Capítulo 18
Ismael
El momento en el que vi a María con ese bebé, llegando a mi despacho, y acompañada de Almudena, os prometo que el suelo se abrió bajo mis pies.
¿Qué cojones estaba haciendo allí? ¿Vendría a dejarme al niño? Ojalá y fuera eso, pero estaba seguro de que no venía nada más que para joderme la vida, como pude comprobar segundos más tarde.
—¿Qué haces tú aquí?
—Hola cariño, sabía que te ibas a sorprender al verme aquí.
Sin dejarme el tiempo necesario para reaccionar, se acercó a mí y me besó, delante de Almudena, que decidió marcharse.
No podía dejar que eso terminara aquí, que pensara que la había engañado, y por eso, le hablé, con la esperanza de que quisiera escucharme.
—Almudena, esto no es lo que parece, te lo aseguro.
—Eso es lo que se suele decir cuando, lo que tienes delante, no es más que una verdad como un templo.
—Nos vemos en casa, y te explico todo, dame la oportunidad, por favor.
—No es mi casa, es la tuya y, si quieres explicarme lo que sea, tendrás que venir a buscarme, no pienso mover ni un pelo.
Se dio la vuelta y se marchó, mientras que María se quedó allí, mirándome con una sonrisa de maldad, que me dejó claro que no me libraría de ella tan fácilmente.
—Vamos al despacho, que tenemos mucho de lo que hablar.
—Claro que sí, cariño. ¿No vas a conocer a tu hijo?
—Entra, y deja de montar el numerito en medio de un pasillo.
Entramos a mi despacho, y le dije a mi secretaria que no me pasara ni una llamada ni una visita, antes de cerrar la puerta.
—¿Qué coño quieres, María? ¿No tuviste suficiente con el dinero que me robaste?
—No te lo robé, me lo regalaste tú. Y no, no tengo suficiente, un niño se lleva mucho dinero, ¿no lo sabías?
—Déjame al niño, y lárgate, yo me haré cargo de todos sus gastos.
—No, la cosa no va así, lo siento.
—¿Qué pretendes, María? Ve directa al grano, que no me gustan los rodeos.
—Esa mosquita muerta no va a disfrutar de lo que me pertenece, lo siento.
—No hables así de Almudena.
—En el fondo, siempre le tuve envidia. Ella pudo pasar la adolescencia con sus padres, mientras que a mí me enviaron lejos, para separarme del que fue el amor de mi vida, porque mis padres decían que era muy pequeña.
—¿Y qué tengo yo que ver con eso?
—Porque ella se casó con él, vivió un amor de película, y ahora me toca a mí. Ella me robó a Santi, y yo me voy a quedar contigo.
—No soy ni un objeto ni un muñeco, María.
—Me da igual. Tienes dos opciones, o nos vamos a tu casa, porque estoy viviendo con una amiga y ya me ha dicho que me tengo que marchar, o te denuncio por haber querido comprar a mi hijo.
—¿Perdona?
—Sí, tengo todos los mensajes y la transferencia del dinero que me hiciste.
Recordé que le había preguntado cuanto quería por darme al niño, para que fuera yo el que se hiciera cargo de él.
Joder, me tenía cogido por los huevos. Pero tenía que disimular el acojone que sentía, y hacerle ver que lo hacía porque quería, no porque estuviera sucumbiendo a su chantaje.
—Ni siquiera sé si es cierto que este bebé es mío.
—Si yo estuviera en tu lugar, ni siquiera lo comprobaría.
—Claro que sí, porque es lo que a ti te conviene.
—No, porque podría ser mucho peor. Te explico, si todavía el bebé es tu hijo, podrías convencer al juez, pero si no es tu hijo, si resulta que el bebé es de otro, sería una compra en toda regla.
No me había parado a pensar en eso, pero me daba igual, no iba a permitir que me engargolaran a un hijo que no era mío, eso lo tenía por descontado.
Al final, no tuve más remedio que llevarla a casa de la amiga, donde recogió la maleta, que ya le tenía hasta preparada.
—¿No coges nada del niño?
—No tiene nada. En el momento en el que di a luz, me vine para acá. Todo lo que tiene va en el carrito del bebé.
—De verdad que no entiendo cómo puedes ser tan inconsciente con un niño tan pequeño.
—No es cuestión de inconsciencia, sino de economía. Si no tengo dinero, no puedo comprar nada.
—Si yo no te hubiera dicho que sí… ¿qué hubieras hecho?
La curiosidad me comía por dentro, quería y tenía la necesidad de saberlo todo, para ver cuál era su grado de implicación con el bebé.
—Ni siquiera me lo planteé. Si, cuando ni siquiera había nacido, ya te quisiste hacer cargo de él, ahora, cuando lo vieras, no te lo pensarías.
—Esto es algo momentáneo, no te vayas a pensar que vas a permanecer aquí para siempre.
—Estaré aquí hasta que me plazca, y ve rezando para que no me dé por pedirte matrimonio.
—Sigue soñando, ni siquiera dormiremos en la misma habitación, te lo aseguro.
—Serás tú el que vengas a buscarme, te lo aseguro. Además, de cara al público, seremos una pareja normal que acaban de ser padres. ¿Te ha quedado claro?
Nos subimos en el coche y puse rumbo a mi casa. Tenía un nudo en la garganta que me impedía casi respirar.
Encontré aparcamiento en la misma calle en la que se encontraba mi casa, quería dejarla allí e ir a hablar con Almudena, pero no me dio tiempo, pues, al bajar la maleta, allí estaba ella, mirándome con una mezcla de pena y dolor.
—Almudena…
No me escuchó, corrió hasta su edificio, mientras que María reía a mandíbula batiente.
—¿Se puede saber de qué coño te estás riendo?
—Chico, de que eres patético. No sé qué puede tener la mosquita muerta esta para que os volváis locos por ella.
—¿Que es todo lo opuesto a ti?
—Venga ya, tiene que ser una fiera en la cama, porque, otra cosa, no me la explico.
Miré a María de una manera que lo decía todo, dispuesto a dejarla allí como siguiera por ese camino.
—Espera aquí, que subo la maleta y vamos al centro comercial a comprar las cosas del bebé.
—Un bebé por el que no te has interesado ni en saber qué nombre tiene.
—Eso es lo de menos, María. Lo que hay que proporcionarle es bienestar, comodidades, el nombre…
—Pues se llama como tú, Ismael.
Casi no le hice caso, subí la maleta, que dejé en la habitación de invitados, y volví a bajar.
¿Esperaba que se hubiera quitado de en medio? Pues sí, y ojalá hubiera sido así, pero no, allí estaba, apoyada en mi coche y escuchando el llanto del bebé, que no sabía lo que tenía.
—¿Eres sorda? ¿No ves que el niño está llorando?
—No, no soy sorda, pero estoy harta de tanto llanto.
—Es un bebé, ¿qué quieres que haga? ¿Cómo pretendes que se manifieste?
—Me da igual, como si lo quiere hacer por gestos, pero ya no lo aguanto más.
Cogí al bebé en brazos, que tenía dos meses, según pude comprobar en la partida de nacimiento, que me miró agradecido.
No podía entender como una madre podría ser tan desnaturalizada con un bebé tan pequeñito. Ella fue empujando el carrito, hasta llegar al centro comercial. No me podía creer la suciedad que llevaba el niño, que necesitaba un baño como el comer.
—¿Desde cuándo no bañas al niño?
—No lo sé, creo que lo bañó antes de ayer mi amiga.
—¿Eso te parece normal?
—Chico, que no seas más pesado. Yo no quería ser madre, si no aborté fue porque así te podría cazar y que se acabaran mis problemas económicos.
Entramos en el centro comercial y, lo primero que hice fue comprar una toalla, ropa nueva y un frasco de colonia infantil, y entré en el baño.
Mojé la toalla, y lo limpié un poquito, le quité la ropa que llevaba, y la tiré a la basura, directamente, pues no había por donde cogerla. Las que dan en la beneficencia estaban mucho mejor que la que llevaba el bebé.
Le cambié el pañal y lo vestí con la ropa nueva, echándole algo de colonia. El bebé me miraba y sonreía, como si me estuviera dando las gracias, y no pude evitar dejarle un beso en su cabecita.
Ni siquiera el coche estaba limpio, así que, decidí que lo dejaría hasta que me llevaran el nuevo que pensaba comprar.
En cuanto que salí del baño, con el bebé ya en el carrito, completamente cambiado y limpio, fui a buscar a María, llevándome la sorpresa del siglo.
Allí estaba ella, con los padres de Almudena, que me miraban con sorpresa, sobre todo Anita, pero también con rabia.
Sabía que Pedro no se iba a quedar callado, como así fue, dirigiéndose a mí nada más hube llegado a su lado.
—No tienes vergüenza, has utilizado a mi hija sin decirle la verdad.
—Pedro, de verdad que yo no sabía nada. Te lo puedo explicar.
—No necesito ninguna explicación, ya me ha quedado clarísimo todo. Ana, vámonos ya, que tenemos que estar con quien tenemos que estar.
Me quedé allí, parado, sin saber si ir corriendo tras ellos y pedir que me escucharan, que me dejaran explicarme, o quedarme quieto y esperar a que todo terminara.
Cuando quise reaccionar, ya no los tenía a la vista y, por mucho que intenté localizarlos, no me fue posible.
—Pues nada, ya está todo en orden, ya sus padres saben que eres mi pareja, así no tendrás que dar explicaciones a nadie.
—Lo has hecho a propósito, ¿verdad?
—No, pero mira, que viniera a saludarme me ha salido mejor de lo que pensaba.
Cogí el carrito del bebé y la dejé allí, riendo, y esa risa se me quedó grabada para los restos.
Tenía que llegar al fondo del asunto, y no iba a parar hasta conseguirlo, pero mientras tanto, me tendría que hacer cargo de ese bebé, que no tenía culpa de nada y que no había pedido venir al mundo.
Sin que ella se diera cuenta, y en el baño, mientras que cambiaba al niño, tomé una muestra de su cabello, que metí en una bolsita pequeña que también compré, y que enviaría, junto con una muestra mía, para que hicieran una prueba de paternidad.
Me dirigí hasta la zona del centro comercial en la que estaban todos los artículos de bebé, y adquirí absolutamente de todo, desde lo más básico, como una cuna, hasta lo más necesario, como ropa y pañales, así como biberones y chupetes.
—¿Para cuándo lo querrían?
—Si pudiera ser hoy mismo, se lo agradecería, porque me acaban de entregar al bebé, sin avisar, y no tengo nada, tan solo este coche que estoy deseando de tirar.
—El coche, si quiere, se lo puedo montar ahora mismo y llevárselo puesto, al igual que la ropa y demás. La cuna y el resto de los artículos que ha comprado, como muy pronto se lo puedo entregar mañana por la mañana.
—Bueno, si no hay otro remedio…
—Déjeme comprobar una cosa, deme un minuto.
La chica se fue de allí, entrando por una de las puertas, que suponía que sería un almacén o algo parecido, mientras que yo me quedé allí, esperando.
Pensé que tendría que ir a la farmacia, o al hipermercado que había en la planta baja, porque el niño no tenía ni leche que tomar, y su madre dijo que no le pensaba dar el pecho.
A saber, cómo había alimentado a ese niño en ese tiempo, por eso, también tendría que cogerle cita en el pediatra, y ver si tenía las vacunas puestas, además de que le hicieran un chequeo.
—Te estás ahogando en un vaso de agua.
—¿Perdona?
—Ismael, el niño lleva dos meses durmiendo ahí, por una semana más, no le va a pasar nada.
La miré, con rabia, pero también con pena, pues ese bebé no tenía culpa de nada, y seguí a lo mío, ni siquiera le contesté.