La luz ante mis ojos Capítulo 8
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Capítulo 8

Almudena

Aquella noche que cenamos juntos y en la que los padres de Santi me dejaron clara su postura, y después de estar varias horas dando vueltas en la cama, tomé una determinación.

Me tenía que levantar temprano para ir al aeropuerto a recoger a mis padres, que acababan de terminar ese viaje tan ansiado para ellos.

Habían esperado hasta que yo me encontrara un poquito mejor para poder hacerlo, pues no querían dejarme sola.

En cuanto que los tuve delante, nos fundimos en un abrazo, y mi madre, siendo la que mejor me conocía, y viendo mi cara y mis gestos, supo que algo me había sucedido.

—Anda, vamos a buscar un sitio para comer antes de llegar a casa y me cuentas —me dijo, dándome un abrazo.

—¿Cómo sabes que tengo algo que contarte?

—Hija, tu madre es como un escáner. Ella pasa la vista por tu cuerpo y sabe hasta si tienes gases —dijo mi padre.

Por primera vez en mucho tiempo, solté una carcajada sin tener remordimientos, sin sentirme mal por permitirme reír.

—¿Lo ves? Algo te ha debido de pasar, y muy bueno, por cierto, para que te rías de esa manera sin tener que reprimirte.

—Lo cierto es que…

—Ahora, cariño, no tenemos prisa y quiero que me lo cuentes con detalle, no mientras que conduces.

Salimos del aparcamiento del aeropuerto y pusimos rumbo a la autopista. En esta ocasión, mis padres habían optado por el aeropuerto de Sevilla, por lo que todavía teníamos un par de horitas por delante hasta llegar a casa.

En un determinado momento, tomé un desvío hacia una carretera secundaria que nos llevaba hasta un pueblecito en el que se comía muy bien.

Aparqué en la puerta de la venta en la que íbamos a entrar a comer y nos bajamos del coche. Pedimos una mesa, que nos dieron de inmediato, entre otras cosas porque, con el calor que hacía, a ver quién era el guapo que salía a ninguna parte.

—Ahora, sí. Cuéntame lo que te ha pasado en estos días.

—Uf, es que no sé por dónde empezar.

—Por el principio, cariño, siempre por el inicio, así entenderemos todo mejor.

Cogí aire y les conté a mis padres cómo había conocido a Ismael y la manera en la que habíamos conectado.

—Es como si lo conociera de toda la vida, mamá. Con él he sido yo misma, tal y como me pasó con Santi, sin sentir vergüenza.

—Eso que me has dicho es lo mejor que me podías contar, mi niña. No sabes cuántas veces le he pedido al cielo que algún día abrieras los ojos.

—Tengo miedo, mamá.

—Si ese miedo es por lo que te puedan decir los padres de Santi, o por lo que piensen de ti los demás, puedes estar completamente tranquila.

—No, los padres de Santi ya lo conocen, y están encantados con él, aunque tan solo somos amigos, que no ha habido nada más.

—¿Y a qué estás esperando?

—No lo sé, mamá. Ciertamente, no tengo ni idea.

—Quiero que, en cuanto que lleguemos a casa, vayas a buscarlo, porque, además, no tendrás que ir muy lejos, según lo que me has contado.

—No, y si te cuento lo último, seguro que me dices que es mentira.

—Dale, y ya veré yo lo que contesto.

—Pues que es mi vecino; bueno, vive en el piso de al lado del que tengo alquilado y es el mejor amigo de mis inquilinos.

—Esa pareja ya me caía bien desde el principio, pero ahora, en este momento, me caen mucho mejor.

Mi padre no había hablado nada, no había abierto la boca, tan solo me escuchaba sin apartar la mirada de mí, y eso me inquietó un poco.

—¿Qué estás pensando, papá?

—Pues que no me parece justo que tus suegros lo conozcan y tus padres no.

—Eso digo yo, que parece que eres hija de ellos en vez de nuestra.

—Mamá, papá, fue una casualidad, os lo prometo.

—Estamos de broma, cariño. Por supuesto que tu madre y yo queremos conocerlo, pero no es eso lo que estaba pensando.

—¿Entonces? ¿Tan malo es que no me lo quieres contar?

—Para nada, más bien es todo lo contrario. Estoy tan contento porque, por fin, hayas decidido vivir…

—Papá, estaba viviendo.

—No, Almudena, no estabas viviendo, estabas sobreviviendo, que es muy distinto.

Agaché la cabeza, porque mi padre tenía razón. Cuando Santi falleció, yo lo hice con él, aunque en el sentido figurado, porque estos cuatro años no había pensado en mí misma ni una sola vez.

Terminamos de comer y nos pusimos rumbo a casa. En cuanto que llegué, me di una ducha y me vestí, cómoda, pero también para verme bien, no por no ir desnuda por la calle.

Incluso me apliqué un poco de máscara de pestañas y de brillo labial, me eché mi perfume favorito, ese que no usaba desde hacía años, y salí al salón.

—Así me gusta verte, guapa y queriendo gustar.

—¿Es muy exagerado? ¿Tan evidente se ve?

—Estás preciosa, así que tira para la calle, que te voy a estar mirando desde la terraza.

—No, mamá, por favor, no me pongas más nerviosa.

—Lo haré hasta que te vea entrar de nuevo en ese portal, por si tengo que bajar yo y darte un buen empujón para que atravieses esa puerta.

Negué con la cabeza mientras que me colgaba el bolso y salía a la calle. Y sí, no os vayáis a pensar que mi madre hablaba por hablar, que ahí estaba, asomada a la terraza y diciéndome con la mano que entrara.

Me costó media vida dar ese último paso para entrar, pero, después de infundirme ánimos a mí misma, lo hice, entré y subí en el ascensor.

La vergüenza que sentía era algo superior a mí, pero también una ilusión se asomaba en mi interior, y eso sí que era nuevo para mí.

Cuando me abrió la puerta, con ese pantalón de algodón y descalzo, me pareció el ser más sensual que había visto desde hacía tiempo.

No tenía un cuerpo espectacular, de esos musculosos, pero es que a mí tampoco me gustaban los hombres así, aunque sí que tenía unos brazos fuertes y una espalda ancha.

—Perdona mi atrevimiento, pero como he estado fuera todo el día, me preguntaba si te apetecía salir a tomar algo, aunque sea al chiringuito.

—Me encanta este atrevimiento, y espero que no sea el primero que tengas. Y sí, me apetece muchísimo, pero conozco un lugar mejor, en el que también podemos cenar.

Salimos a cenar y pasamos una noche magnífica, como hacía mucho tiempo que no lo hacía.

Tenía que contárselo a Marta, con la que no había hablado en todo el día, pues la noche anterior había salido a cenar con Roberto, un compañero nuestro de la oficina con el que estaba empezando algo.

—Gracias por la noche tan bonita que me has hecho pasar, Ismael.

—No, las gracias te las tengo que dar yo a ti, por elegirme a mí para empezar a vivir de nuevo.

—Me apetece hacer algo, pero…

No me dejó terminar la frase, cogió mi cara con sus manos y se acercó a mí, lentamente, dándome el espacio y el tiempo para retirarme, pero no lo hice.

No era eso lo que le iba a decir que me apetecía, pero lo que me estaba proponiendo también era una idea que me atraía mucho, por lo que me dejé llevar.

El momento en el que sentí sus labios contra los míos, de esa manera tan dulce, fue algo espectacular.

Lo que empezó como un roce de labios, se fue intensificando y, cuando sentí su lengua en el interior de mi boca, en una lucha constante con la mía, ya no me pude resistir más.

Mis manos fueron a parar a su cuello; enredé mis dedos en su cabello, que, sin ser demasiado largo, me dejó comprobar su suavidad.

—Sé que no estás preparada todavía para nada más, pero, para mí, esto es más que suficiente; no tenemos ninguna prisa.

—Gracias, de verdad. No sabes lo que esto significa para mí.

—Claro que lo sé, pero te puedo asegurar que, para mí, no significa menos.

Nos volvimos a besar, pero esta vez fue para despedirnos, y subí a mi casa como subida en una nube.

Serían las doce y media de la noche, más o menos, pero ya mis padres estaban acostados; se lo contaría a mi madre todo al día siguiente.

Me quité la ropa, me desmaquillé y me volví a dar una ducha, porque no sabía si la capa de sudor que perlaba mi cuerpo era debido a las altas temperaturas externas o internas, porque yo también estaba que echaba humo.

¿Cuánto tiempo hacía que yo no pensaba en otro hombre que no fuera Santi? Antes de acostarme, cogí su foto y le hablé, como hacía todas las noches, pero, en esta ocasión, la conversación fue diferente.