Capítulo 16
Ismael
Salí de aquella reunión agotadísimo, porque habíamos estado muchas horas, pero no quería dejar pasar la oportunidad de hablar con Almudena.
No le hablé de muy buen tono, pero es que, esa misma mañana, recibí una llamada de uno de mis compañeros de Madrid, en la que me informó que había visto a María, empujando un carrito de bebé.
Me enfadé muchísimo, porque me había engañado, y ese bebé, que tenía que estar conmigo, estaba con ella, que no sabría cuidarlo, estaba completamente seguro.
Por eso le dije de no vernos, porque no quería que notara mi enfado, porque, si se daba cuenta, le tendría que contar todo, y no me apetecía, ese era mi secreto.
Podéis pensar que era un hipócrita, que había intentado por todos los medios que ella me contara su vida, cuando yo callaba como una puta, y era cierto, pero me dolía que pudieran pensar que era un gilipollas al que había engañado una mujer.
Fui a buscarla a su casa, pero no estaba, no había nadie. La llamé por teléfono en infinidad de veces, pero tampoco atendía a mis llamadas, y empecé a pensar que se hubiera arrepentido de estar conmigo, y la sensación que tuve no me gustó nada.
Me senté a esperarla en la puerta de su edificio, hasta que la vi llegar, venía de la playa, y traía un aspecto de cansada que no podía con él.
Le costaba hasta dar un paso sin que se le doblaran las piernas, y salí a su encuentro antes de que se cayera.
—Mi vida, ¿de dónde vienes?
—De nadar hasta la extenuación, para olvidar esa conversación que hemos tenido.
—¿De qué estás hablando?
—Ismael, si no quieres que estemos juntos…
No le dije nada, la besé como tan solo podía hacerlo con ella, la cogí en brazos y la llevé a mi casa.
Me daba igual que no tuviera ropa para el trabajo, ahora llamaría a su madre para que me la trajera, o yo mismo iría a buscarla, pero no me iba a separar de ella, jamás.
Tuve claro que, al día siguiente, en cuanto que saliéramos del trabajo, le iba a contar todo, tal y como ella había hecho conmigo, y le pediría que se viniera a vivir conmigo.
Entramos en mi casa, y la dejé sentada en el sofá, mientras que le preparaba un baño con sales, para que se relajara y recuperara las fuerzas.
Cuando lo tuve listo, la sumergí en él, sentándome yo a su espalda.
—¿Por qué me dijiste eso, Ismael?
—Porque estaba cansado, y enfadado, pero no contigo. Tengo que contarte algo, pero lo haré mañana, ahora, tan solo, descansa, mi vida.
—Te quiero, Ismael, y no quiero sufrir más.
—Yo también te quiero, Almu, y siento no haber sido yo quien te lo dijera primero.
—No es una competición, mi amor, me vale con saber qué vas a estar siempre a mi lado. Aunque, como me recuerda mi amiga Marta, nunca hay un siempre, y tengo que aprender a vivir el presente.
—En nosotros, sí que habrá un siempre, te lo prometo.
La saqué de la bañera, la sequé bien y le puse una de las braguitas que tenía en mi cajón. No me haría falta llamar a nadie, pues, colgado en mi armario, tenía varias de las prendas que utilizaba para ir al trabajo.
Destapé la cama y la acosté, tumbándome a su lado, abrazándola como si me fuera la vida en ello, y así nos quedamos dormidos.
—Venga, remolona, que nos toca ir al trabajo.
—¿Ya ha sonado el despertador?
—Sí, hace un buen rato, por cierto. Menos mal que lo suelo poner como quince minutos antes, por lo mismo, para remolonear un poquito más en la cama.
—¿Cómo me trajiste aquí? No recuerdo nada.
Le conté la manera en la que me la había encontrado, y su rostro se tiñó de rojo, completamente avergonzada.
—Eh, no tienes que avergonzarte de nada, lo hice muy gustosamente.
—Pensarás que soy una gilipollas, que puso en riesgo su vida por una tontería.
—No eres ninguna gilipollas, tan solo una mujer dolida, cariño.
La abracé y le di uno de esos besos que tanto me gustaba darle. Esa noche no tuvimos sexo, tan solo dormimos abrazados, y me sentía tan bien como si estuviera acostumbrado a hacerlo.
Sentir el olor de su pelo, el calor de su cuerpo, escuchar el sonido de su respiración, fue el mejor calmante para mí.
A su lado, cualquier problema se convertía en una minucia, cualquier dolor se reducía a nada, y eso era lo que más me gustaba.
Nos vestimos y salimos para el trabajo. Almudena se había recogido la melena en una coleta alta, pues decía que, de haberse acostado con el pelo mojado, tenía cada rizo para un lado, y era imposible domarlo.
—Venga, te invito a desayunar antes de entrar en la oficina.
—Sí, por favor, anoche no cené y el alíen que habita en mi estómago está pidiendo comida, o terminará por salir de mis entrañas.
—Lo único que quiero que salga de tus entrañas es un hijo, nuestro, de los dos, pero no ahora, dentro de un año, por lo menos.
—Estoy de acuerdo contigo, yo también quiero ser madre, y no encontraré un mejor padre que tú.
Nos montamos en el coche, y pusimos rumbo a la oficina, donde aparcamos el coche y entramos a desayunar.
—Esta mañana la tenemos movidita, Almu, hay un montón de trabajo de la reunión de ayer.
—Pues nada, cuanto antes empecemos, antes vamos a terminar.
—Sí, pero cojamos fuerzas, que las vamos a necesitar.
Entramos en la cafetería, y pedimos dos desayunos completos, que nos tomamos sentados en una mesa junto a la ventana, entre risas y planes de futuro.
Subimos a la oficina media hora después, cogiendo cada uno el camino de nuestro despacho, en el que tenía una reunión telemática a primera hora.
—Nos vemos a la hora del desayuno, cariño. Te quiero.
—Yo también, pero tendrás que venir a buscarme, ya sabes que, si no, se me va el santo al cielo.
—Lo haré. Ahora te dejo, que llego a lo justo para la reunión con Pamplona.
Lo que le dejé bien claro a Samuel cuando acepté el trabajo es que no pensaba llevarme toda la semana viajando.
Su respuesta fue que, como lo hiciera, era asunto mío, mientras que me pudiera reunir con todas las empresas y proveedores con los que tenía que hacerlo.
Por eso, me puse en contacto con todos y cada uno de ellos. Algunos, accedieron a ser ellos los que viajaran hasta aquí, los que vivían más cerca, mientras que otros, como ese cliente de Pamplona, accedieron a hacerlo por videoconferencia.
Estuve más de dos horas reunidos, por lo que, la media hora del desayuno se tendría que convertir en la del aperitivo, porque todavía me faltaba poner en orden todos los acuerdos y enviarlos por correo electrónico, pues el cliente los esperaba.
Sabía que Almu estaría inmersa en su trabajo, al igual que lo estaba yo, así que, en vez de interrumpirla decidí continuar con lo mío, ya la iría a buscar en cuanto que terminara.
En un momento determinado, mi secretaria me llamó por el interfono, así que, no tuve más remedio que contestar, aunque me hiciera perder el tiempo.
—Ismael, aquí hay una mujer que quiere verle, insiste en que es importante.
—Ahora mismo no puedo atenderla, estoy en una reunión. Pero, si es tan urgente como dice, que vuelva en una hora.
—Está bien, se lo digo, y te aviso con su respuesta.
Como cinco minutos después, el interfono volvió a sonar, volvía a ser mi secretaria, que me avisaba de que esa señora volvería en una hora, pero que le había dicho que no se marcharía hasta que no la atendiera.
No me preocupé, porque, a esa hora ya podría atenderla, pues habría terminado mi informe e, incluso, habría vuelto de mi aperitivo con Almudena.
Envié ese correo y salí de mi despacho, camino del de mi chica, con una sonrisa en los labios, pues no la había visto en toda la mañana y tenía unas ganas inmensas de verla.
—¿Está la mujer más guapa de toda la empresa lista para salir a tomar algo conmigo?
—¿Ya es la hora del desayuno?
—No, esa pasó hace ya tiempo, pero ha llegado la hora del aperitivo.
—Se me ha pasado la mañana volando, te lo aseguro.
—Anda, vamos, o terminaremos almorzando, y, cuando vuelva, tengo a una persona que atender.
Salimos de ese despacho juntos, de la mano, camino de la cafetería, donde nos tomaríamos una cervecita y una tapita, para aguantar las tres horas que nos quedaban todavía por delante.
Estuvimos hablando del trabajo, de todo lo que teníamos por delante, y de las diferentes formas en las que ella lo veía y lo enfocaba, hasta que llegó la hora de subir de nuevo.