La luz ante mis ojos Capítulo 21
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Capítulo 21

Ismael

Lo mismo y no me entendéis, pero sentí como si me hubiera quitado un peso de encima después de hablar con la familia de Almudena.

Ahora, mientras que ellas cuidaban al niño, yo iba camino de la casa del abogado con Pedro, que, a pesar de todo lo que me dijo en el centro comercial, me había abierto las puertas de su casa y de su corazón.

—No sé cómo voy a pagarte el apoyo que me estás dando, Pedro, de verdad.

—¿Tú crees que yo quiero que me pagues algo? Si estoy haciendo todo esto, no solo es por ti, sino por mi hija, que no se merece lo que está pasando.

—Por supuesto que no, y pensaba contarle todo lo de esa mujer el mismo día que apareció en mi puerta.

—¿Sabes? He llegado a pensar que ha aparecido porque estabas feliz con Almudena. Siempre le ha tenido mucha envidia, aunque ella no se diera cuenta.

—Yo también lo he llegado a pensar. Lo que no entiendo es esa inquina que le tiene, porque si lo de Santi es mentira, nada tiene sentido.

—No está bien de la cabeza, Ismael, no tiene más vueltas de hoja.

—Lo que tiene es muchísima maldad, Pedro.

Conversando llegamos hasta el edificio en el que vivía el abogado amigo del padre de Almudena, que no dudó en atendernos a pesar de la hora que era.

—Perdona que te moleste, Manuel, pero tengo a mi yerno que tiene un problema y necesita asesoramiento.

Lo miré, pues lo que menos me esperaba era que se dirigiera a mí en esos términos, con esa palabra, sobre todo cuando tenía a otra mujer metida en mi casa, pero se lo agradecí en silencio, con un gesto.

—No hay nada que perdonar, amigo, pasa y me contáis lo que os sucede.

Pasamos al interior de su casa, directos al salón, donde nos sirvió un café antes de sentarse a hablar con nosotros.

Le conté todo lo que había sucedido, y me pidió que le mostrara los mensajes a los que ella hacía alusión y que estaba utilizando para llevar a cabo su chantaje.

Después de leerlo todo, minuciosamente, y de analizar cada una de las palabras, me miró, con una sonrisa en sus labios.

—Amigo, con esto no puede hacer nada. Le estás ofreciendo dinero, sí, pero en ningún momento se puede asociar al hecho de querer quedarte con el bebé.

—¿Me lo dice en serio?

—Completamente. Ahora bien, si lo que me cuentas sobre ella es cierto, si lo que realmente quieres es quedarte con la custodia de ese niño, deberías recoger pruebas.

—Ya tengo a un detective privado contratado. El problema vendrá a partir del lunes, que no sé lo que haré con el niño, porque a su madre no se lo pienso dejar.

—Hijo, por eso no hay problemas, Anita y yo nos quedaremos con él —me dijo Pedro.

—También necesitamos una prueba de ADN, para demostrar la paternidad, pero siendo tú el que se ocupa del bebé, no creo que te cueste mucho trabajo.

—Ya me la he hecho, tan solo estoy a la espera de los resultados.

—Bien, pues tendrás que hacer de tripas, corazón, y aguantar el tirón hasta que reunamos todas las pruebas y la puedas echar de tu casa, porque si lo haces antes, no dudo que tomará represalias.

—Eso mismo pienso yo, y mucho me temo que sería en la figura del bebé.

—Vamos a adelantarnos y voy a preparar un dosier para presentarlo en el juzgado, siempre que quieras que yo sea tu abogado, por supuesto.

—No encontraría a otro mejor que usted, se lo aseguro. Me da igual lo que tenga que pagarle.

—Para empezar, vamos a tutearnos, y por el dinero, no te preocupes, que viniendo de la mano de quien vienes, no se me ocurriría cobrarte ni un céntimo.

—Bueno, si logras que mi yerno se libre de esa mujer, te invitamos a comer una buena mariscada.

—A eso sí que no te pienso decir que no, Pedro, sobre todo si viene acompañada de una buena copa de vino.

Estuvimos un buen rato allí, concretando todo el tema de las pruebas, y lo que debía de hacer en el momento en el que las tuviera.

Cuando nos despedimos de él, lo hicimos con la tranquilidad de que no me podría hacer nada y con el deber de luchar por la custodia de ese niño.

Al llegar a casa de los padres de Almudena, me la encontré dormida en el sofá, con mi hijo entre sus brazos, y no me pudo parecer una estampa más bonita, por lo que, no me lo pensé, saqué el móvil y les hice una foto.

Esa foto la guardaría como oro en paño, para mirarla en mis momentos de bajón, cuando sintiera que ya no podía más.

En cuanto que me escuchó hablar, abrió los ojos, y me miró con preocupación, como si yo le fuera a decir algo por tener al niño así, en esa postura.

—Tu hijo no me ha dejado que me separe de él, parece que tiene un imán conmigo.

—Ya te he dicho que mi hijo sabe reconocer a quien le hace bien y a quien no. Su madre se marcha y él no le hace ni caso.

—Pues eso es muy triste. En fin… ¿qué os ha dicho el abogado?

—Todo ha ido de maravilla, pero tendremos que esperar un poquito más, para poder deshacernos de María.

—Lo importante es que todo salga bien. Con respecto al niño…

—Pues, con el niño…

Les conté todo, ya que también había llegado Anita hasta el salón, que, junto a ella, me estuvieron escuchando con muchísima atención a todo lo que le estaba contando.

Mi hijo empezó a protestar, pues era la hora de su biberón y, cuando lo cogí para dárselo, y que Almudena descansara un poquito, me miró, intentando descifrar quién lo había arrancado de los brazos de ella, en los que estaba tan a gusto, pero no lloró.

—Almudena, te prometo que, entre esa mujer y yo no hay nada, ni ha habido nada serio más que las dos o tres veces que nos acostamos.

—¿Qué me quieres decir con eso, Ismael?

—Quiero que me esperes, no podré demostrarte nada en público, pues ella podría desaparecer con el niño, el final para él no sería el más adecuado, pero vendré a diario a verte, a pasar un rato contigo.

—Ciertamente, no lo sé, Ismael. No quiero que el niño se acostumbre a mí, ni yo acostumbrarme a él y que, de buenas a primeras, desaparezca.

—Eso no va a ocurrir, te lo prometo.

—Tus promesas, en estos momentos, no me sirven. También me prometiste que no me ibas a mentir, y lo has hecho, a lo grande, además.

—Entiendo tu postura, pero, por favor, dame una oportunidad.

—Bueno, vamos a ir viendo cómo se va dando la cosa, y así haremos.

—Me parece un trato justo. Por otro lado, Anita, tengo que pedirte el favor más grande de mi vida.

—Sí, Ismael, yo me haré cargo del niño mientras que estás en el trabajo.

—¿Cómo sabías que te iba a pedir eso?

—Hijo mío, a veces, el diablo sabe más por viejo, que por diablo.

—Te abonaré lo que quieras, porque quiero que te encargues también de la comida para mí. Me la llevaré cuando venga a recogerlo, para no importunar a nadie.

Esta última parte la dije mirándola a los ojos, a Almudena me refiero, que negaba con la cabeza.

—A mí lo único que me importuna es que esa mujer siga presente, tanto en tu vida como en la mía.

—Más pronto que tarde, saldrá de ellas, te lo aseguro.

—Eso espero, o tendré que marcharme lejos de aquí, porque no podré soportarlo, te lo puedo jurar.

—De aquí no se va a ir nadie, y tú no te tienes que llevar ninguna comida, mucho menos, pagarme nada. Comerás aquí, como nuestro yerno que eres y serás siempre —dijo Anita, quitándome al niño para sacarle los gases.

—Gracias, de verdad, por todo el apoyo que me estáis dando. Sin vosotros, no sé por dónde habría tirado.

—Pues por el mismo sitio, solo que acompañado por otras personas —me dijo Pedro.

—No lo creo, con vosotros me siento en casa, arropado como si de mis propios padres se tratara.

Me despedí de ellos hasta el día siguiente, en el que quedé que vendría con el bebé, primero, porque tenía que hablar con el detective y decirle que no solo tratara el tema del pasado de María, sino también el presente.

Necesitaba saber dónde iba, con quién, y hasta las veces que iba al baño cuando estaba fuera de mi casa. Cualquier cosa que pudiera demostrar que ella no era apta para cuidar a un bebé.

Además, quería que el pequeño Ismael se acostumbrara a Anita, que sería la persona que lo cuidaría desde el lunes, cuando yo me fuera a trabajar.