Capítulo 19
Ismael
Al final, la chica lo arregló todo para que me llevaran las cosas esa misma tarde, en una hora aproximadamente.
—Sigo diciendo que te has pasado, con que le compraras un par de cosas, el niño hubiera tenido bastante.
—Claro que sí, y con el dinero que me he gastado te podría haber comprado a ti una joya o un bolso.
—Eso mismo, que me tienes abandonada.
Se acercó a mí, como para darme un beso, y la empujé para que ni siquiera me rozara, no quería tener ningún contacto físico con ella.
Llegamos a mi casa y, cuando Marieta y Felipe me vieron llegar con ella y con el bebé, me miraron de manera interrogante.
—¿Se puede saber quién es esta? —me preguntó Felipe.
—¿Y ese niño? ¿De quién es? —esta vez, fue Marieta la que preguntó.
—Es una larga historia…
—Tenemos todo el tiempo del mundo, así que, ya puedes empezar a hablar.
—Ahora mismo no puedo, pero os prometo que, en cuanto que me quede solo, os lo cuento.
—No te va a dejar solo en ningún momento, y tú lo sabes igual que yo —me dijo Marieta.
—Estoy muy agobiado ahora, de verdad. Además, estoy esperando a que lleguen las cosas del bebé…
—¿Puedo cogerlo?
—Te aseguro que estará encantado de que lo hagas.
Marieta se acercó al cochecito, puso cara de asco, y cogió al bebé, intentando que no rozara ninguna parte del coche con su cuerpecito.
—¿De dónde ha sacado este coche, por favor?
—Lo encontré junto a un contenedor de basura y, como comprenderás, estando nuevo, no lo iba a dejar ahí —dijo María, como si estuviera contando que se lo regaló su padre.
—Lo habrás lavado por lo menos, ¿no?
—Sí, le pasé un pañito para quitarle el polvo.
—Si este niño está vivo después de pasar ahí dos meses, tiene que tener las defensas por las nubes, te lo juro —me dijo Marieta, esta vez, a mí.
—Pues tú no lo has visto antes de que lo cambiara de ropa…
—Me lo puedo imaginar.
—Para nada, con decirte que tuve que tirar todo lo que llevaba.
—Bueno, como vosotros estáis muy distraídos con el bebé, me voy a dar una ducha y me marcho a tomar algo con mi amiga. No sé a qué hora volveré.
—Es tu hijo, María, no puedes dejarlo aquí —le dije, completamente anonadado.
—También es el tuyo, y llevas dos meses sin mover ni un dedo. No puedo más, y me pienso ir, digas lo que digas. Si no te vas a quedar con él, no te preocupes, que llamo a mi amiga, y lo dejamos dormido en su casa.
Cuando me soltó eso, me quise morir, os lo prometo. Por lo visto, y según lo que había dicho, ese era su modus operandi, lo dejaba solo, a un bebé, que necesita comer por la noche.
Marieta me hizo un gesto para que la dejara ir, ya que, así, podríamos estar tranquilos y hablar de todo.
Salió como la que va buscando guerra, con un vestido tan minúsculo que parecía una camiseta. No la estaba juzgando, no os equivoquéis.
Ella podía hacer con su cuerpo lo que le diera la gana, y vestirse como quisiera, pero no me cuadraba que una madre, recién parida, como aquel que dice, actuara de esa manera.
En el momento en el que ella se marchó, llegaron los del centro comercial con las cosas que habíamos comprado, y que Felipe me ayudó a montar, mientras que Marieta se ocupaba del bebé.
—Ismael, hay algo que no me cuadra. Esa mujer no tiene pinta de haber dado a luz, a ver si te vas a meter en un lío por hacerle caso.
—¿Tú crees?
—Si yo estuviera en tu lugar, lo primero que haría sería hacerle una prueba de paternidad al niño, y, con eso, con los resultados, me iría a la policía, porque estoy segura de que este bebé no es tu hijo.
—Yo no creo que sea ni el de ella, de verdad.
—Joder, no me había parado a pensar en eso.
Marieta me ayudó a bañar al niño, que, en cuanto que se tomó el biberón y lo pusimos en la cunita, se quedó dormidito.
La cuna la pusimos en mi habitación, pues no confiaba en que María pudiera hacerse cargo del bebé.
A la mañana siguiente, avisé al trabajo de que tenía un problema personal, y que me cogería el resto de la semana de asuntos propios, para lo que no me pusieron ninguna objeción.
Busqué un laboratorio, en el que solicité que me hicieran la prueba de ADN, la de paternidad del bebé, mientras que ella seguía durmiendo.
A continuación, llevé al niño a un pediatra privado, donde le hicieron una revisión completa.
—Este niño está por debajo del percentil de crecimiento, tanto de peso como de talla.
—¿Puede ser por falta de higiene y alimentación?
—Por supuesto, porque, salvo eso, el niño está sano como una pera. Veo que usted está muy interesado en el cuidado del bebé, y por eso, no voy a seguir el protocolo y haré una excepción.
—Y se lo agradezco, pero le aseguro que el niño recuperará el peso en unas semanas.
—Eso espero, le citaré aquí dentro de dos semanas, si no viene, y como tengo todos sus datos, yo mismo llamaré a la policía.
Lo siguiente que tenía que hacer, era contratar a un detective privado que se encargara de investigar a María, todo lo que había hecho, dónde había trabajado, y si había dado a luz a ese bebé o no.
Echaba muchísimo de menos a Almudena. Si ella estuviera aquí, conmigo, no me hubiera dejado solo en nada de esto, y tenía que hablar con ella, pero, hasta que no tuviera una respuesta, hasta que no estuviera claro, no lo iba a hacer.
Volví a casa con una sensación de derrota, pero, al mirar al pequeño Ismael, mientras que iba en su cochecito, dormidito y tranquilo, se me iba pasando.
Cuando subí a mi casa, su madre estaba tirada en el sofá, y no había hecho ni siquiera su cama, que seguía destapada, con toda la ropa tirada por el suelo de su habitación.
—Aquí no estás en un hotel, ni estoy acostumbrado a vivir en una pocilga, así que, ya puedes arreglar esa habitación.
—Lo haré cuando me dé la gana, no cuando tú lo digas y, si no quieres verlo así, ya sabes, tienes dos opciones, o lo recoges tú o contratas a alguien para que lo haga.
—Eso no te lo crees ni tú, chica. No eres una marquesa, demasiado que estoy cuidando del niño mientras que tú estás de marcha o durmiendo.
—También es tu hijo, chico, es tu obligación.
—Todavía está por ver que sea hijo mío…
Se levantó, me miró, y se marchó a su habitación. Pensé que iba a recoger todo, pero nada más lejos de la realidad, pues lo que hizo fue cambiarse de ropa, con la intención de marcharse a la playa.
—Esto no puede seguir así, María, tengo que volver el lunes al trabajo y no confío en ti para los cuidados del niño. Tienes que demostrarme que eres capaz de hacerlo.
—No tengo que demostrar un carajo, ni a ti, ni a nadie. Si no estás de acuerdo, mete al niño en una guardería, ese no es mi problema.
No me podía creer su manera de actuar, se marchó sin ni siquiera asomarse al cochecito donde el bebé dormía, y eso me dolía en el alma.
Cuantas mujeres querían ser madres y no tenían la oportunidad, y otras, como ella, tenían un hijo como si hubieran tenido una planta, que dejaba en un rincón, abandonado a su suerte.
Y sí, se marchó de allí, y yo ya no podía más, era como si toda la vida me hubiera caído encima, de golpe y porrazo, y no pudiera sostenerla solo.
No me lo pensé, preparé todas las cosas del bebé y me fui a la calle. Tuve un impulso, y lo seguí, pues tenía que conseguir que, tanto Almudena como sus padres, me entendieran y me aconsejaran, porque estaba más perdido que un pulpo en un garaje.
Esperé a que un vecino saliera para entrar en el portal, me subí en el ascensor y paré en su planta. Me quedé un buen rato delante del portón de su casa, sin saber si atreverme o no, hasta que lo hice.
Cogí una fuerte bocanada de aire antes de tocar al timbre, y esperé a que me abrieran.
Fue su padre el que lo hizo, y pensé que me cerraría la puerta en las narices, pero no fue así, tan solo se quedó allí parado, mirándome fijamente, y esperando a que hablara.
—Pedro, yo…
—Entra.