Capítulo 11
Almudena
Después de que me dijera eso, no me lo pensé, porque a mí me apetecía igual o más que a él.
—Vámonos, vamos a tu casa.
—¿Me lo dices de verdad?
—Absolutamente.
—No quiero que te sientas presionada, Almu. Si no quieres o no estás segura de esto…
—Estoy más segura que nunca.
Le puse un dedo en la boca para que no siguiera hablando, y lo besé; necesitaba sentirlo y volver a sentirme deseada, como lo estaba haciendo en estos momentos.
Salimos del agua cogidos de la mano, nos envolvimos en la toalla y, sin ni siquiera vestirnos, tan solo con los zapatos puestos, pusimos rumbo a su casa.
En el mismo ascensor, nuestras manos ya estaban explorando nuestros cuerpos. Y menos mal que tan solo era un piso, porque si llega a vivir en un quinto, os prometo que no habríamos llegado sin hacerlo allí mismo.
En cuanto que abrió la puerta, las toallas volaron, cayendo en cualquier parte del suelo.
Ismael me levantó por las nalgas, haciendo que rodeara su cintura con mis piernas, y que sintiera su miembro en mi sexo, y eso me volvió loca.
Jamás había sentido eso, un deseo que me consumía. Sí, el sexo con Santi era muy bueno, y lo quería con toda mi alma, pero nunca había llegado a desearlo de este modo.
Quizás era por el tiempo que hacía que no estaba con un hombre, o porque había decidido liberarme de todo; no lo sabía, pero quería dejarme llevar y dejar salir ese lado más pasional mío.
—Me parece un sueño, Almu.
—Pues, si es así, no me quiero despertar nunca.
Volvimos a besarnos, pero esta vez de manera mucho más fiera, más salvaje, como si nos fuera la vida en ello, como si con ese beso quisiéramos decirnos más que con palabras.
La parte superior de mi biquini cayó en algún lado del pasillo, pero me dio exactamente lo mismo; ¿para qué lo voy a negar? Pues cuando sentí sus labios rozando mis pechos, mi mente dejó de funcionar.
De una manera muy delicada, me posó en la cama y, con su boca, fue recorriendo cada recodo de mi cuerpo, besando y lamiendo las partes más sensibles, hasta que llegó a la parte de la braguita.
Se deshizo de ella de una manera de lo más sensual, que hizo que me hirviera la sangre, pero que no fue nada comparado con lo que sentí cuando empezó a lamer y a devorar mi sexo.
¡Dios mío de mi alma! Esto no lo había sentido nunca. Lo cierto es que, ni a Santi ni a mí nos gustaba mucho el sexo oral, pero ahora entendía que no es que no me gustara, es que no me lo habían hecho como lo estaba haciendo Ismael en estos momentos.
Sé que está muy feo comparar a una persona con otra, y que no debería estar haciéndolo, porque Santi me dio los mejores años de mi vida, pero es que era inevitable, porque nunca me había sentido de esta manera.
Tuve un orgasmo que me atravesó hasta el alma, y que no grité porque me dio tiempo de morder la almohada y retorcer las sábanas.
De un solo giro, cambié las posiciones, y ahora fui yo la que quería practicarle sexo oral a él.
—No tengo mucha práctica, espero no hacerlo tan mal que…
—Cualquier cosa que me hagas será una delicia para mí.
Cogí su miembro con mi mano, y lo lamí de la base a la punta, recreándome en ella y haciendo que de su boca saliera más de un gemido de placer.
—Para, preciosa. Me encanta cómo lo haces, pero no quiero terminar en tu boca y, si sigues así, no tardaré mucho en hacerlo.
Me sujetó por los brazos y me subió hasta ponerme a su altura, donde devoró mi boca, haciéndonos girar en la cama y quedando de nuevo encima de mí.
No sé en qué momento lo hizo, pero, cuando me di cuenta, ya tenía el preservativo puesto, y me miraba a los ojos, como pidiendo permiso para entrar en mí.
—¿Estás segura de que quieres esto?
—Tan segura como de que me llamo Almudena Pardo.
Y lo hizo, me penetró de una sola embestida, que me hizo soltar un solo grito, tanto por la sorpresa como por el placer que me estaba haciendo sentir.
Con cada empellón que me daba, con cada penetración en la que llegaba hasta el fondo de mi ser, el placer se iba haciendo más y más notable, hasta que no pude más y exploté en un orgasmo devastador.
Aprovechó ese momento para cambiar de postura, poniéndome esta vez a mí encima, para que llevara yo las riendas del asunto.
¡Madre mía, lo que estaba sintiendo!
—Preciosa, como siga así, me vas a matar de placer.
—Una buena forma de morir, sí señor.
Se sentó en la cama, conmigo a horcajadas y, con sus manos en mis caderas, aceleró el ritmo, hasta que ambos volvimos a alcanzar el clímax.
—Me llevaría aquí toda la noche, disfrutando de tu cuerpo, pero hemos quedado con tus padres para cenar.
—Si quieres, ahora mismo los llamo y les digo que lo dejamos para mañana.
—Estaría muy feo. Tenemos toda la vida por delante para esto, Almu.
—Bueno, entonces, voy a mi casa a darme una ducha y cambiarme de ropa.
—Ah, no, la ducha te la das conmigo, me cambio de ropa yo y te acompaño para que seas tú la que coja tu ropa.
—¿Cómo me voy a poner el biquini de agua salada después de ducharme?
—Pues te pones el vestido nada más. Estamos a un portal, preciosa, no lo va a notar nadie.
No voy a decir que la ducha fue rápida y que estuvimos cada uno en una punta, porque estaría mintiendo como una bellaca.
Tardamos más de media hora en salir del baño, pero lo hicimos completamente saciados y con una sonrisa pintada en los labios.
Salimos de su casa cogidos de la mano, y me sentí bien; por primera vez en años, era completamente feliz, y eso me daba miedo, porque, aunque no quería pensar en ello, sabía que el palo me tenía que venir por algún lado.
—¿No íbamos a cenar en el chiringuito? —preguntó mi padre, nada más vernos entrar.
—Sí, pero hemos subido para ducharnos y cambiarnos de ropa.
—¿Ahora se llama así? En mi época se decía que habíamos subido a darnos un revolcón o a quitarnos el calentón, pero no a ducharnos —soltó mi madre.
Ismael soltó una carcajada que hizo que se tuviera que sentar porque hasta un ataque de tos le dio.
—Anita, de verdad, no se puede ser más sincera que tú.
—Hijo, a mi edad, dice el refrán que más vale una roja que cien amarillas. Va a venir esta a robar a la cárcel —le contestó.
Entré en mi cuarto para cambiarme de ropa y echar el biquini y las cosas de la playa en la canasta de la ropa sucia, cuando llegó mi madre.
—Almudena, no te pongas nada para salir, que, al final, tu padre y tu novio han decidido que pediremos la comida y comeremos en la terraza.
—Pues mejor, porque así me acuesto antes, que mañana tengo que trabajar. Además, Ismael no es mi novio… bueno, ni siquiera sé qué es lo que somos, la verdad.
—Hija, tal y como te mira este hombre, no hay muchas vueltas de hoja.
—Si tú lo dices…
Mi madre salió de mi habitación y, una vez que me quedé a solas, me senté en la cama, pensativa.
Como tardaba un poco, Ismael vino a buscarme y me encontró con la foto de Santi en las manos.
—Pensé que te había ocurrido algo, ¿estás bien? ¿Necesitas estar sola?
—No, ni me pasa nada ni quiero estar sola. Es que…
—No me molesta que mires la foto de tu marido, Almu, pero siempre y cuando lo dejes en el pasado, y no sea alguien que se pueda interponer entre nosotros.
—Te puedo asegurar que no, porque, de lo contrario, no me habría acostado contigo.
—¿Te arrepientes?
—¿De haberme acostado contigo?
—De cualquier cosa que hayas hecho conmigo.
—No, no me arrepiento de nada, tan solo es que me resulta extraño. Ahora, viéndolo desde la perspectiva que tengo en estos momentos, no entiendo cómo me pude cerrar en banda de esa manera.
—Y me alegro de que te hayas dado cuenta antes de que pasara más tiempo. Si encima he sido yo el afortunado, pues mejor que mejor.
—Anda, vamos a salir o mi madre pensará que estamos haciendo otra cosa.
—Joder, con las buenas vistas que yo tenía.
Os prometo que ni me había dado cuenta de que tan solo llevaba puesta mi braguita y una camiseta, la que me iba a poner para salir, por lo que me la quité y fui hasta el cajón para coger uno de los vestidos de algodón que me ponía para estar por casa.
—Pretendes que me tengan que amputar el miembro, por lo que veo.
—¿Por qué dices eso?
—Hombre, teniendo en cuenta que te acabas de quitar la camiseta y te has levantado, mostrándome el trasero con esa minúscula braga que llevas…
—En mi vida me había sentido con tanta libertad con nadie, te lo prometo. Es como si estuviera acostumbrada a mostrar mi cuerpo delante de ti.
—Oye, que no me pienso quejar, si es eso lo que estás pensando. Así tendré material esta noche para darme amor propio; ¿cómo no vas a dormir conmigo…?
Cogí un cojín de la cama y se lo tiré a la cabeza, justo después de ponerme el vestido.
Ismael lo cogió al vuelo, y se acercó para dejarlo en la cama, aprovechando el viaje para situarse detrás de mí y agarrarme por la cintura.
—Eres tan bonita, Almu, me gustas tanto.
—No me digas esas cosas que no estoy acostumbrada y voy a terminar por creérmelo.
—Eso es lo que tienes que hacer, creértelo, porque vales mucho más de lo que tú te piensas.
Me dejó un beso en el cuello y salimos de la mano de mi habitación hacia la terraza, donde mis padres estaban poniendo la mesa.
—¿No ibais a pedir comida a domicilio?
—Sí, pero, como estabais charlando y no queríamos interrumpir, he hecho una tortilla de patatas y una ensalada; espero que a Ismael le guste.
—Anita, a mí me gusta todo, yo no soy delicado para comer.
—Pues hala, a la mesa, que ahora mismo traigo lo que falta.
—Mientras que termináis, bajo un momento a por el postre —le dijo Ismael.
—Para nada, que ya ha ido mi marido; tenemos helado de chocolate belga con pistachos y otro de turrón de la heladería de la esquina.
—Al final, me tengo que apuntar al gimnasio, ya verás —les dije, negando con la cabeza.
—¿Qué dices de gimnasio? Si estás estupenda, preciosa. Además, aunque cogieras peso, me seguirías pareciendo un bombón —me respondió Ismael, ante la sonrisa de mis padres.
La cena fue una delicia, en la que Ismael nos estuvo contando a qué se dedicaba y cómo había terminado en Madrid.
Eso me demostró que cada persona tiene su forma de lidiar con el duelo de una muerte cercana, y él lo hizo poniendo distancia de todo lo que le podía recordar a su madre.
Mi madre decía que ella la recordaba hablando con mi abuela, pero que, realmente, nunca tuvo mucho trato con ella, por el tema del trabajo y demás, mientras que Ismael nos contó que él sí que recordaba a mi abuela en su casa, y al revés.
Quedamos en que iríamos el viernes a verla cuando saliéramos del trabajo, puesto que sabíamos que le daría mucha alegría volver a verlo, ya que, según Ismael, siempre se habían tenido mucho cariño, y hablaba de ella con una ternura increíble.