Capítulo 15
Almudena
Llevábamos ya más de dos meses siguiendo la misma rutina, entre semana, veníamos juntos al trabajo, y nos íbamos de vuelta.
La comida la hacíamos en casa de mi madre y, después del café, nos marchábamos hasta su casa, donde, bien nos bajábamos a la playa, o bien nos quedábamos en el sofá, viendo una película.
Ese día, Ismael tenía una reunión por la tarde, por eso, me vine en el autobús por la tarde, en cuanto que terminé mi jornada laboral.
Justo llegaba a mi casa, cuando me encontré con una persona a la que hacía más de quince años que no veía, pero que me reconoció al instante.
—No me lo puedo creer. ¿Almudena, eres tú?
—¡María! ¡Qué alegría de verte! ¿Qué haces por aquí?
—Pues nada, que he vuelto. Estaba cansada ya del bullicio de Madrid.
—¿Te apetece tomar algo?
—Claro, vamos a sentarnos ahí mismo.
Nos sentamos en una terracita de una cafetería que había justo al lado, a ponernos al día de todo lo que habíamos hecho en estos quince años que hacía que no nos veíamos.
—Cuéntame, ¿qué estudiaste?
—Pues, al final, no estudié nada. Mi tío cayó en quiebra y no tuvo dinero para pagarme la universidad privada, y en la pública no me daba la nota.
—Entonces… ¿por qué no volviste?
—Porque ya tenía hecha mi vida allí, mis amigos, mi rutina, y mi tía me necesitaba.
—Imagino que la situación no sería para tirar cohetes en su casa.
—Para nada, no estaba ni para tirar un petardo, la verdad. Mi tío, cuando se vio así, se largó con su secretaria a vivir lejos de España, con el poquito dinero que tenían, o al menos eso me dijo ella, pero yo pienso que se llevó muchísimo dinero.
—Vaya drama, chica. Aunque mi vida no lo fue menos, la verdad.
Empecé a relatarle mi vida, y María me escuchaba con la boca abierta, como si le estuviera contando el guion de una película de los sábados por la tarde.
—Joder, Almudena, y hablas tú de dramas, chica.
—Te lo he dicho, pero ahora, por suerte, tengo a una pareja maravillosa, de la que estoy muy enamorada.
—¿No me digas? Pues me alegro mucho por ti, te lo aseguro.
—Gracias. Y tú, ¿tienes pareja?
—Pues sí que tengo, y vive aquí. Él se vino primero, pero yo no pude venirme porque estaba en avanzado estado de gestación. He esperado a estar recuperada para venirme, pero él no lo sabe, le voy a dar mañana una sorpresa.
—Seguro que se alegra muchísimo, tendrá ganas de verte a ti y a tu hijo.
—Entre otras cosas porque, ha estado tan ocupado, que ni siquiera lo conoce.
—Podéis aprovechar para casaros en la playa, ahora que no hace tanto calor.
—Eso mismo tengo yo pensado, pero bueno, todo se hablará.
—Me alegro de haberte visto, Cristina, pero ahora tengo que dejarte, que me esperan para comer.
—Sí, a mí también me espera una amiga que se ha venido conmigo, y a la que le he dejado a mi bebé.
Me despedí de ella con dos besos, y quedamos en que, ahora que estaba de vuelta, podríamos quedar más a menudo para tomar algo o para dar un paseo con su hijo.
Entré en mi casa con una sonrisa, porque, lo cierto era que me había alegrado mucho de mi encuentro con María, la que fue mi mejor amiga de la infancia y la adolescencia.
—No te puedes imaginar a quién me encontrado hace un rato.
—Hombre, me llamo Anita, no Aramis Fuster, así que, como tengo la bola en el taller, no me ha dado tiempo a adivinarlo.
—¡Qué irónica eres, hija!
—Bueno, ¿me vas a decir ya a quién has visto o me voy a quedar con las ganas de saberlo?
—A María, me he encontrado con ella y hemos estado tomando algo.
—¿Qué María?
—Mamá, mi amiga, la que se fue a Madrid siendo una adolescente.
—¿No me digas? ¿Y qué fue de su vida? ¿Terminó estudiando la carrera que siempre tuvo en mente?
—Para nada, no pudo estudiar…
Le conté lo que habíamos estado hablando y como había encauzado su vida, mientras que mi madre no terminaba de creérselo.
—No me lo creo, Almudena. Su madre siempre dijo que su hermana la había tratado como a una hija, no como a una criada, como te ha contado.
—Lo que me ha extrañado es que, siendo tan pobres como dice que eran, no hubieran vendido todo lo que tenían en Madrid y se hubieran vuelto con su madre y hermana.
—Ha esperado a volver cuando su madre ya ha fallecido, cuando no hay nadie que apoye su versión.
—Además, dice que tiene una pareja y un bebé, pero que, por su avanzado estado de gestación, no había podido viajar con él.
—Es todo muy extraño, Almudena. Si yo fuera tú, tendría cuidado y me andaría con pies de plomo, porque…
—¿Por qué, mamá?
—No quise contarte nada, pero una de las últimas veces que hablé con su madre, me dijo que se había rodeado de malas compañías, y que su hermana había decidido cerrar el grifo. Desde entonces, no volvió a saber nada de ella.
—Pues sí, es todo tan extraño. En fin, vamos a comer que me muero de hambre y estoy súper cansada.
—Venga, que tu padre me ha avisado que comía con sus amigos del club de pesca, pues hoy era no sé qué del torneo.
—¿Por qué no te has ido con él? Porque, estoy segura de que, mi padre, te ha llamado para que vayas.
—Sí que lo ha hecho, pero no me apetecía estar toda la tarde escuchando a esas mujeres presumiendo de las pescas de sus maridos.
Solté una carcajada, porque mi madre puso una cara al decirlo que me hizo mucha gracia, porque puso un gesto como de que le diera repelús.
Nos sentamos a comer y estuvimos hablando de todo un poco. Me encantaba charlar con mi madre en estas ocasiones, en las que nos sincerábamos las dos.
—Hija, ¿por qué no te has marchado ya a vivir con Ismael todavía?
—Pues, muy sencillo, mamá, porque no me lo ha pedido todavía. Por otro lado, no es que no quiera, sino que pienso que será por ir con calma.
—Y ¿por qué no se lo propones tú?
—Porque es su casa, mamá, no la mía.
—Pero la tuya también la tienes ahí, disponible.
—La mía está alquilada, mamá, y no pienso romper el contrato de alquiler, por mucho que me lo digas.
—Bueno, ustedes sabréis lo que hacéis. Yo, me voy a vestir para ir a buscar a tu padre, que, tanto tiempo, no, pero una copita sí que me voy a tomar.
—Anda, te deberías de haber ido con ella, que no lo has hecho porque no querías dejarme sola, que no soy tonta.
—Nada, nada, tonterías tuyas.
Mi madre me dejó un beso en la mejilla, y se metió a su habitación para cambiarse de ropa, saliendo minutos después, perfectamente arreglada.
—Me marcho, mi niña, cuando salgas, cierra bien la puerta, porque supongo que harás como otros días y te quedarás a dormir con Ismael.
—Me imagino, mamá, todo dependerá de la hora a la que vuelva.
—Bueno, de cualquier forma, si necesitas algo, me llamas.
Se marchó, dejándome un beso en la mejilla, mientras que yo me tumbaba en el sofá a ver uno de esos programas que echan cada tarde.
No sé cuándo me quedé dormida, pero, cuando me desperté, lo hice porque mi teléfono estaba sonando.
—Dime, cariño, ¿ya vienes para casa?
—No, Almu, todavía estamos reunidos, y no sé a la hora a la que volveré.
—Está bien, yo estoy en mi casa, cuando vuelvas, me llamas y me acerco a tu casa.
—Es por eso mismo por lo que te llamo, por si quieres hacer planes, porque tengo la impresión de que será para largo, y estaré cansado cuando llegue. Mejor, nos vemos mañana en la oficina.
—¿No nos iremos juntos para el trabajo?
—Bueno, si quieres, nos vemos en la puerta. Yo lo decía por si me quedo dormido o algo.
—Está bien, haz lo que quieras, ya te escribiré para decirte si te espero o me marcho.
Corté la llamada, enfadada, porque nunca me había dicho nada de eso, más bien, todo lo contrario, y me había dolido que no contara conmigo, me sentí como que sobraba.
Era temprano, por eso, me planté el bañador y me bajé a nadar. Era septiembre y ya había menos turistas, el agua empezaba a estar más fría, pero, para mí, tendría la temperatura ideal.
No sé el tiempo que estuve nadando de un lado a otro de la playa, pero, cuando salí del agua, ya estaba lo suficientemente cansada para poder conciliar el sueño, porque estaba claro que esa conversación se repetiría en mi cabeza una y otra vez.