La luz ante mis ojos Capítulo 23
68%

Capítulo 23

Ismael

No fue nada fácil demostrar que yo no estuve ahí anoche, que no fui yo el que le pegó a María.

Si no llega a ser por el vídeo de Almudena y por el testimonio de Marta y Roberto, creo que todavía estaría encerrado en ese calabozo.

Me fui directo para la casa de los padres de Almudena, pero me llevé una sorpresa cuando me encontré a ella allí, vertiendo mierda sobre mi persona, en el umbral de la puerta de mi familia, porque ellos sí que eran mi familia.

—¿Se puede saber de qué vas, tía? —le pregunté, sin acercarme mucho a ella, pues no quería otra denuncia.

—No, esa pregunta te la tendría que hacer yo a ti.

—Lárgate de aquí, María, y no vuelvas más. No serás bienvenida a esta casa, nunca —le dijo Almudena.

—Está bien, pues dame a mi hijo y me marcharé.

—El niño no se va a ir contigo a ninguna parte —le dije yo, firme, completamente convencido de lo que estaba diciendo.

—¿Eso quién lo dice, tú?

—Su padre.

—Venga ya, si ni siquiera de eso estás seguro.

—Piensa lo que quieras, pero no te vas a llevar al niño.

—Bueno, pues en unos minutos, tendréis aquí a la policía, de nuevo, para que me deis a mi hijo.

—Haz lo que te plazca, pero no te lo vas a llevar.

María me miró con una mezcla de orgullo e ironía, como si me estuviera retando, pero me daba igual. Ahora sí que me daba lo mismo.

Os estaréis preguntando el motivo, y ahora mismo os lo voy a contar. No solo era el video que había grabado Almudena, sino que el detective privado me había enviado un mensaje para vernos lo antes posible, y había quedado con él en una hora.

Se giró y se marchó, dejándonos allí, mirando como cogía de nuevo las escaleras para bajar.

—No quiero meteros en ningún lío, por eso, recojo al niño y me marcho, que he quedado con el detective en una hora.

—No creo que sea capaz de llegar a tanto —me dijo Anita.

—Mamá, créeme, esta mujer es capaz de todo, hasta de acusarnos de secuestro.

—Estoy de acuerdo con Almudena, por eso, y mientras que no hable con el detective, será mejor que os quedéis al margen.

—Hijo, no te voy a dejar solo. Dame un minuto para que coja mi cartera y me calce mis deportivas, y te acompaño —me dijo Pedro.

Mientras que Pedro hacía lo que había dicho y Anita entraba a buscar a mi hijo para entregármelo, me quedé a solas con Almudena.

—Gracias, mi amor, sin ti y sin el testimonio de Marta y Roberto, que te acompañaban esa noche, no hubiera podido salir de allí, y ella se hubiera marchado con mi hijo.

—No me las tienes que dar, era lo justo, para ti y para el niño.

—Te quiero, Almu, no lo dudes nunca, de verdad.

Me acerqué a ella, pues ya no podía aguantar más, y la besé. En esta ocasión no era un simple roce de labios, como el que le di antes de irme con la policía, sino que profundicé todo lo que pude.

Pensé que Almudena me rechazaría, pero no lo hizo, me correspondió a ese beso con las mismas ganas que yo, y eso me dio cierta esperanza.

—Debéis tener cuidado, que no sabéis quién os puede estar mirando —dijo Pedro, cuando nos vio.

—Lo sé, Pedro, pero, cuando se quiere tanto a una persona, hay veces que todo lo demás nos importa poco.

—Ya, pero quizás por esa impaciencia que tenéis los jóvenes, podéis tirar todo el trabajo de muchos por tierra.

—Tienes razón, y no volverá a pasar. No hasta que todo haya terminado —le dijo Almudena.

Nos fuimos de allí, empujando el cochecito del bebé hasta el despacho del detective privado, que no nos quedaba demasiado lejos.

Llevaba conmigo el resultado de la prueba de ADN, que me habían enviado por correo electrónico, y en el que se afirmaba que el pequeño Ismael era mi hijo con un noventa y nueve por ciento de coincidencia genética.

—Buenas tardes, detective. Le presento a mi suegro, Pedro Pardo, que me acompaña en esta ocasión.

—Buenas tardes, señor Contreras. Encantado, señor Pardo, pasen, por favor.

—¿Qué es eso que has descubierto que me tenías que contar con tanta premura?

—Siéntense, por favor, que ahora mismo le muestro todo.

Nos sentamos en los sillones que había frente a su escritorio, y esperamos a que él ocupara el otro, encendiera el ordenador y sacara un dosier que guardaba dentro de uno de los cajones.

—Señor Contreras, efectivamente, esa mujer jamás ha dado a luz, por lo que ese niño no ha salido de sus entrañas.

—Eso no puede ser, tengo aquí las pruebas de paternidad en las que dice que ese niño es mi hijo.

—¿Mantuvo relaciones sexuales con alguna otra mujer en el mismo tiempo en el que estuvo con ella?

—No, rotundamente, no. Estaba muy ocupado con el trabajo, y con ella tan solo estuve en un par de ocasiones, en las que utilicé preservativo, pero bueno, ningún método anticonceptivo es infalible.

—Señor Contreras, esa señora no ha podido ni podrá tener hijos en la vida, porque contrajo una enfermedad venérea que le provocó una infertilidad. Ni siquiera tiene la regla.

—Joder, entonces… ¿Cómo puede ser hijo mío? No entiendo nada, de verdad que no.

—Si yo estuviera en su lugar, me haría otra prueba de ADN en otro laboratorio, y me aseguraría de que esos resultados son ciertos. A partir de ahí, iría a la policía, pues puede meterse en un buen lío.

—No puede ser posible una cosa sin la otra. Me voy a volver loco, de verdad.

—Aquí tiene todos los datos, yo seguiré investigando a ver si averiguo algo más, y le avisaré con lo que descubra.

—Gracias, espero tus noticias.

Salimos de allí completamente desconcertados, sin saber lo que hacer ni lo que decir.

—Ismael, creo que deberíamos ir a hablar con Manuel, y que él nos aconseje.

—Sí, yo también estaba pensando en eso. ¿Podrías llamarlo para ver si nos puede atender?

—No hace falta, aun siendo domingo, sé dónde podemos localizarlo.

Seguí a mi suegro, porque así lo consideraba, por donde me iba guiando, hasta llegar a una tasca de esas antiguas, en las que el olor a vino se hacía patente nada más entrar.

Allí, al fondo, en una mesa, jugando al dominó, nos encontramos con Manuel que, nada más vernos, supo que algo pasaba y no dudó en levantarse a darnos el encuentro.

—¿Ocurre algo, Pedro?

—Sí que ocurre, Manuel. Tenemos que hablar contigo.

—Ven, vamos a sentarnos fuera, en una mesa apartada, donde podamos hablar tranquilos.

Nos pedimos un refresco cada uno, y mientras que no lo traían, le preparé el biberón al niño y lo saqué del cochecito para dárselo.

Había tenido mucha suerte, pues había salido de lo más bueno, no daba guerra ninguna.

Era como si, con sus pocos meses de vida, hubiera aprendido que no tenía que molestar para no ser un obstáculo, y eso me daba una pena horrible.

Empecé a contarle todo lo que me había dicho el detective, mostrándole las pruebas, tanto de la prueba de paternidad como de todo lo que me había dicho él.

—Creo que, con esto, lo primero que debemos hacer es ir a la policía, Ismael, y pedir medidas cautelares, respecto tanto al niño como a esa mujer.

—¿Y si me lo quitan? ¿Y si se lo llevan?

—Procuraremos que no sea así, pero no te lo puedo garantizar. De todos modos, ese sería el mal menor, porque podrías enfrentarte a muchos años de cárcel si se demuestra que se trata de un secuestro.

—Joder, todo esto es una puta mierda.

—Vamos, antes de que sea más tarde y no podamos hablar con un juez.

Mi hijo se había tomado el biberón y le había cambiado el pañal, por lo que, tras pagar lo que habíamos consumido, podíamos irnos.

Llegamos a comisaría y me temblaban hasta las pestañas, pues no quería que me separan del niño, aunque iba haciéndome a la idea de que eso iba a ser así.

Antes de entrar, llamé a Almudena, porque sabía que estaría preocupada, y también quería comprobar si María había ido por allí o no.

—Hola, cariño, ¿todo bien?

—Hola, mi vida, estamos en comisaría.

—¿Otra vez? ¿Qué ha pasado ahora?

—Te lo contaré cuando vuelva. Te llamo para que te quedes tranquila, por si tardamos. No es nada malo, bueno, al menos, espero que no lo sea.

—Yo también lo espero, o terminaré dando tumbos.

—¿Ha ido por allí?

—No, por aquí no ha aparecido, ni que lo haga, porque no sé de lo que soy capaz.

—De nada, Almudena, no debes mover un solo dedo, ni siquiera le abras la puerta en el caso de que aparezca. ¿De acuerdo?

—Está bien, pero mantenme informada de todo, por lo que más quieras.

—Te quiero.

—Y yo.

Corté la llamada, puesto que el comisario, después de hablar con Manuel, decidió hablar conmigo.

—Buenas tardes, señor Contreras, pase, por favor.

—Buenas tardes, comisario. Gracias.

—Cuénteme, por favor, ¿cómo conoció a la señorita María Garrido?

Empecé por el primer momento en el que nos vimos, nuestros encuentros, lo que me dijo sobre el embarazo, para terminar por la aparición en mi trabajo hacía unos días.

—Su abogado me ha indicado que usted tiene una prueba de paternidad sobre el niño, y que desea quedarse con su acogida hasta que todo se resuelva. ¿Es así?

—Así es, comisario.

—Sabe que eso no depende de mí, ¿verdad?

—Sí que lo sé, pero le rogaría que me tuvieran muy en cuenta. Desde que el niño apareció en mi vida, he sido yo el que me he encargado de todo, desde su cuidado hasta el suministro de todo lo necesario para hacerlo.

—Así lo haré constar en mi informe al juez, al que iréis a ver enseguida, en cuanto que me den la orden de que podéis hacerlo.

—¿Detendréis a María?

—Tanto como detenerla, no sé, pero lo que sí le aseguro es que la vamos a interrogar, y no vamos a permitir que salga de aquí hasta que no nos cuente toda la verdad.

—Gracias, comisario.

—No hay que darlas, señor Contreras. Esperen ahí en la salita hasta que les avisen de que el juez puede verlos.

Salimos de allí con la certeza del deber cumplido, pero con un nudo en el corazón que no sabía cómo gestionarlo.

Mi abogado, al igual que el comisario, me dieron el permiso para que sacara las cosas de María de mi casa, y para que hiciera el cambio de cerradura.

Ya no tenía que temer nada sobre el supuesto chantaje al que me estaba sometiendo, puesto que esos mensajes ya estaban en poder de la policía, como todos los demás.

Nos llamaron de la oficina del juez como diez minutos después y, una vez que volvimos a repetir todo antes él, nos pidió un rato para analizar todo y deliberar.

Esta vez, hasta Pedro tuvo que declarar, ya que él había sido testigo de muchas de las ocasiones que les habíamos contado a la policía.

—Todo va a salir bien, Ismael, ya verás —me dijo Pedro.

—Relájate, hemos demostrado que tú no has tenido nada que ver en nada de lo que ha sucedido —habló mi abogado.

—No es eso lo que me preocupa. Es el niño lo que lo hace, su futuro si lo separan de mí.

—No adelantes acontecimientos, Ismael, en breve sabremos todo y podremos actuar de una forma u otra.

Efectivamente, poco tiempo después, nos volvieron a llamar de la oficina del juez, que ya había tomado una decisión.

—Señor Contreras, después de analizar todo, he tomado la decisión de que el bebé se quede con usted, al fin y al cabo, es su padre y con nadie estará mejor.

—Gracias, su señoría.