La luz ante mis ojos Capítulo 10
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Capítulo 10

Ismael

Ese día, como mis amigos se habían ido al trabajo, me levanté bien entrada la mañana. Me sentía tan bien y tan a gusto, y como no tenía nada que hacer, decidí darme ese capricho, que hacía mucho tiempo que no me daba.

Me hice algo ligerito de comer, pues no quería cargarme mucho para lo que tenía pensado, que era bajar a la playa y nadar un poco, y si me llenaba mucho, me iba a costar hacerlo, más por pereza que por otra cosa.

Eran las cuatro y media de la tarde cuando salí de mi casa para hacer lo que tenía pensado, cuando la vi aparcando el coche, y una sonrisa se pintó en mi cara.

No sabía qué era lo que tenía esta mujer, pero me hacía sentir algo que no había sentido en mi vida. Era una mezcla de protección y deseo que me estaba volviendo loco.

Cuando la escuché murmurar que iba a comprar un cupón, no dudé en contestarle.

—Pues dime el número, para comprar otro para mí.

—Me cago en la leche, Ismael, que me vas a matar de un infarto.

—No me lo perdonaría en la vida. A partir de ahora, cuando me vaya a acercar a ti, tocaré una campanita.

—Qué idiota eres, de verdad.

—Sí que lo soy, pero tu idiota preferido.

Negó con la cabeza y empezó a reír. Me encantaba verla así, risueña y capaz de dejar su dolor a un lado.

—¿Dónde ibas o venías?

—Iba a darme un baño. ¿Te vienes?

—Si me acompañas a cambiarme de ropa, sí. Pero te advierto que arriba están mis padres, que, además, están locos por conocerte.

—No tengo ningún problema en hacerlo, vamos.

Subimos a su casa, sin avisar a sus padres, que se llevarían una gran sorpresa cuando me vieran allí arriba.

Tan solo esperaba que no se pusieran pesados y nos dejaran marcharnos, porque, según me había contado Almudena sobre su madre, era capaz de ofrecernos café y hasta de hacerme un bizcocho para seguir charlando.

Al entrar en el ascensor, y sin verlo venir, Almudena me dio un beso en los labios, que me supo a muy poco, porque hubiera querido que profundizara muchísimo más, pero vivía en un segundo, y no le dio tiempo.

—Mamá, papá, ya he llegado…

—¿Cómo te ha ido? ¿Qué te ha dicho tu jefe? —preguntó su madre, que, cuando salió al pasillo y me vio con Almudena, se quedó sin palabras.

—Hola, mamá, me ha ido genial, tan bien, que mañana mismo empiezo a trabajar.

—Por favor, qué hombre más guapo. Hija, qué suerte tienes, ninguno de los dos hombres que te he conocido tiene ninguna pega.

—Él es Ismael. Ellos son mis padres, Ana y Pedro.

—Encantado, señora.

—Uy, señor, dice, dime Ana, o Anita, como me conocen todos, y dame dos besos, que ya tenía yo ganas de conocerte.

Saludé a los dos, y mientras que Almu iba a cambiarse de ropa, yo me quedé allí, en el salón, hablando con ellos.

—¿Te apetece una cervecita fresquita, Ismael? Porque café, con el calor que hace, no creo que quieras —me dijo su padre.

—Pues no le voy a decir que no, que me apetece mucho. Total, tenía unos planes, pero, al encontrarme con Almu, no he dudado en cambiarlos.

Cuando la llamé de ese modo, sus padres se miraron entre ellos, como si hubiera hecho algo extraordinario, y no dudé en preguntar, pues no me iba a quedar con la intriga.

—¿He dicho algo malo?

—No, para nada, simplemente que nos ha sorprendido que te deje llamarla de ese modo.

—¿Por qué?

—Porque era la manera en la que la llamaba su marido. Cuando Santi falleció, no permitió que nadie más la llamara así.

—Joder, no sabía nada. Se lo dije de manera natural, y ahora, como que me siento mal.

—No debes sentirte así; si ella no hubiera querido que usaras ese apelativo, te aseguro que te lo hubiera dicho.

—Exactamente, no sé el motivo, pero lo que sí sé es que contigo me permito licencias que, con otros, ni me hubiera planteado —me dijo ella, que venía ya con la ropa de playa puesta.

—Y no sabes lo feliz que me hace eso.

Me levanté y le dejé un beso en los labios. Me salió de lo más natural, no pensé en si a ella le molestaría o no, incluso a sus padres, pero ninguno hizo un gesto que me hiciera pensar eso.

—Bueno, dejemos el momento drama que nos vamos a la playa —le contestó Almudena, queriendo cambiar de tema.

—Eso mismo, además, he pensado que podíamos cenar en el chiringuito —dijo su padre.

—Mamá, que mañana me tengo que levantar temprano para ir a trabajar.

—Como si no lo hicieras a diario, vamos.

—Está bien, pero pago yo —dijo Almudena.

—Ah, no, de eso nada, ha sido idea mía, pues invito yo —le contestó su padre.

—No discutáis, porque al final será para nada, ya que el que se va a hacer cargo de la cuenta seré yo —les dije, y Anita soltó una carcajada.

—Este hombre me gusta, Almudena.

—Y a mí, mamá —le salió de la manera más natural posible, y todos soltamos una carcajada.

Esta vez, al entrar en el ascensor, fui yo el que me acerqué a ella, besándola como había tenido ganas desde que me besó ella antes.

—Así que, yo también te gusto, ¿no?

—Hombre, si no me gustaras, ni siquiera me habría acercado a ti.

—Tú no sabes lo que eso me ha hecho sentir, Almu. No te lo puedes ni imaginar.

La pegué a mí, en el portal de su casa, y la volví a besar. Tenía que preguntarle si le importaba que la besara en la calle, delante de los demás, pero no me dio tiempo a hacerlo cuando ella misma me sacó de la duda.

—Me encanta que me beses cuando te sale del alma, sin pensar en los demás.

—¿Puedo hacerlo siempre que me apetezca?

—Por supuesto, es más, estás obligado a hacerlo.

—No lo dudes, esas obligaciones son las que más me pueden gustar en la vida.

Bajamos a la playa, extendimos las toallas y nos sentamos en ellas. Cuando vi que Almudena se quitaba el vestido y pude comprobar el biquini que llevaba debajo, me quedé con la boca abierta.

No se podía tener un cuerpo más bonito que el suyo. Hasta ahora, la había visto usar bañador, o un biquini, pero deportivo, no de este tipo.

—Cierra la boca, que te van a entrar moscas.

—De verdad, tú no eres consciente de cómo te sienta ese biquini.

—Lo tengo desde hace cuatro años, no me dio tiempo a estrenarlo. Después, no me apetecía ponérmelo, no quería llamar la atención.

—Pues, créeme que hoy la has llamado, al menos la mía.

—Anda, toma y ayúdame a ponerme crema en la espalda, por favor.

Cuando se dio la vuelta y pude ver que la parte trasera de la braguita era de esas brasileñas, que, sin ser un tanga, dejaba bastante piel de su trasero al aire, tuve que tragar saliva.

Eché el aceite en su espalda, pero no lo extendí con prisas, sino que me tomé mi tiempo, acariciando toda la piel que quedaba al descubierto.

En cuanto que terminé, me di cuenta de que tenía una erección de caballo, así que, sin decirle absolutamente nada, porque no sabía cómo podía reaccionar, corrí hasta el agua y me tiré de cabeza, esperando que nadie se hubiera dado cuenta de mi estado.

Me mantuve en el agua un buen rato, hasta que la vi entrar a ella. Todo hombre que pasaba por su lado se le quedaba mirando, porque era todo un espectáculo para la vista.

—Te has venido muy rápido al agua, ¿algún problema?

—Más que un problema, una reacción.

—Ah, ¿sí?

—Almu, no juegues con fuego porque te prometo que mañana llegas tarde al trabajo.

De lo más profundo de su ser salió una carcajada, que la llevó hasta a que se le saltaran las lágrimas, y que me contagió sin remedio.

Cogí su mano y la acerqué a mí. Sabía que no era una buena decisión, porque, por fin, había conseguido calmar a mi amiguito y, teniéndola tan cerca, se iba a poner otra vez en pie de guerra, pero me daba exactamente igual.

Le levanté la barbilla para que me mirara a los ojos, y la besé de nuevo, pero esta vez fui un poco más lejos, y la alcé por sus nalgas, obligándola a que enrollara sus piernas en mi cintura.

Estábamos en una zona apartada, bastante adentrados en el mar, por lo que no nos podía ver nadie, y quería que sintiera mi sexo en el suyo.

—Si fueran otras las circunstancias, te aseguro que ya te habría hecho tener dos o tres orgasmos.

Me atreví a decirle eso, preso del deseo que sentía por ella, y esperando a que no le sentara mal, pero me costaba un mundo contenerme.