Capítulo 20
Almudena
Esa mañana tampoco lo vi en la oficina. Según me dijeron mis compañeros, había pedido el resto de la semana de asuntos propios, y casi que lo agradecí.
Llegué a mi casa, agotada, pero no físicamente, sino psicológicamente, que es casi peor que el cansancio físico.
—Me cambio de ropa y comemos, que me quiero echar un ratito en la cama.
—Está bien, voy poniendo la mesa mientras que tu madre termina de calentar la comida.
Entré a mi cuarto y, mientras que me cambiaba, escuché como llamaban al timbre de la puerta. No le di la menor importancia, pues pensé que sería algún vecino pidiendo sal o cualquier otra cosa.
Pero que equivocada estaba, cuando salí al salón, me lo encontré allí, junto al cochecito del bebé, y la rabia se apoderó de mí.
—Fuera de mi casa —le dije, furiosa.
—Déjalo, Almudena, ha venido a hablar con nosotros —dijo mi madre.
—¿Ahora os ponéis de su parte?
—No podemos ponernos de parte de nadie, porque acaba de entrar y no le ha dado tiempo ni de abrir la boca.
—Sé que tienes todo el derecho del mundo de ponerte así y, si después de oírme, no quieres volver a saber de mí, te prometo que no me dirigiré a ti nada más que para hablar de trabajo.
—Eso espero, habla.
Sé que estaba utilizando un tono demasiado duro, pero no se merecía otro. Sabía mi historia, lo que me había costado seguir adelante y, aun así, se había atrevido a jugar con mis sentimientos.
Me había demostrado que no tenía corazón, así que, ahora, no sería yo la que tuviera un mínimo de piedad por él.
Cuando lo vi levantar la cabeza, noté cómo las lágrimas se agolpaban en sus ojos, pero no sentí ninguna compasión por él, me daba igual. Yo también había echado muchas, sin tener culpa de nada, así que, que las echara él, que había sido el culpable de todo, no me importaba un huevo.
—Ismael ¿has comido?
—No, ni siquiera me había planteado que era la hora de comer.
—Está bien, pues vamos a sentarnos a comer, y ahora nos cuentas eso para lo que has venido —le dijo mi padre.
No entendía su postura, os lo juro por Dios. Ayer mismo, cuando llegó del centro comercial, dijo una cosa y, ahora, apenas doce horas después, estaba actuando de manera completamente diferente.
Mi madre le dijo que se sentara a la mesa, pero dejé un asiento libre entre él y yo, no podía tenerlo cerca sin tener la tentación de tirarle la comida del plato por la cabeza.
No sé si me entendéis, pero os pido por favor que os pongáis en mi lugar. ¿Qué hubierais hecho vosotras?
Mientras que estábamos comiendo, el bebé empezó a llorar, e Ismael se fue a levantar, pero mi madre lo frenó.
—Continúa comiendo, que yo ya he terminado. Yo me encargo.
—Tendrá hambre, voy a prepararle el biberón.
—No te preocupes, sé cómo hacerlo.
Mi madre se levantó, sacó al niño del cochecito, cogiéndolo en brazos, mientras que sacaba todo del bolso del coche.
No era el mismo del día anterior, que se veía sucio y descuidado, al igual que el bebé, que parecía como más lustroso.
—Toma, Almudena, sujétalo mientras que le preparo el biberón.
—No es necesario, Anita, yo lo hago —le dijo Ismael.
—No lo voy a tirar ni nada por el estilo. Él no tiene la culpa de lo cabrón que es su padre.
Agachó la cabeza y permitió que cogiera al bebé. Por un momento me llegué a imaginar que era nuestro, de los dos, no suyo y de la que había sido mi mejor amiga, pero deseché pronto esa idea, porque nada tenía que ver con la realidad.
El niño era una monada, con el pelito moreno, como su padre, y unos ojos azules que iluminaban toda la habitación.
No extrañó para nada mis brazos, es más, incluso parecía que le gustaban pues, cuando mi madre fue a cogerlo para darle el biberón, puso un puchero, que se le pasó en cuanto que lo colocaron de nuevo en mis manos.
—Parece que le gustas, toma, dale tú el biberón —me dijo mi madre, sonriente.
—Mi hijo tiene buen gusto, Anita, y sabe reconocer a las personas con buen corazón.
—Entonces, contigo se llevará llorando todo el día —murmuré, pero más alto de lo que pretendía.
—No soy tan malo como piensas y, si me escuchas, sabrás que digo la verdad.
—Muchacho, habla lo que has venido a contarnos, antes de que a mi hija le dé una subida de tensión y tengamos que correr para el hospital, porque va a terminar explotando.
Ismael cogió aire, y empezó a hablar. Lo hizo desde el principio, comenzando por el momento en el que conoció a María, pasaron un par de noches juntos y desapareció.
—Volvió al cabo de los meses, diciendo que estaba embarazada, pero que no quería tener al bebé.
—¿Cuál fue tu postura?
—Creo que la que tendría cualquier padre. Le dije que yo me haría cargo de él, que permaneciera a mi lado hasta que diera a luz y que renunciara a mi favor.
—A la vista está que no lo hizo.
—Ya veis que no…
Siguió contándonos que le pidió dinero para hacer eso, y que él le facilitó una buena suma de dinero que, en cuanto que tuvo en su poder, volvió a marcharse.
—¿Y ahora vuelve? ¿Queriendo más dinero?
—No precisamente, porque lo que viene buscando es venganza.
—¿Venganza de quién? —preguntó mi madre.
—De Almudena.
—¿De mí? Pero si yo hacía quince años que no la veía, no entiendo por qué querría vengarse de mí.
—Por lo que menos te puedes imaginar.
Cuando nos contó que ella había estado enamorada de Santi, que incluso tuvo algo con él, y que ese fue el motivo por el que sus padres la enviaron a Madrid, algo no me cuadraba.
—Eso es mentira. Esa mujer tiene un problema —dijo mi madre.
—¿Cómo lo sabes tú?
—Porque yo estuve con su madre, tomando café, poco antes de que se fuera, y me contó la verdadera razón de su marcha.
—¿Qué fue…? —pregunté, porque ya no sabía a quién creer, os lo prometo.
—Se había liado con el marido de su prima, un hombre sin escrúpulos que no miró que tenía diecisiete años. Antes de que se formara un escándalo en la familia, habló con su hermana y la alejó de aquí, aunque no sirvió para que llegara a oídos de todos.
—Entonces… ¿no conoció a Santi? —preguntó Ismael.
—No, porque ni siquiera vivía aquí cuando ella estaba. Mi marido volvió ese mismo año, antes, vivía en Marbella.
—Joder, todo lo que me ha estado contando es mentira, y ahora empiezo a dudar que sea mi hijo…
—Yo no dudaría, porque es idéntico a ti. Ahí pienso que no ha mentido, pero eso no significa que tengas que estar con ella.
—Me tiene amenazado con llevarme a la policía.
—¿Perdona?
Y ahí fue cuando llegó la guinda del pastel, y nos explicó su chantaje, porque no era una amenaza, era una extorsión en toda regla.
—¿Qué piensas hacer ahora?
—No lo sé, estoy hecho un lío. Por un lado, no quiero renunciar a él, si es que es mi hijo, pero por otro… tampoco quiero renunciar a la mujer de la que estoy enamorado —dijo, mirándome fijamente a los ojos.
¿Por qué el destino era tan jodido y me ponía la vida tan complicada? ¿Todo me iba a tener que tocar a mí? ¿No iba a dejar nada para nadie?
—Ismael, lo primero, es solucionar lo del niño. Yo, buscaría a un buen abogado —le dijo mi madre.
—Si quieres que te ayude, yo conozco a uno muy bueno, que vive cerca de aquí, y al que podemos ir a ver ahora mismo, si lo deseas.
—Me encantaría, pero creo que primero debería esperar a las pruebas de paternidad.
—Eso será el siguiente paso, pero, primero, tienes que conseguir que no quede ninguna duda sobre el tema de comprar al niño —le contestó mi madre.
—Está bien, vamos a verlo. Pero… ¿os podéis quedar con Ismael mientras tanto? Su madre no sé ni dónde está, y tampoco confío en que lo cuide como debe.
—Ve tranquilo, que nosotras nos quedamos con él —le dije.
Los vi salir de mi casa, y no pude evitar pensar en el bebé, en qué sería de él si la prueba de paternidad saliera negativa y no se pudiera demostrar que Ismael fuera su padre.
—¿En qué piensas, Almudena?
—En que este muchacho tiene el pañal a reventar, y que vamos a tener que cambiárselo.
—Si no me lo quieres contar, vale, pero no me mientas.
—No es eso, mamá, es que no sé qué pensar, de verdad. Por un lado, pienso en qué necesidad tendría María de mentir, pero, por otro, me invade el sentimiento de culpa.
—Es lo lógico, cariño. Lo único que tienes que hacer es esperar a que el tiempo ponga todo en su lugar.