La luz ante mis ojos Capítulo 7
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Capítulo 7

Ismael

Cuando me contó por todo lo que había tenido que pasar, un nudo se me formó en el estómago.

Tenía ganas de gritar, de abrazarla, de besarla, de decirle que la vida no podía ser tan hija de puta, pero no me moví ni la interrumpí; entre otras cosas, porque no podía, no me salía.

El momento en que decidimos irnos a cenar juntos, los dos solos, lo vi como un avance, aunque fuera tan solo como dos amigos.

Pero mi gozo en un pozo, pues, nada más llegar a la pizzería, noté cómo su cara se descomponía, cómo, al ver a esas dos personas, su gesto mudó al miedo, a la vergüenza, y me lo demostró con sus palabras.

Al final, cenamos todos juntos, y me parecieron dos personas espectaculares, cuyo único objetivo era que Almudena fuera feliz, y eso, bajo mi punto de vista, era digno de admirar.

No era normal que unos suegros le dijeran a la viuda de su hijo que buscara a otro hombre que le diera todo el amor que se merecía, como era el caso de ellos.

—Me ha encantado compartir esta cena contigo, Ismael. Ahora entiendo que eres lo mejor que le ha podido pasar a mi niña —me dijo Jonás, al despedirnos.

—A mí también me ha gustado mucho; no es fácil encontrarse con personas con esa mente tan abierta como la vuestra.

—No podemos ser de otra manera, y sé que mi hijo, desde allá arriba, ha hecho todo lo posible para ponerte en la vida de su mujer —me dijo Toñi, pero sin apartar la vista de ella.

—Gracias, de verdad, a los dos, me lo estáis poniendo muy fácil —les dijo Almudena, con las lágrimas saltadas.

—Quiero que las próximas lágrimas que te vea sean de felicidad; no te quiero ver llorar nunca más por lo que tuviste y perdiste. Se acabó, Almudena.

—Te lo prometo, pero no puedo pasar de un extremo a otro en un segundo; necesito mi tiempo.

—Ya has tenido suficiente, ahora te toca reaccionar y pensar en ti, ni más ni menos.

Nos despedimos de ellos con la promesa de quedar otro día en su casa para comer, y pusimos rumbo a casa.

La acompañé hasta la puerta de su casa y, a la hora de despedirnos, ella fue a darme dos besos. Pero teniendo en mente las palabras que les habían dicho Toñi y Jonás, no me lo pensé. Giré la cara y uno de sus besos cayó sobre mis labios.

—Hasta mañana, preciosa. Que sueñes conmigo.

Almudena negó con la cabeza y entró en su portal. No me moví de allí hasta que no la vi entrar en el ascensor, momento en el que puse rumbo a mi casa, con una sonrisa en los labios.

Eran las doce de la noche cuando entraba por la puerta de mi casa y, en cuanto que encendí la luz, al girarme para la terraza, me encontré a mi amiga a punto de saltar de su casa a la mía y a mi amigo detrás de ella.

—Estoy pensando que tu novio tiene razón; voy a tener que poner pinchos en ese muro.

—Déjate de historias y cuéntamelo todo, que te hemos visto.

—¿Ahora eres mi madre y tengo quince años?

—No, soy tu mejor amiga y tienes treinta y cinco. empieza.

Solté una carcajada porque sabía que, hasta que no le contara todo, no iba a marcharse ni a dejarme en paz. Por eso, entré a la cocina, cogí tres cervezas y salí a la terraza, donde ya estaban los dos sentados, como si estuvieran esperando a que empezara una película en el cine.

No sabía por dónde empezar, no sabía qué contarle sin traicionar la confianza que Almudena había depositado en mí, sin decir nada de lo que no me correspondía.

—He coincidido con Almudena cuando ambos bajábamos a la playa; hemos bajado, hemos visto el atardecer y hemos cenado juntos…

—Venga ya, chaval, yo quiero la versión extendida de esta historia, no el tráiler.

Solté una carcajada porque mi amiga era así de cotilla, de impaciente y de ingeniosa. No tiene ningún sentido mentir a estas alturas; la adoraba.

Le conté que Almudena había pasado por una situación muy delicada y dolorosa, pero sin entrar en detalles, que eso no me correspondía a mí, sino a ella, y ambos lo entendieron.

También les hablé del encuentro que habíamos tenido con quienes habían sido sus suegros y de cómo la apoyaban al máximo en su andadura hacia su nueva vida.

Y llegamos a la parte más jugosa, la de nuestra despedida y el beso accidental.

—Lo sabía, tenía claro que algo en ella había llamado tu atención.

—Sí, pero no adelantes acontecimientos, por favor, que de momento tan solo somos amigos.

—Sí, pero un amigo con vistas, como los pisos.

Reímos muchísimo durante el ratito que estuvieron allí, conmigo, pero ya tenían que volver a su casa, que al día siguiente tocaba trabajar.

Yo todavía tenía una semana más de vacaciones, pero, siendo sincero, no me importaría empezar a trabajar ya. En este lugar, sabiendo que luego tendría toda la tarde libre para ir a la playa, me daba exactamente lo mismo.

Me acosté y analicé todo lo que Almudena me había contado sobre su marido y su matrimonio, y supe que lo tendría complicado, pero que, una vez que consiguiera derrumbar su muro, sería maravilloso verla brillar de nuevo.

Al día siguiente intenté verla, pero no la encontré por ninguna parte, ni en la terraza, al menos no asomada, porque desde la mía, si no fuera porque estuviera así, no la podía ver; ni en la playa, ni siquiera paseando, y me desilusioné un poquito.

¿Sería que no quería verme? ¿Se habría arrepentido de la tarde que pasamos juntos? ¿Se habría asustado con ese beso que le robé?

Joder, iba a volverme loco si no tuviera una respuesta pronto. Estaba pensando en ello cuando llamaron a mi puerta. Eran las nueve de la noche, y Felipe y Marieta habían salido al cine, así que no podía ser ninguno de ellos.

Sería algún vecino para preguntar o pedir algo, así que me fui a abrir. Me llevé una sorpresa, pues no me esperaba para nada a la persona que estaba al otro lado de la puerta.

—Perdona mi atrevimiento, pero como he estado fuera todo el día, me preguntaba si te apetecía salir a tomar algo, aunque sea al chiringuito.

—Me encanta este atrevimiento y espero que no sea el primero que tengas. Y sí, me apetece muchísimo, pero conozco un lugar mejor, en el que también podemos cenar.

—De verdad, sin compromiso, que si no te apetece…

—Pasa y dame un minuto para que me cambie de ropa, porque acabo de llegar de la playa y ya me he dado una ducha.

Le dejé un beso en la mejilla y salí corriendo hasta mi cuarto, donde cogí un pantalón corto del armario, una camisa y mis zapatillas deportivas.

Ella estaba preciosa, con un vestido largo blanco, tipo ibicenco, y unas sandalias planas de cuero, al igual que su bolso; por eso no quise arreglarme demasiado.

—Listo, ya nos podemos ir.

—¿Sabes una cosa? Es la primera vez en cuatro años que me he atrevido a entrar en este portal.

—Pues me alegro de que haya sido yo el que te haya empujado a dar ese paso.

—Me estás ayudando a dar muchos pasos, te lo aseguro.

Nos fuimos dando un paseo por la balaustrada de la playa, hasta llegar al Campo del Sur, donde había encontrado el año anterior un bar muy pequeñito en el que se vivía un ambiente muy bonito.

Le pedimos al camarero una mesa en la terraza, pues la noche invitaba a ello y, aunque tuvimos que esperar unos minutos a que nos pusieran una, ya que todo estaba lleno, la espera mereció la pena.

Cenamos entre miradas y sonrisas cómplices. No sabía cómo había sido la Almudena anterior a la tragedia, pero la que estaba descubriendo ahora me gustaba muchísimo.

—¿Qué te parece si jugamos una partida a los dardos?

—Uy, a los dardos soy malísima; si no quieres que deje a nadie tuerto, será mejor que lo cambiemos por una partida de billar.

—Hecho, también me gusta esa opción.

Pensé que le podría ganar, pero me demostró que era una experta en este juego, y me atreví a preguntarle algo.

—Deberíamos volver mañana con Marieta y Felipe.

—Vale, pero siempre que juguemos chicos contra chicas y que también invitemos a mi amiga Marta.

—Por supuesto, tres contra dos no es muy justo, que digamos, pero bueno, lo acepto.

—No, seríamos tres contra tres, porque mi amiga está conociendo a alguien, un compañero del trabajo, que te caerá genial.

Me estuvo contando que era su mejor amiga y que, cuando sucedió todo, dejó apartada su vida para ayudarla a ella a salir del hoyo, y que lo estaba consiguiendo con mi ayuda.