La luz ante mis ojos Capítulo 12
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Capítulo 12

Ismael

Haberla tenido entre mis brazos, en mi cama y haber logrado derribar todas esas barreras que Almudena había levantado alrededor de su corazón, me supo como la mejor de las victorias.

Cuando salí de su casa, después de cenar con ella y con sus padres, lo hice con una sonrisa en los labios, que me duró durante toda la noche.

A la mañana siguiente sabía que no la iba a encontrar, pues había decidido volver a su trabajo, y ese era otro paso bastante importante para su recuperación anímica.

Por eso, decidí que me quedaría en casa, preparando todo para mi incorporación a la nueva empresa.

No conocía a nadie, ni siquiera al gerente, con el que tan solo había hablado por teléfono, en videollamada, cuando acepté la oferta de empleo.

Era viernes, y esa noche habíamos quedado con todos, mis amigos y los suyos, para ir a cenar y a jugar al billar, y pretendía que pasara la noche conmigo.

Me costaba no hablar con ella, pero sabía que tendría trabajo y no quería molestarla; aun así, no me resistí a enviarle un mensaje de WhatsApp.

Ismael: Te echo de menos, preciosa. Espero que tu primer día no te esté resultando demasiado pesado.

No me dio tiempo a bloquear el teléfono cuando empezó a sonar, y era ella la que me llamaba, así que no dudé en contestar a la primera.

—Hola, preciosa. ¿Qué tal va el día?

—Hola, precioso, pues muy bien. Adaptándome a los cambios y demás, pero se me está haciendo muy amena la mañana.

—¿Comemos juntos o tienes que volver por la tarde?

—Si quieres, vete para mi casa, y comemos juntos, que «la Anita» ha preparado hoy una ensaladilla que te quita las penas del sentido, como dice ella.

—Me acabas de convencer. Eso sí, comemos y nos venimos para la mía, para echarnos una siesta y así nos arreglamos aquí.

—Claro, y con eso, aprovecho y dejo el pijama, ¿no?

—Uy, si el pijama no te va a hacer falta.

—Hombre, para por la mañana. No querrás que me pase todo el día en bolas por tu casa.

—Pues no, entre otras cosas porque mis amigos tienen la mala costumbre de saltar de su casa a la mía a través de la terraza.

—¿En serio? Pues vamos a tener que poner una alarma o algo.

Solté una carcajada. Desde que había dejado todo atrás, era una nueva Almudena la que tenía por delante, y eso me encantaba. Corté la llamada, pues no quería entretenerla más, pero lo hice con una sonrisa.

Al final, quedamos en el portal de su casa a las dos y media, ya que ella terminaba su jornada laboral a las dos, y no quería subir solo, y que me vieran como un caradura.

Sabía que no sería así, porque tanto Anita como Pedro me habían demostrado que eran dos personas de lo más amables, pero, aun así, seguía mostrando algo de reticencia con el asunto.

Seguí preparando todo lo del trabajo hasta que me sonó la alarma. Me la había puesto por lo mismo, porque siempre que me embutía en un proyecto laboral, se me pasaban las horas sin sentir.

Recogí todo y me asomé a la terraza, esperando verla llegar con el coche, como así fue cinco minutos después.

Bajé las escaleras que me las bebía; parecía un niño de quince años a los que sus padres les habían dado permiso para ir a ver a su novia después de estudiar.

—Chico, que parece que vienes de correr una maratón —me dijo, en cuanto que me vio.

—Casi, si como maratón cuenta bajar las escaleras corriendo, pues sí.

—No me iba a ir sin ti, guapetón.

—No esperaba menos, preciosa.

La cogí por la cintura y la pegué a mí, para darle el beso que llevaba toda la mañana queriéndole dar.

—Anda, vamos a subir que, al final, tendremos que comer solos, porque mi madre me llamó para decirme que se iban a la playa con unos amigos, y que no volverían hasta por la noche.

—Entonces, subamos, cojamos esa maravilla de ensaladilla, y nos vamos a mi casa, de donde no tendremos que salir hasta la noche, que hemos quedado con estos.

—Ya estamos tardando.

Subimos a su casa, donde parecía que su madre ya lo había intuido, pues nos había dejado la ensaladilla en un táper, un paquete de picos salados y unos filetes empanados, listos para freír.

Mientras que Almudena cogía su ropa, yo guardaba todo en una bolsa, dejándolo todo listo para transportarlo.

Quince minutos después, ya estábamos en la cocina de mi casa, con ropa cómoda y dispuestos a disfrutar de la tarde juntos.

Estos planes nunca me habían gustado, la verdad, pues era muy independiente y, si estaba con alguien, prefería que fuera solo el rato de la cena o el cine y, si había sexo, procuraba que fuera en su casa, para salir de allí en cuanto que terminábamos la faena.

Pero con ella, con Almudena, todo era diferente, y empezaba a plantearme cosas que antes ni siquiera se me habían pasado por la cabeza.

Yo me había puesto un pantalón de algodón corto, sin camiseta, mientras que Almudena se había decidido por una camisola de algodón, de tirantes y que le llegaba justo por debajo de su trasero.

—Venga, remolona, que ya está la mesa puesta.

—Ya mismo salgo —me gritó desde la habitación.

Como no quería que nadie nos molestara, por eso cerré las puertas correderas que daban a la terraza, corrí la cortina y puse el aire acondicionado.

Preparé el sofá para cuando termináramos de comer, extendiéndolo y poniéndole una sábana finita, porque era de piel y, en verano, te quedabas pegado a él, y era una sensación de lo más incómoda.

—Anda, pero si ya tenemos listo hasta la postcomida.

—Por supuesto, todo está completamente preparado para disfrutar de una buena película en la mejor compañía.

—Creo que me estás sobrevalorando, chico.

—No, si lo de la mejor de las compañías lo decía por mí.

Almudena soltó una carcajada y me dio un manotazo en el hombro, que no me hizo ni cosquillas, la verdad.

Comimos entre risas y anécdotas de cómo le había ido su primer día de trabajo, y descubrí que me estaba encantando escucharla hablar de cotidianidad; todo me parecía de lo más interesante.

Ya tenía ganas de volver yo también; menos mal que tan solo me quedaba este fin de semana para incorporarme, y tenía planes para estos dos días.

Terminamos de comer y, tras recoger la cocina juntos, intercalando cada viaje al lavavajillas con un beso o una carantoña, nos tumbamos en el sofá.

Había puesto otra sábana al lado, porque yo era de los que tenían que estar tapados, al menos las piernas, por mucho calor que hiciera y tuviera que poner el aire acondicionado.

—¿Qué te apetece ver?

—Realmente, me da igual, porque, en cuanto que pongas algo en la televisión, me voy a quedar dormida; siempre me pasa lo mismo.

—Ya me encargaré yo de que eso no suceda.

—Pues, suerte, compañero, porque la vas a necesitar. Además, tengo otra manía: no me puedo acostar, sea en el lugar que sea, con una prenda que se enrolle en mi cuerpo cuando doy vueltas.

—Esa parte me resulta más interesante.

Almudena se levantó la camiseta y se la quitó, tapándose con la sábana por encima de los pechos.

—Creo que no vamos a dormir mucho, ni tú, ni yo.

—Ah, ¿no?

La sujeté por debajo de los brazos, la coloqué a horcajadas sobre mí y la besé con hambre, como si fuera el manjar más delicioso que pudiera degustar, porque lo era.

Besé y lamí sus pechos y, cuando mordisqueé sus pezones, los gemidos y el movimiento de sus caderas se fueron intensificando.

—No seas mala, cariño, o terminaré antes de que empecemos.

—No aguanto más, Ismael, necesito tus atenciones.

—Eso está hecho, preciosa.

Llevé mi mano a su sexo y, con dos dedos, aparté su braguita y los introduje entre sus pliegues vaginales, haciendo círculos con ellos en su clítoris.

Cuando noté que se iba a correr, la levanté, dejando sus partes íntimas a la altura de mi boca, y sustituí mis dedos por mi lengua.

Tembló y se arqueó de tal manera que me puso duro como una piedra, hasta el punto de que pensé que, si me tocaba con un solo dedo, iba a explotar como un quinceañero.

La puse apoyada en el respaldo del sofá, de rodillas; me situé detrás de ella, me coloqué un preservativo y la penetré. Al principio, fue lento; quería saborear y disfrutar del momento, me encantaba la cara que ponía cuando estaba presa del placer, y así se lo hice saber.

—Cuando pones esa cara, me entran ganas de estar follándote todo el día.

—Joder, Ismael, no sabes cómo me pone que me digas estas cosas.

—¿Sí? ¿Te gusta que te diga que me encanta lamer tu sexo, que te corras en mi boca?

—¡Sí!

—¿Te pone cachonda que te hable así en la cama?

—Me pones cachonda con tan solo una mirada o un roce.

Jamás me podía imaginar esa faceta tan liberal de Almudena en el sexo, pero lo cierto es que cada cosa que descubría de ella me gustaba más que la anterior.

Era como si el destino hubiera querido que me fuera enamorando de ella poco a poco, cosita a cosita, para que pudiera asimilarlo bien, para que no me asustara de los sentimientos que sentía, y no tuviera que hacerlo de golpe.

El orgasmo que nos atravesó a los dos fue demoledor, tanto que tuve que morder el sofá para no gritar, mientras que ella no pudo reprimirlo, pero no era lo mismo su voz, fina y dulce, que la mía.

—Esto ha sido una de las experiencias más tremendas que he vivido en el sexo, te lo prometo.

—Y a mí me encanta escucharlo, sobre todo, porque ha sido conmigo y no con otra persona.

Nos recostamos en el sofá, poniendo cualquier cosa en la televisión, y adoptamos la tan manida postura de la cucharita, quedándonos dormidos.

Cuando volvimos a abrir los ojos, eran ya casi las siete y media de la tarde, y teníamos el tiempo justo para darnos una ducha y vestirnos, pues nos esperaban a las nueve en el bar en el que estuvimos Almudena y yo la semana anterior.

—Vamos, comodona, que nos esperan y terminaremos llegando tarde.

—Voy, es que estoy tan a gusto aquí…

—Yo también, pero lo tendremos que dejar para después, cuando volvamos.

—Cuando volvamos no quiero esto, quiero dormir abrazada a ti, en tu cama, aspirar tu olor toda la noche, después de que me hayas hecho el amor…

—Como me sigas diciendo estas cosas, te juro que mando todo a tomar por culo y no te dejo salir de aquí.

—No te creas que no me tienta esa opción, pero estaría feo. Además de que me apetece mucho salir con los chicos y que todos nos conozcamos mejor.

—Entonces, levántate y vamos a la ducha.

La cogí de la mano para ayudarla a levantarse, y fuimos hasta el baño, donde nos dimos una ducha en la que dejamos salir, de nuevo, toda nuestra pasión.

En la habitación, mientras que nos estábamos vistiendo, tuve una sensación de hogar. Fue como si, de repente, todo me encajara y el puzle de mi vida se estuviera completando poquito a poco.

La vi ponerse una falda y una camiseta que me encantó. La falda era de lentejuelas rosa clarito, y la camiseta, una básica blanca, de tirantes.

Os prometo que no era nada del otro mundo, pero, en su cuerpo, todo lucía de una manera espectacular. Se calzó unas zapatillas de cuña del mismo color que la falda, se aplicó máscara de pestañas y brillo labial, y me pareció la mujer más bonita del mundo.

La observaba casi sin pestañear, mientras que ella me regalaba una sonrisa.