La luz ante mis ojos Capítulo 13
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Capítulo 13

Almudena

La tarde había sido de cine, aunque la película que protagonizamos fuera de cine para adultos, pero no lo pude disfrutar más.

A la hora de elegir la ropa, y tras mucho pensarlo, me decidí por esa falda que le gustaba tanto a Santi que me pusiera.

No sé si quería demostrarme a mí misma que podía hacerlo, o era porque me había decidido a cambiar de manera de pensar, pero el caso es que me la puse, junto a una camiseta básica y unas cuñas.

Me recogí el pelo en una coleta, porque no podía hacer más calor y más humedad que en esta noche, y no quería tenerlo pegado a la cara todo el tiempo.

—No se puede ser más bonita que tú, mi amor.

—Ya te he dicho que no me digas esas cosas, que me pongo colorada, no estoy acostumbrada, hace tanto tiempo que no las escucho…

—Pues te tendrás que acostumbrar, porque te las pienso decir todos los días.

Me dio un beso, y no le quise dar más importancia a eso de mi amor; entendí que había sido una manera de hablar, porque nunca nos habíamos dicho que nos queríamos.

La noche, al igual que el fin de semana, transcurrió con los seis juntos, pues hicieron muy buenas migas entre ellos, y nos hicimos una pandilla de lo más integrada y compacta.

El sábado lo pasamos en la playa, pero no en la de nuestra ciudad, sino que nos fuimos a «El Palmar», comimos en un chiringuito y volvimos a altas horas de la madrugada.

Ese domingo por la mañana, había quedado con los padres de Santi; quería que supieran, por mí, lo que había surgido entre Ismael y yo, y mi chico decidió acompañarme.

—De verdad que no hace falta; puedo entender que para ti sea algo incómodo.

—Siempre que esté a tu lado, nada me resultará incómodo, te lo prometo.

—Entonces, me hará mucho bien que estés conmigo; será como más fácil que ellos lo comprendan.

—Ellos lo comprendieron desde hace mucho tiempo, Almu. Eras tú la que estaba cerrada en banda y con una venda en los ojos.

—No lo tengo yo tan claro, la verdad. Nos conocíamos desde niños, prácticamente, y esto de que su nuera tenga una nueva relación, no creo que sea plato de buen gusto.

—Sigo pensando que te equivocas, pero veremos quién tiene razón cuando salgamos de aquella visita.

Habíamos quedado en un restaurante que había bajo la casa de mis suegros, que tenía un salón en el que se podía tener bastante intimidad, y eso era, precisamente, lo que estábamos buscando.

—Me alegra veros de la mano y tan felices, Almudena —nos dijo Toñi, su madre.

—Es, precisamente por eso, por lo que hemos querido quedar con vosotros, para contaros lo que ha surgido entre nosotros. Te prometo que…

—Lo único que tienes que prometerme es que vas a ser feliz. Lo demás, no es de nuestra incumbencia —me dijo Jonás, su padre.

—No, Jonás, a mí sí que me interesa cómo ha surgido esto, pero no en plan malo. Quiero decir que no porque me moleste, sino por curiosidad —dijo Toñi.

Nos sentamos a la mesa, y fui yo la que les conté cómo había ido descubriendo que me gustaba estar con Ismael, cómo estaban despertando mis sentimientos hacia él.

—Pero eso no significa que vaya a olvidar a Santi, Toñi. Él siempre vivirá en un trocito de mi corazón, e Ismael lo sabe.

—Me alegra que pienses eso, porque tampoco me gustaría que lo hicieras, pero entiendo, perfectamente, que debes hacerlo como alguien del pasado, no que esté presente en tu día a día —me dijo Jonás.

—Así es como me siento, Jonás. Ahora lo veo así, aunque me ha costado mucho entenderlo.

—Yo, por mi parte, tampoco voy a permitir que Santi quede en el olvido. Ha sido una parte muy importante en su vida, y yo no vengo a sustituir a nadie, sino a ocupar el lugar que me gané por derecho propio —sentenció Ismael.

Nos fuimos de allí con la satisfacción de saber que habíamos hecho lo correcto, pero también con la felicidad de que nuestro amor había sido aceptado y entendido.

Esa noche no dormiría con Ismael, pues, al día siguiente, ambos teníamos que acudir a nuestro puesto de trabajo, y no queríamos llegar tarde ninguno de los dos por tener que estar andando de una casa a la otra para coger ropa.

—Te voy a echar de menos, cariño —me dijo, en la puerta de mi casa y cuando estaba a punto de marcharse.

—Yo también, mi niño, pero mañana podemos pasar la tarde juntos.

—Eso espero, porque no sé lo que me va a deparar mi primer día de trabajo. Te llamo a la hora del desayuno, y así vemos si podemos comer juntos o no.

—Me parece una idea fantástica.

Nos besamos a modo de despedida, y entré en mi casa, de nuevo, donde me esperaban mis padres con una sonrisa, para que les contara todo lo que había sucedido en la comida con los padres de Santi.

Les conté absolutamente todo, y se alegró muchísimo de que, tanto Toñi como Jonás, lo hubieran aceptado de buen grado.

—De todos modos, Almudena, es tu vida y tú no le debes nada a nadie.

—Lo sé, mamá, pero tenía que hacerlo; no quería que se hubiera enterado por alguien que no fuera yo.

—No te lo discuto, pues has hecho lo correcto, pero porque tú has querido, no porque estuvieras obligada a hacerlo.

Sabía lo que me quería decir mi madre, y la entendía, pero no compartía su punto de vista.

Es cierto que, si a Toñi y a Jonás les hubiera sentado mal, me hubiera costado mucho seguir adelante, aunque lo hubiera terminado asumiendo, porque tampoco estaba dispuesta a renunciar al amor por la opinión de nadie.

Esa noche me fui a la cama feliz, muy feliz, y esperaba que esta sensación me durara muchísimo tiempo, porque me lo merecía, porque ya había sufrido bastante.

Me levanté temprano, me vestí y salí para el trabajo. Mis padres todavía dormían, pues la noche anterior se habían quedado hasta tarde viendo una película que querían ver, y no los iba a despertar.

No tenía ganas de conducir, por lo que me fui hasta la parada del bus más próxima; a la vuelta, ya vería si hacía lo mismo o me venía con Marta, si ella no tenía otros planes.

—Me traes una carita que me encanta y que hacía mucho tiempo que no veía —me dijo Marta, nada más verme entrar en la oficina.

—Estoy feliz.

—Será, más bien, que eres feliz.

—Soy y estoy feliz, aunque el miedo a que todo se desvanezca sigue ahí, latente bajo la piel.

—Tienes que aprender a vivir el momento, Almudena. Nada dura para siempre y tú, mejor que nadie, deberías saberlo.

—Por eso mismo, porque lo pasé tan mal, prefiero ir con pies de plomo.

Estábamos subiendo en el ascensor mientras que hablábamos de todo esto, hasta llegar a nuestra planta, donde nos separamos para ir cada una a un despacho.

No me dio tiempo ni a encender el ordenador, prácticamente, cuando recibí un correo electrónico corporativo, en el que se nos citaba a todos en la sala de reuniones.

Marta apareció por la puerta de mi despacho, con cara de preocupación, pues no era normal que nos citaran de esa manera, con tanta premura, pero yo sabía el motivo por el que podía ser.

—¿A qué viene esta reunión tan precipitada?

—No te asustes, que no pasa nada, estoy segura.

—Claro, la última vez que nos hicieron esto, fue una reestructuración de personal y mucha gente fue a la calle.

—Marta, si eso fuera así, no hubieran aceptado que volviera a mi puesto de trabajo anterior, me hubieran dicho que no había lugar, cariño.

—Entonces… ¿Cuál piensas que puede ser el motivo?

—Creo que es para presentarnos a nuestro nuevo jefe. Al parecer, el señor Gutiérrez se jubila pronto, y tenían que buscar un sustituto antes de que se tenga que ir.

—Pues recemos para que sea eso, y para que no sea un sieso como Gutiérrez, que nos trae asfixiados con el trabajo y los plazos.

—Claro, y ya de paso, que también esté bueno, ¿no?

—Hombre, eso por descontado, que nos alegre la vista mientras que nos echa la bronca.

Fuimos riendo hasta la sala de reuniones, en donde fueron llegando todos y cada uno de nuestros compañeros.

Las conversaciones eran de lo más dispares, desde quienes afirmaban que era por otra regulación de empleo hasta los que aseguraban que era por un cambio de dueño, porque había rumores de la venta de la empresa.

—Buenos días, podéis sentaros, por favor —nos dijo Samuel, el gerente de la empresa.

—¿Qué hacemos aquí, Samuel?

—Ahora mismo lo vais a comprobar, dadme un segundo a que la persona que quiero presentaros venga del servicio.

En ese momento, se abrió la puerta y no me lo podía creer.