Capítulo 22
Almudena
—Este niño ha decidido quién es su madre, y esa eres tú, Almudena.
—No digas chorradas, mamá.
—Piensa lo que quieras, pero he leído por ahí que, los bebés, cuando no tienen arraigado el olor de una madre, buscan el que les resulte más familiar, y él se ha quedado contigo.
—Si tú lo dices…
El pequeño no se separó de mí hasta que no volvió su padre, que lo cogió para darle el biberón mientras que nos contaba todo lo que había sucedido en el despacho.
No me quería hacer ilusiones de nada, porque ya me había hecho a la idea de que estaríamos separados, y no quería que el dolor llegara de nuevo, elevado a la enésima potencia, la verdad.
Cuando se marcharon de mi casa, una sensación de vacío se apoderó de mí, y por eso, no me quise quedar allí, regodeándome en mi mala suerte, así que, llamé a Marta y la invité a tomarnos algo en el chiringuito de la playa.
—Amiga, ¿te tomas algo conmigo en el chiringuito?
—Ya estamos tardando. Dame cinco minutos que me eche un vestido, y nos vemos allí en quince. ¿Te parece?
—Me parece genial, aunque a mí me sobran diez. Ya voy para abajo y te espero allí.
—Esa impaciencia me indica que tienes chismes que contarme.
—Y no sabes de que magnitud, amiga, ni te lo imaginas…
No me dio tiempo a terminar la frase, cuando ya me había cortado la llamada. Eso de que hubiera un chisme y ella quisiera saberlo, la ponía de los nervios, y por eso, os puedo asegurar que tardaría menos tiempo del que había dicho.
Llegué al chiringuito y no me dio tiempo ni de pedir una mesa, pues ya estaba ella allí, detrás de mí, mirándome con carita de cordero degollado.
—Ya me estás contando todo lo que sepas.
—Hola, amiga, buenas tardes para ti también. Yo estoy estupenda, oye, ¿y tú?
—Bla, bla, bla, déjate de tonterías, anda, y vamos a tomarnos algo, que tengo mucha sed.
Nos sentamos en una zona que estaba más a la sombra, y en la que se podía ver el mar directamente, mientras que disfrutábamos de una buena copa.
Una vez que estuvimos asentadas y cómodas, empecé a contarle a Marta todo lo que había sucedido, mientras que ella iba abriendo la boca cada vez más, completamente asombrada.
—Si sigues abriendo la boca así, terminarás por desencajarte la mandíbula.
—Tía, es que es muy fuerte, no me digas que no.
—¿Y me lo dices a mí, precisamente?
—Verdad, amiga, debes sentirte como si estuvieras en medio del rodaje de una película de esas de sábado por la tarde.
—Ni que lo digas, solo que, en este rodaje, mi corazón es uno de los protagonistas principales.
Estuvimos allí un buen rato hasta que, llegada la hora de cenar, se nos unió Roberto, pues, según mi amiga, tenían que contarme algo ellos también.
—A ver, ¿qué me vais a contar?
—¡Nos vamos a vivir juntos! —exclamó Marta, como si le hubiera tocado la lotería.
—¿En serio? No sabes lo que me alegro por vosotros, de verdad.
—Lo sabemos, y por eso queríamos que fuese la primera en saberlo.
—Sí, hemos decidido que lo haremos en casa de Marta, ya que es más grande y es suya. Si lo hacemos en la mía, tendremos que pagar alquiler —me comentó Roberto.
Estábamos cenando, mientras que hablábamos de todo un poco, cuando la vi llegar a la playa, completamente borracha y, si me apuras, yo diría que, hasta drogada, con dos hombres.
No sé por qué, pero algo en mi interior me decía que debía grabarla, así que, saqué el móvil y lo hice.
Se iba enrollando con los dos, alternativamente, y llegado un momento, uno de ellos la agarró de manera violenta, pero a ella no pareció importarle.
Se pararon en la balaustrada de la playa, pusieron algo en una superficie plana, y aspiraron. No hacía falta ser muy lista para saber de lo que se trataba.
—¿Lo tienes todo?
—Absolutamente, y se lo voy a pasar a Ismael ahora mismo.
—No lo hagas, espera un poco, a ver si vemos que hace algo más.
—Tienes razón, pero antes de irme a casa, se lo envío.
Al final, entre unas cosas y otras, no lo hice y no lo envié, pero, a eso de las cuatro de la madrugada, mi teléfono empezó a vibrar, y era Ismael.
—Ismael, ¿te sucede algo?
—Me sucede todo. ¿Puedes venir a mi casa y hacerte cargo del bebé, por favor?
—Claro que sí, pero no me pienso quedar ahí. Me quedaré con el niño, pero en mi casa.
—Perfecto, pero tienes que venir a buscarlo, yo no puedo llevarlo.
—En dos minutos estoy ahí.
Ni siquiera me vestí, bajé tal y como estaba en casa, con el pijama de verano y las zapatillas, pues no quería perder más el tiempo.
Cuando llegué a casa de Ismael, me lo encontré detenido y custodiado por la policía.
—¿Qué ha ocurrido?
—La loca de María, que me acusa de haberle dado una paliza y dejarla tirada en la playa. Ya he llamado a mi abogado para que me asista.
—Eso no puede ser, y tengo pruebas.
—¿De qué habla, señorita?
—De que María, anoche, estaba en la playa, pero no con Ismael, sino con dos hombres, poniéndose hasta las cejas de todo y tuvo que ser uno de ellos, el que le proporcionó esa paliza que indica que le dieron.
—Ha dicho que puede demostrarlo. ¿Cómo, señorita?
—Porque la grabé en vídeo, ahora mismo os lo muestro.
Cogí el móvil y busqué el vídeo que no dudé en mostrarlo a los agentes de la policía, que lo vieron con atención, mirándose el uno al otro.
—Esto habrá que presentarlo en comisaría, y que un juez lo admita o no como prueba.
—Está bien, dígame dónde lo envío y lo hago ahora mismo.
—Envíelo al correo electrónico de la comisaria, por favor.
El policía me dio la dirección de email y lo envié de inmediato. Recogí al niño, así como todas sus cosas, y me marché con él a mi casa, antes de que volviera María.
—Almudena, aunque ella vaya, aunque te suplique, no le des al niño, por favor, te lo pido.
—No se lo daré, no saldrá de mi casa hasta que tú no vuelvas, te lo prometo.
Al pasar por mi lado, Ismael me dejó un breve beso en los labios, que me supo a gloria, aunque también me dejó con ganas de más, de mucho más.
Ya no pude volver a coger el sueño, y menos mal que era sábado y no tendría que ir a trabajar, o me hubiera quedado dormida encima del ordenador.
Cuando mi madre oyó llorar al bebé, no dudó en levantarse y prepararle el biberón, que me entregó para que se lo diera.
—¿Qué hace el bebé aquí? ¿Dónde está su padre a esta hora?
—No te lo vas a creer.
—Si me dices que se ha ido de marcha, me caigo muerta.
—Ojalá y hubiera sido eso, hasta lo habría entendido, de verdad.
—Hija, me estás asustando. ¿Qué ha pasado?
—La loca esa, que lo ha denunciado por maltrato cuando ni siquiera ha estado en el mismo lugar que ella.
—¿Qué me estás contando?
Le expliqué a mi madre todo lo que había sucedido y como yo, la noche anterior había sido testigo directo de todo lo que pasaba, además de haberlo grabado con mi móvil.
—¿Se lo has pasado a la policía?
—Por supuesto. Mamá, podré tener mis diferencias con Ismael, pero jamás consentiré algo que sé que es mentira, y que le puede hacer mucho daño, no sólo moral, sino también laboral.
—Y me parece perfecto. Anda, trae, y ve a darte una ducha mientras que yo cambio al niño, porque supongo que te habrás traído ropa.
—Sí, pero, antes, tengo que decirte una cosa. No le abras la puerta a María, si viene buscando al niño, no se lo des, es que, ni la dejes pasar, por favor.
—No lo haré, ve a ducharte tranquila.
Las horas parecían días, era como si el reloj se hubiera detenido, hasta que, a eso de las cuatro de la tarde, lo vi llegar por la esquina de la calle, y no me lo pensé, bajé a darle un abrazo.
—¿Dónde vas?
—Han soltado a Ismael, y tengo que verlo.
—Hija, espera, no bajes. Ya sabes lo que dijo, que no podríais mostrar vuestro amor en público.
—Me da todo igual, mamá, tengo que darle un abrazo.
Justo, en ese momento, llamaron a la puerta. Pensando que era él, fui a abrir, pero me encontré de frente con María.
—No te pienso dejar pasar.
—Ni quiero hacerlo, tan solo vengo a advertirte que Ismael no es como piensas y que te está utilizando, ahora de niñera.