La luz ante mis ojos Capítulo 17
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Capítulo 17

Almudena

La mañana se me pasó volando y, cuando fuimos hasta la cafetería, ya eran más de las doce del mediodía.

Nos tocó volver media hora después, pues teníamos que seguir con el trabajo. Ismael se marchó para su despacho, mientras que yo me quedé hablando con Marta sobre un asunto del trabajo que no terminaba de cuadrarle demasiado.

Escuché a un bebé llorar y, al darme la vuelta, me encontré con María, que venía con un cochecito de capota y cara de pocos amigos, hasta que me vio.

—¿Almudena? ¿Qué haces aquí?

—Trabajo aquí, María. La pregunta es, ¿qué haces tú aquí?

—Pues mira, aquí vengo a buscar a mi hombre, a darle una sorpresa.

—¿Trabaja aquí?

—Claro, ¿me acompañas y así te lo presento?

—Por supuesto, aunque me lo presentarás como pareja, porque seguro que, siendo mi compañero, ya lo conozco.

Su sonrisa no me gustó un pelo, era como si ella supiera algo que yo no, y me hizo sentir insegura.

Marta se había dado cuenta, al igual que yo, que María venía con una doble intención, puesto que se veía a leguas. Aun así, la acompañé, para salir de dudas.

Lo que no me esperaba era la sorpresa que me llevé, pues iba directa al despacho de Ismael, y no terminaba de creerlo.

Estaba hablando con su secretaria y, cuando volvió la cara, su rostro mudó de la más absoluta sorpresa, al más completo terror.

—¿Qué haces tú aquí?

—Hola cariño, sabía que te ibas a sorprender al verme aquí.

Sin pensarlo, se acercó a él, y le plantó un beso en los labios, que me dejaron claro que no era ninguna mentira, que estos dos se conocían, y bastante bien, por lo que decidí marcharme.

Nunca me había gustado estar en medio de una pareja, ni siquiera cuando tenía quince años. En el momento en el que me enteraba de que a alguna chica le gustaba un chico, procuraba ni acercarme a él.

—Bueno, creo que yo aquí, sobro. Vuelvo a mi trabajo.

—Almudena, esto no es lo que parece, te lo aseguro.

—Eso es lo que se suele decir cuando, lo que tienes delante, no es más que una verdad como un templo.

—Nos vemos en casa, y te explico todo, dame la oportunidad, por favor.

—No es mi casa, es la tuya y, si quieres explicarme lo que sea, tendrás que venir a buscarme, no pienso mover ni un pelo.

—Almudena…

—Yo te conté toda mi vida, aun doliéndome como me dolía. No me parece justo para mí que me hayas ocultado esto.

Me di la vuelta y los dejé allí, volviendo a mi trabajo. Me costó media vida volver a concentrarme, pero lo hice, me centré en mi trabajo y me olvidé del tema, aunque momentáneamente.

Llegó la hora de salir y no había visto a Ismael en todo lo que quedó de mañana desde que lo dejé allí, con María, hasta ahora, por lo que, apagué el ordenador, recogí mis cosas y salí de mi despacho.

Allí estaban Marta y Roberto, esperándome a que saliera para ver qué era lo que había sucedido, pues me vieron volver con la cara descompuesta, pero como cerré la puerta, no me quisieron molestar.

—¿Qué te ha ocurrido, Almudena?

—Que, como bien dijiste una vez, nada es eterno.

—¿A qué te refieres?

—A que Ismael me ha estado engañando durante todo este tiempo.

—¿Perdona?

—Tenía a una mujer en Madrid, embarazada, y que ha venido a buscarlo en cuanto que ha dado a luz.

—No me creo que, siendo Ismael como es, no haya estado presente en el parto de su hijo, aunque ya no estuviera con esa mujer, que, por cierto, no me gusta nada.

—Sea como fuera, no la ha negado. Ahora me marcho a casa, que me duele muchísimo la cabeza.

—Venga, te llevamos en el coche.

—No, de verdad, me apetece ir dando un paseo por la playa.

—¿Cómo vas a ir dando un paseo con el calor que hace?

—Está bien, pero no quiero hablar ni una sola palabra más sobre el tema.

—Y te respetaremos, no lo dudes.

Nos montamos en su coche, encaminándonos hacia mi casa, donde estacionaron para dejarme allí.

—¿Necesitas que nos quedemos contigo?

—No, de verdad.

—¿Me llamarás si ves que quieres hablar con alguien?

—No lo dudes, pero ahora mismo, lo único que necesito es estar sola, procesar todo y encontrar de nuevo mi camino.

—Recuerda que eres fuerte, Almu.

—Lo soy, si he podido superar la muerte del amor de mi vida, del hombre con el que lo compartí todo, ten por seguro que esto también lo voy a superar.

—Tan solo espero que no tardes otros cuatro años en hacerlo.

—Te aseguro que no.

Les dejé un beso a cada uno en la mejilla, bajé de coche y entré en mi portal. Le pedía al cielo que no estuvieran mis padres, pero mis súplicas no fueron escuchadas, porque allí estaban los dos, esperándome para comer.

—¿Vienes sola? ¿Dónde está Ismael?

—Digamos que no va a venir, pero hasta ahí, no me apetece hablar del tema.

—No te vayas a cerrar en banda otra vez, Almudena, te lo pido por favor. No te puedes ni imaginar lo que tu madre y yo hemos sufrido al verte en estos años —me dijo mi padre.

—No lo haré, puedes estar seguro. Hablaré, os contaré todo, pero no hoy, no en este momento.

—Hija, tu padre y yo estaremos aquí para todo lo que necesites, y esperaremos el tiempo que haga falta, hasta que tengas las fuerzas necesarias.

—Gracias, mamá.

No pensaba quedarme en mi casa, en cuanto que terminara de comer, me iría a la playa, a tomar el sol, a dar un paseo y a darme un baño, pero no como el día anterior.

No necesitaba cansarme, lo que tenía que hacer era procesar todo, dejar que mi dolor saliera y seguir mi vida.

Tan solo esperaba que Ismael fuera capaz de darme una explicación, me la merecía, nada más que quería eso, porque estaba claro que, sus ansias por ser padre no podrían competir con el cariño que sentía hacia mí.

Ahora tenía claro que no estaba enamorado de mí, al menos no con la misma intensidad con la que yo lo estaba de él, y eso me dolía.

Terminamos de comer, y me levanté para ayudar a mi madre a recoger la cocina antes de entrar en mi habitación.

—¿Te vas a meter en tu habitación? —me preguntó mi madre, como con miedo.

—No, mamá. Me voy a poner el biquini y me bajo un rato a la playa.

—Gracias, Almudena.

—¿Qué es lo que me agradeces?

—La madurez con la que estás afrontando lo que sea que te haya pasado dice mucho de ti.

—No me queda otra, mamá, o terminaría volviéndome loca.

Le dejé un beso en la mejilla y entré a mi habitación, donde me cambié de ropa, cogí mi bolsa, donde tenía mi toalla, mis auriculares para escuchar música, y bajé de nuevo a la playa.

No pude evitar elevar la vista hasta su terraza, por si lo veía ahí, pero no estaba, era como si la casa estuviera vacía, y me decepcionó muchísimo.

En cuanto que puse un pie en la playa, me quité el vestido, y coloqué mis auriculares, y me dispuse a dar un paseo por la orilla, escuchando mis canciones favoritas.

Me coloqué las gafas de sol, y me senté en una roca que había cerca de la orilla, pues no quería que nadie fuera consciente de mis lágrimas, esas que ya salían sin control.

En cuanto que me desahogué un poco, dejé todas mis cosas un poco más arriba de donde me encontraba, pues no quería que se mojara con el agua del mar, y me sumergí en él.

Mis lagrimas se mezclaron con la sal del mar, como si se estuvieran mimetizando, y sentí como se vaciaba mi alma. No pude evitar mirar al cielo y hablarle a Santi, pues no entendía nada.

—Si me lo enviaste para que volviera a vivir, ¿por qué me haces esto ahora? ¿Por qué no has permitido que siguiera a mi lado? ¿No quieres que, de verdad, vuelva a ser feliz?

En este punto, ya no había casi nadie bañándose en el mar, porque, si hubiera habido más gente, me hubieran dicho que estaba loca.

Salí del mar, me sequé un poco y me decidí a subir de nuevo a mi casa. Mi madre me había enviado un mensaje para decirme que había salido a hacer la compra junto a mi padre, pero que, si lo necesitaba, volvían en cuanto que yo los llamara.

No quise romper sus planes, así que, por mucho que lo necesitara no lo iba a hacer, ya era hora de que supiera gestionar mis emociones yo sola. Ya los había puteado muchísimas veces en estos cuatro años que estuve encerrada en mí misma.

Nada más llegar arriba, a la balaustrada de la playa, los vi. Ahí estaban los dos, junto al cochecito del bebé y una maleta, como si estuvieran llevando todo lo necesario para instalarse allí, tal y como María me había dicho que haría.

Ismael levantó la vista, y nuestras miradas se cruzaron. Pude ver dolor, pero también resignación y vergüenza.

—Almudena…

No le hice caso, entré corriendo en mi portal y subí las escaleras de tres en tres, pues ni el ascensor quise esperar, no fuera a ser que viniera detrás de mí.

Ahora sí que no necesitaba ninguna explicación, ya estaba todo hablado. Acababa de descubrir que era un embustero, un traidor que me había utilizado durante el tiempo en el que no estuvo aquí su pareja, y que todo se había terminado de la peor manera.

No voy a decir que no lloré, porque claro que lo hice. Estaba perdiendo el amor por segunda vez, pero en esta ocasión no había sido cosa del destino, sino de un cabrón, embustero, que nunca me tuvo en cuenta.

Me di una ducha y me puse cómoda, preparando la cena para cuando llegaran mis padres, pues estarían próximos a hacerlo.

Minutos después, se escuchó la cerradura de la puerta, y entraron mis padres como los toros de Miura, llamándome a voces.

—Estoy aquí, en la cocina.

—No hace falta que nos digas nada de lo que te ha pasado con Ismael, lo hemos visto con nuestros propios ojos.

—¿Perdona? ¿Qué habéis visto?

—A ese cabrón con María, la que fue tu amiga, y un bebé —dijo mi padre.

Mi madre, mucho más tranquila que él, me contó cómo había sucedido todo. Al parecer, ella había visto a mi amiga María de lejos, y quiso ir a saludarla, pues hacía mucho que no la veía.

No se percató de que Ismael iba con ella, hasta que María le dijo a mi madre que esperara, que le iba a presentar a su pareja, que había ido a cambiar el pañal del bebé.

Cuando mi madre se giró y lo vio, ambos se quedaron blancos, pero cada uno por un motivo.

—¿Le dijiste algo, mamá?

—A tu madre no le dio tiempo, pero a mí, sí.

—¿De verdad?

—Por supuesto. ¿Qué pensabas, que me iba a quedar de brazos cruzados?

—Tu padre le ha dicho de todo menos bonito, que lo sepas.

—No tendrías que haberle dicho nada, como he hecho yo. No hay mayor satisfacción que la que no se da.

—Pues yo la satisfacción me la he llevado desahogándome con ese cabrón, al que no quiero ver delante de mi vista, te lo puedo jurar.

No pude hacer otra cosa que abrazarme a los dos, pues, en realidad, eran los únicos que me habían demostrado, junto a Marta, que estaban para mí en cualquier momento de mi vida.

Cenamos dejando el tema a un lado, entre otras cosas porque mi madre entendía que me podía doler muchísimo, y lo único que quería era dejar todo eso atrás.