondeo.
—Y hasta tres, si es que me veo muy apurada.
Mi padre soltó una carcajada que resonó en toda la casa, mientras que Ismael negaba con la cabeza.
Nos sentamos en el sofá, con dos refrescos por delante, porque teníamos la boca seca, al menos yo, y me dispuse a escuchar atentamente lo que me tenía que contar.
—No sé ni por dónde empezar, te lo prometo.
—¿Por el principio?
—Sí, será lo mejor, que empiece por las pruebas de paternidad…
Ismael me empezó a contar todo lo que habían hablado con el detective, cómo fueron a buscar al abogado, y, por ende, terminaron en la comisaría.
También me contó su declaración ante el juez, delante del que también había tenido que declarar mi padre, y como le habían dado la custodia del bebé, al menos, hasta que encontrara a su verdadera madre.
—No me lo explico, de verdad. ¿Esa mujer se ha vuelto loca, o qué?
—No tengo ni idea, lo único que pienso es en que maldita la hora en la que la metí en mi cama.
—Bueno… que idiota, te iba a decir que pensaras que lo bueno fue el nacimiento del pequeño Ismael, pero es que, ni siquiera es su madre.
—Te juro por mi vida que, en ese tiempo, no me acosté con nadie más. Es imposible que no sea su madre.
—Pues los expedientes médicos no mienten.
—Te prometo que me voy a volver loco. A ver si cuenta la verdad de una puta vez.
—Esa no dice la verdad ni, aunque la estén matando —dijo mi madre.
—Yo pienso lo mismo que tú, Anita.
—¿Por qué no dejáis al niño aquí mientras que vais a tu casa a sacar sus cosas?
—Sí, porque si viene a por ellas, seguro que monta un numerito —le dijo mi padre.
—Venga, ¿me acompañas?
—Claro, así podéis aprovechar e ir llevándose también algunas cosas tuyas.
—No, mis cosas me las llevaré cuando esa mujer salga de allí.
—Recuerda llamar a un cerrajero de guardia para que te cambie las cerraduras, que es capaz de entrar en mitad de la noche e inventarse otra cosa.
—Sí, eso es lo primero que voy a hacer.
Marchamos a su casa, dejando allí al niño con mi madre, pero algo no nos cuadró, pues la puerta estaba abierta.
—Ve con cuidado, que debe de estar dentro.
—¿Quieres que te espere aquí, o en mi casa? Por mí no hay ningún problema.
—No, somos un todo, y ella tendrá que entenderlo. Si antes no lo hacía era por el niño, no por ella. Ahora lo tengo conmigo, todo lo demás me da igual.
Entramos y nos encontramos que habían destrozado la casa, por completo. Muebles, ropa, las cosas del bebé, el sofá rajado, los platos hecho añicos en el suelo…
—¡María! ¿Qué coño estás haciendo?
Nada, no se escuchaba a nadie. Cuando entramos a su habitación, no quedaba ni rastro de ella, ni de ninguna de sus cosas, que había desaparecido.
—¡Me cago en la leche!
—Tranquilízate, Ismael. Todo esto se puede reemplazar, lo importante es que estáis bien los dos.
—No, Almudena, lo importante es que ha escapado, ha huido sin decir la verdad.
—Llama a la policía y no toques nada, lo mismo pueden lanzar una orden de busca y captura por esto.
—No lo creo, pero no pierdo nada con hacerlo.
Ismael llamaba a la policía, mientras que yo llamaba a mi madre, para advertirla de lo que había pasado y lo que nos habíamos encontrado al llegar a su casa.
—No me lo puedo creer. ¿Hasta dónde va a llegar esta mujer?
—No lo sé, mamá, pero está claro que no está bien de la cabeza y, precisamente eso, es lo que la hace más peligrosa.
—Tened mucho cuidado, y venid a dormir a casa, por favor.
—No tendremos más remedio que hacerlo, esto está completamente destrozado.
Justo colgaba la llamada, cuando aparecieron Marieta y Felipe, que se quedaron boquiabiertos.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó Marieta.
—Mínimo, un huracán, a juzgar por cómo ha quedado todo —dijo Felipe.
Ismael empezaba a contarle todo, cuando llegó la policía, para tomar huellas y demás.
La muy cabrona se había puesto guantes, dejando tan solo huellas en su habitación, para dejar constancia de que había estado allí, pero no lo había hecho.
—Señor Contreras, lo único que le podemos decir es que investigaremos todo esto, pero no le prometemos nada. Casos como estos, vemos muchos en el año.
—Gracias por haber venido.
—Es nuestro deber.
Cuando la policía se marchó, Ismael se llevó las manos a la cabeza. Le habían dicho que la estaban buscando por el tema del bebé, y que intentarían dar con ella lo antes posible.
—Joder, ahora tendré que reponer todo, porque el seguro no creo que se haga cargo ni de una cuarta parte de lo que ha destrozado.
—El dinero es lo de menos, entre todos te ayudaremos a reponerlo —le dijo Felipe.
—Por supuesto, por eso no tienes que preocuparte, somos una piña, ¿recuerdas? —dijo Marieta.
—Yo me encargaré de todo lo del bebé. Al fin y al cabo, la ropa ya le estaba quedando pequeña.
—Gracias, chicos, no es el dinero lo que me preocupa, es la mala suerte de no venir a tiempo para cogerla con las manos en la masa.
—¿Quieres saber mi opinión? Yo creo que vino aquí después de estar en mi casa.
—¿Ha estado en tu casa? —preguntó Felipe.
—Por cierto, ¿qué hacéis aquí, juntos? ¿Nos hemos perdido algo? —Esta vez fue Marieta la que habló.
—Perdonadme, os habéis perdido mucho, pero no puedo hacerlo ahora, que tengo que llamar a un cerrajero y ordenar y tirar todo esto antes de mañana, que vuelvo al trabajo.
—Venga, si lo hacemos entre los tres, tardaremos menos.
—Ve llamando al cerrajero, que nosotros vamos a mi casa a por bolsas de basura y a llevarle a mi madre un pijama para el niño, que lo que estaba en la secadora lo ha dejado entero.
—Menos mal, al menos tendré unos calzoncillos y una camiseta que ponerme después de ducharme.
Marieta me acompañó a casa de mis padres, pues no queríamos que ninguno fuera solo por la calle, pues María era capaz de estar esperándonos, y no queríamos más sorpresas desagradables.
—Venimos a por bolsas de basura, escoba y demás, que aquello no hay por dónde cogerlo.
—¿Os puedo ayudar yo? —preguntó mi padre.
—Prefiero que te quedes aquí, con mamá y el niño. Hemos decidido que no saldremos ninguno solo, no sabemos de lo que es capaz esta mujer.
—Sabia decisión, si señora.
—Nos vamos. Mamá, ahí te he dejado un pijama para el niño, es de lo poco que ha dejado vivo. Mañana tendremos que ir a comprar de todo, otra vez.
—Está bien, mi niña, no preocuparos por el niño, que nosotros nos encargamos de él.
—Gracias, mamá.
—Me encanta tu madre, es una señora de los pies a la cabeza.
—Uy, no la has visto tú cuando saca a pasear su lado más arrabalero.
—Chica, como todos, ni que los demás fuéramos santos.
—Pues también es verdad.
Cuando llegamos de nuevo arriba, ya Felipe e Ismael habían ido amontonando toda la basura por habitaciones.
Por suerte, la cuna del bebé no estaba rota, tan solo la había tirado y pintado con rotulador, pero con un buen fregado, seguiría sirviendo.
Estuvimos allí hasta bien entrada la noche, perdimos la cuenta de la cantidad de veces que bajamos hasta el contenedor de la basura, pero, cuando nos fuimos de allí, lo hicimos con una lista de todo lo que teníamos que reponer.
—Nos vemos mañana en la puerta del centro comercial después de comer —dijo Marieta.
—Perfecto, porque así podremos recoger al niño —le contesté.
—Creo que si dejamos al niño con tu madre, podremos ir algo más ligero, porque tendremos que ir a varias tiendas —me dijo Ismael.
—Bueno, lo vamos viendo, porque yo no quiero estar mucho tiempo separada de él.
—Lo sé, cariño, pero así tardaremos menos y podremos volver antes.
Nos despedimos de Marieta y de Felipe y pusimos rumbo a la casa de mis padres, donde nos daríamos una ducha y nos echaríamos en la cama, porque estábamos muertos de cansancio.
Cuando llegamos el bebé ya estaba dormidito, y mis padres nos estaban esperando a que llegáramos.
—¿Habéis cenado?
—No, pero yo no tengo hambre.
—Yo tampoco, tan solo quiero darme una ducha y acostarme, o no me pondré despertar mañana.
—Pues nada, id al baño y daros esa ducha. No preocuparos por el niño, que lo meto en nuestra habitación, por si se despierta, para que podáis descansar.
—Gracias, Anita.
—Gracias, mamá.
Me asomé al cochecito, donde dormía plácidamente el pequeño Ismael, agarradito a su Dudu, uno que me había pertenecido a mí cuando era pequeña, y que mi madre guardaba con todo el amor del mundo.
—No sé qué habría hecho sin vosotros, de verdad.
—Supongo que lo mismo, pero con el niño al lado.
—No me molesta mi hijo, Almudena, lo que lo hace es el comportamiento de María.
—¿Todavía no recuerdas el nombre de la mujer con la que te acostaste?
—Te juro por mi vida que no tuve relaciones nada más que con ella. Es que, ni siquiera puedo alegar que fuera un día que bebiera más de la cuenta.
—No tiene sentido, Ismael, tuvo que haber alguien más.
—Prefiero no darle vueltas a nada más, necesito desconectar mi cabeza, dejarla en blanco, y dormir.
—Pues vamos, que mañana toca el despertador temprano.
—Ni que lo digas, y a mí no me quedan más días de asuntos propios.
—A mí sí que me quedan, pero sin ti, no puedo hacer nada. No pienso comprar nada sin que tú me des tu opinión.
Estábamos hablando de eso, cuando nuestro teléfono sonó, era Samuel, que nos enviaba un mensaje para decirnos que se había enterado de lo sucedido y que nos tomáramos la semana libre para organizarlo todo.