La luz ante mis ojos Capítulo 9
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Capítulo 9

Almudena

—Santi, mi amor, hoy te tengo que dar las gracias, por poner a Ismael en mi camino, por hacer que mi cuerpo vuelva a temblar. Te querré toda mi vida, pero ya he aprendido que es hora de pasar página.

Me quedé mirando la foto, y os puedo jurar que noté cómo mi marido asentía. Llamadme loca si queréis, pero esa noche soñé con él.

Estaba en un campo muy verde, con un cielo muy celeste, sentado en medio de un camino de flores.

Me acerqué a él, que me miraba sonriente, y me senté a su lado, cogiendo su mano, como nos gustaba sentarnos a los dos.

—Vive, Almudena, ábrete al amor, que es lo que necesitas.

—¿Y tú? ¿Y nosotros?

—Nosotros vivimos un amor muy bonito, pero no por eso el que venga será peor; simplemente será diferente.

—Prométeme que no te enfadarás, que no lo verás como una traición.

—No lo es, mi vida. Durante el tiempo que estuvimos juntos, me hiciste el hombre más feliz del mundo; ahora te toca a ti ser igual de feliz.

Cuando me desperté por la mañana, tenía los ojos llorosos, pero no recordaba haber llorado, pero también lo hice con otros ánimos. Os prometo que fue como si hubiera habido un antes y un después.

Mi madre, en cuanto que me vio aparecer por la cocina, con una sonrisa pintada en los labios, no me preguntó absolutamente nada, tan solo me dio un abrazo y me dijo que se alegraba por mí.

—No te he dicho que haya pasado nada entre nosotros, mamá.

—Ni falta que me hace. Tan solo hay que verte la cara para saber que estás de lo más ilusionada.

—Pues sí, no te voy a decir que no, aunque todavía voy con cautela.

—Me parece perfecto, con cautela, sí, con miedo, no.

—Me tomo un café y me visto, que voy a ir a la oficina; creo que ya va siendo hora de que me incorpore.

—¿De verdad?

—Sí, voy a ir a hablar con mi jefe, a ver si sigo teniendo un huequito en la empresa. Si me dice que no, pues empezaré a buscar por otro lado.

A estas alturas, mi madre lloraba lo más grande, pues habían sido miles de veces las que mi madre me lo había pedido, que volviera al trabajo, que me vendría bien estar rodeada de gente, pero no me sentía con fuerzas de enfrentarme a nadie.

Salí de mi casa sonriendo, me subí a mi coche, que era el de mi padre, porque el mío quedó completamente destrozado en el accidente, y puse rumbo a la oficina.

No os voy a decir que no me costó trabajo subirme a un coche, porque, las primeras veces, me costó la misma vida, hasta el punto de agarrarme a la puerta para no hacerlo.

Ni contaros el trabajo que supuso para mí ponerme delante de un volante. La primera vez que lo hice me temblaban hasta las pestañas, pero mi padre, que era el que me acompañaba en el asiento del copiloto, jamás sucumbió a mis peticiones ni a mis lágrimas.

Aparqué en el garaje de la empresa y subí; lo primero que hice fue buscar a Marta, para decirle que comeríamos juntas.

—Almudena… ¿Eres tú? ¿De verdad? —me dijo una de mis antiguas compañeras.

—Un poquito más vieja, pero la misma.

—¿Qué dices, loca? Pero si estás guapísima y divina —me dijo otra.

—Loca, sí, guapísima y divina, lo vamos viendo.

Cuando Marta escuchó mi voz, salió corriendo del despacho, abrazándose a mí.

—Quita, loquita, que me vas a tirar.

—No me lo puedo creer, de verdad que no. Tus ojos han vuelto a brillar, y quiero que me cuentes el motivo.

—Lo haré, pero ahora no puedo, que tengo que ir a ver a Samuel, a ver si me hace un hueco.

—Es la mejor noticia que podías darme. Señoras y señores…

—En el culo tengo flores —le respondí, tal y como hacía Santi cuando alguien decía eso.

Mi amiga me miró, sonriente, pero con lágrimas en los ojos, de la emoción que sentía de verme actuar así, y continuó hablando.

—¡La antigua Almudena ha vuelto! —gritó.

—No, cariño, la que ha vuelto no es la antigua, es una nueva Almudena.

Todos me abrazaron, como si estuvieran de acuerdo conmigo, y eso me encantó y emocionó a partes iguales. Sabía que mis compañeros me tenían aprecio, pero no llegué a imaginar que fuera tanto y tan bueno.

Me despedí de ellos y subí al despacho del que había sido mi jefe hasta que sucedió todo. Estaba nerviosa, porque, aunque me aseguró que tendría un puesto en sus filas cuando estuviera bien para volver, tenía que reconocer que había pasado mucho tiempo.

—¿Se puede?

—Almudena, qué sorpresa más agradable, pasa.

—Hola, Samuel. ¿Qué tal estás?

—No, bonita, esa pregunta te la tengo que hacer yo a ti.

—Ni tan bien como quisiera, pero tampoco tan mal como pensarían los demás.

—Eso es bueno. Dime, ¿en qué puedo ayudarte?

—Samuel, sé que ha pasado mucho tiempo y que, quizás, ya no haya sitio para mí en esta empresa, pero me gustaría volver a trabajar.

—Aquí siempre hay y habrá un lugar para ti. Puedes incorporarte mañana mismo. Vamos a Recursos Humanos para que vuelvan a activar tu contrato.

—¿En serio? Gracias, Samuel, necesito volver a mi rutina para seguir avanzando.

—Lo único es que tendrás que acostumbrarte a los cambios, porque hay personal nuevo, y el lunes próximo se incorpora el que ocupará desde ahora el puesto de Santi.

—Es lógico, y lo tenía más que asumido, no te preocupes.

—Entonces, con todo claro, vayamos a que activen tu contrato.

Bajamos a Recursos Humanos, comprobamos todos los datos, en los que tuve que cambiar la dirección y poner la de casa de mis padres y, cuando salí de allí, era una empleada más.

Volví a buscar a Marta porque, entre unas cosas y otras, nos había dado la hora de comer, y ya me estaba esperando para ir al restaurante en el que comíamos normalmente cuando teníamos trabajo por la tarde.

—Cuéntame todo, por favor.

—¿No viene Roberto?

—Le he dicho que teníamos que hablar cosas de chicas, y se ha ido a casa; ya lo llamaré después.

—Se podría haber venido, entre otras cosas, porque a lo mejor no le gusta el plan que os voy a proponer.

—Si me gusta a mí, él dirá que sí, te lo aseguro.

—No pensaba que fuera a ser uno de esos hombres que se dejen manejar.

—Y no lo es, lo que pasa es que una tiene sus métodos para convencerlo, y no te pienso decir nada más.

Solté una carcajada, y mi amiga me miró como si estuviera viendo a un extraterrestre, porque no era normal que yo riera de esta manera en los últimos cuatro años.

—Dime ahora mismo quién es el responsable de que hayas vuelto a reír así, porque lo saco ahora mismo a hombros, como los toreros.

—Se llama Ismael, y es el chico de la terraza, con el que tropecé en la playa.

Le conté todo lo que había sucedido en estos días, y cómo mi vida había dado un giro de ciento ochenta grados en cuestión de minutos.

—Amiga, te mereces lo mejor, no dejes escapar a ese hombre.

—Me da pavor, pero quiero avanzar, Marta.

—Piensa que, si no va a ningún sitio, si tan solo es algo pasajero, no pasa nada, porque siempre lo recordarás como el hombre que te tendió la mano para salir del hoyo.

—Visto así, tienes razón, amiga.

—Bueno, ¿qué es eso que me tenías que proponer?

—Ismael me dijo el otro día de volver al sitio donde cenamos, pero todos juntos, sus amigos y vosotros. ¿Qué me dices?

—Que lo llames y le vayas diciendo que reserve mesa.

—Joder, pero si no tengo ni su teléfono. Ni siquiera lo había pensado…

—Hala, pues ya tienes un motivo por el que ir a buscarlo.

Nos reímos muchísimo durante esa comida; incluso llamó a Roberto para contarle mi plan, que aceptó al momento, casi sin pensarlo.

Ella tenía que subir, pues le quedaba documentación por terminar, mientras que yo volvía a casa. Tenía que buscar aparcamiento porque el edificio de mis padres no tenía garaje, y mi plaza se la tenía alquilada a la misma pareja.

Como os podéis imaginar, buscar aparcamiento en un mes de julio en una ciudad costera y, encima, al lado de la playa, era como misión imposible, y ya iba preparada mentalmente para ello.

Pero como mi vida había dado un giro enorme y parecía que tenía la suerte de cara, con esto no iba a ser menos, y, justo cuando yo llegaba, salía un coche en la misma puerta de mi edificio.

—Joder, estoy por comprar un cupón —me dije a mí misma, sin ver que Ismael estaba detrás de mí.