La luz ante mis ojos Capítulo 14
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Capítulo 14

Ismael

Entré en la oficina con algo de nervios, entre otras cosas porque me había quedado dormido y llegué con el tiempo justo, y eso no me gustaba nada.

—Tranquilo, que nadie te va a amonestar por llegar unos minutos tarde —me dijo Samuel, cuando me vio entrar.

—Uf, es que no me gusta nada, pero no me ha sonado el despertador y vengo con el tiempo justo.

—Ismael, ¿verdad? —me preguntó la que sería mi secretaria.

—Sí, por favor, que eso de señor Contreras me recuerda a mi padre.

—No, si aquí los apellidos los dejamos para las nóminas, nada más.

—Perfecto, la cercanía es primordial para que haya un buen ambiente.

—Eso mismo pienso yo, el trato cordial y cercano hace que se trabaje más y mejor.

—Bueno, pues con todo aclarado, será mejor que vayamos a la sala de reuniones y que te presente a todo tu equipo.

—Dame un minuto que voy al baño, y enseguida estoy contigo —le dije, cuando estábamos a punto de llegar.

Entré en el servicio, me eché un poco de agua en la cara para calmar los nervios y salí con las fuerzas renovadas.

—Buenos días —dije al entrar y cuando miré al fondo, no me podía creer lo que estaba viendo.

—Chicos, él es Ismael Contreras, vuestro nuevo jefe de departamento. Pero será mejor que sea él mismo el que se dirija a vosotros —dijo Samuel.

Empecé a hablar con ellos, intentando demostrarles que no llegaba para imponer nada.

Éramos un equipo y, como tal, las ideas y el trabajo se repartían entre todos, yo incluido, además de que quería que me tutearan y me trataran como a uno más.

Me despedí de todos, pero les pedí a Almu y a Marta que se quedaran un instante, al igual que a Samuel. Quería poner las cosas claras desde el primer momento, por si era necesario hacer algún cambio.

—Chicas, ¿podéis quedaros un momento? Samuel, tú también.

—Claro. Ismael, qué sorpresa encontrarte aquí, de verdad —dijo Marta, sonriente.

—¿Os conocéis? —preguntó Samuel, algo confuso.

—Más que eso. Almudena y yo tenemos una relación. Entiendo que las relaciones entre empleados no están prohibidas…

—Por supuesto que no, mucho menos a Almudena, que es la persona que más se merecía encontrar a alguien como tú.

—¿Hay algún problema en que esté bajo mi mando?

—Si no lo es para vosotros, para nosotros, tampoco. Me refiero a que, si el trabajo no va a interferir en vuestra relación, pues para mí no tiene la mayor importancia —me dijo Samuel.

—De hecho, yo estoy saliendo con Roberto, y compartimos despacho y trabajo —sentenció Marta.

—Almu, ¿tú qué piensas? —le pregunté.

—Pues, la verdad es que ha sido toda una sorpresa, porque jamás pensé que serías tú mi nuevo jefe, pero no veo el inconveniente. Es más, Santi, mi marido, fue mi jefe durante mucho tiempo y no tuvimos ningún problema nunca —dijo y me gustó que lo dijera con tanta naturalidad.

—Entonces, con todo aclarado, volvamos al trabajo.

Lo hice con una sonrisa en los labios, porque, ahora, venir al trabajo tendría un aliciente más.

En cuanto que Felipe se enterara, me diría que quién era yo y qué había hecho con su amigo, porque siempre renegué de todo esto, y ahora estaba de lo más feliz con el asunto.

Marieta, por el contrario, tenía claro que su discurso sería otro completamente diferente. Me diría algo así como «te llegó tu hora, machote», y me salió una sonrisa sola.

Gutiérrez era un tipo de lo más serio y antipático, que se jactaba de que, con su forma de llevar el equipo, nunca había tenido ni motivo para despedir a nadie, que todos lo respetaban y que no estaba muy conforme con mi manera de plantear las cosas.

—Señor Gutiérrez, los tiempos han cambiado, y ahora no somos jefe y empleados, somos un equipo.

—Precisamente por eso lo digo, porque tú cobras más que ellos, tendrás que tener más responsabilidades.

—Y las asumiré con gusto, pero no quiero ni que me teman ni que hagan cosas a mis espaldas.

—No te confundas, no es temor lo que sienten hacia mí, es el respeto que da el cargo y la edad.

—Bueno, tenemos dos maneras distintas de ver las cosas y no vamos a llegar a ponernos de acuerdo.

—Sí, por eso, es mejor que te enseñe todo el tema del funcionamiento lo antes posible, para así poder marcharme a casa y no enervarme con tu manera de trabajar.

No me gustaba ese hombre, pero bueno, al fin y al cabo, tan solo le quedaban un par de días en el puesto, así que, lo llevaría lo mejor posible.

A la hora del desayuno, fui a buscar a Almu a su despacho. No quería esconderme, no quería ocultar que, entre ella y yo, había una relación y, cuanto antes lo supieran todos los compañeros, mejor para nosotros.

—Hola, preciosa, vengo a llevarte a desayunar.

—Dame un segundo, por favor, que termine de enviar este archivo, y enseguida nos vamos.

—Tómate el tiempo que necesites, no hay prisas.

Estaba esperando a que terminara, cuando entraron Marta y Roberto, que también venían a buscarla.

—Hombre, pero si tenemos aquí al jefe.

—Soy el mismo Ismael del sábado, Marta, no me cambia la chaqueta y la corbata.

—Eso es otra cosa, aquí, es innecesario que vayas así vestido, como el maniquí de ZARA hombre —me dijo Roberto.

—Me he dado cuenta, pero, hoy, ya no tiene remedio, te lo aseguro.

—Claro que la tiene, ven aquí —me dijo Almu.

Se acercó a mí, me quitó la chaqueta y la corbata, y me remangó las mangas hasta la altura del codo, haciendo mi atuendo un poquito más informal.

—¿Lo ves? Ya no pareces tan estirado.

—Vaya, gracias por la parte que me toca.

—Jefe, tú estás guapo hasta con un saco de patatas —me dijo Almudena.

—Tú sí que estás guapa —le respondí.

Esperé hasta que estuvo a mi altura, para cogerla por la cintura y acercarla a mí y besarla.

—No sabes cómo me pones cuando me dices jefe.

—Eso me lo demuestras luego, en tu casa.

Solté una carcajada que retumbó en toda la planta, y que hizo que mucha gente volteara la cara, sonriendo al vernos.

—Chicos, no quiero que nadie se llame a equívocos. Almudena y yo tenemos una relación desde antes de que entrara yo aquí a trabajar.

—Jefe, aquí, la vida privada de cada uno es eso, privada. Mientras que no haya favoritismo a la hora de repartir el trabajo… —dijo una de ellas.

—Por eso, puedes estar completamente tranquila, Sonia, soy muy equitativo. Además, si alguna vez, alguien piensa que lo estoy haciendo, que no dude en venir a hablar conmigo, que la escucharé y les daré las explicaciones que sean necesarias.

—Eso no podíamos hacerlo con Gutiérrez, te lo aseguro. Con él era todo, ordeno y mando.

—Ya, pero yo no soy Gutiérrez, soy Ismael, y las cosas van a cambiar muchísimo, empezando por la manera de repartir el trabajo hasta la forma de comunicaros conmigo.

—Pues ya tenemos ganas de que se marche, la verdad —me dijo Marta, ya en el ascensor.

—En cuanto que me ponga al día con todo, ha dicho que se va a su casa, pues le quedan días de vacaciones.

—Habla con Samuel, la que mejor te puede explicar todo es Marta, ella ha sido la encargada del departamento de manera extraoficial durante los últimos meses —me dijo Roberto.

—¿Eso es cierto? Porque no me cuadra nada con lo que me ha contado Gutiérrez sobre su trabajo.

—Ese hombre no tiene ni idea de las nuevas tecnologías y, cuando teníamos que hacer alguna presentación o preparar un contrato nuevo, era yo la que me encargaba de hacerlo.

—Entonces lo tengo claro, en cuanto que volvamos del desayuno, iré a hablar con Samuel para que le indique se puede marchar cuando quieras.

—Veo que tampoco te cae muy bien Gutiérrez —me dijo Almudena, sonriendo.

—Me cae como el puto culo, pues se piensa que todavía estamos viviendo en el siglo tres antes de Cristo y que, los empleados, tan solo tienen que callar y obedecer.

—Eso es cierto, es un cacique en toda regla, y eso que él no es el gerente, y que lleva en la empresa cuatro años —me dijo Marta.

Salimos del ascensor riendo, camino de la cafetería que había en la acera de enfrente del edificio de la oficina en la que trabajábamos.

Por un momento, me vino la imagen de mi madre a la cabeza, y lo feliz que hubiera sido si viera a la mujer a la que tenía a mi lado, la que me sacaba una sonrisa, la que me ayudaba a ser mejor persona.

Terminamos el desayuno, y nos volvimos al trabajo, yo fui directo al despacho de Samuel, donde me encontré con Gutiérrez, que estaba allí para decir que se marchaba ya, y no os podéis imaginar lo que yo me alegré de eso.