Capítulo 6
Almudena
Había quedado con Marta en la playa; no es que me apeteciera mucho, pero, dentro de todas las opciones que me había ofrecido, esta era la que más me podía agradar.
Al bajar, justo cuando terminaba la pasarela de madera que llevaba hasta la orilla, de pronto, noté cómo alguien chocaba conmigo, haciéndome perder el equilibrio.
Por suerte para mí, me sostuvo a tiempo, antes de que pudiera, siquiera, soltar la bolsa para agarrarme a alguien.
Al levantar la cabeza, me encontré con ese hombre, el que había visto la noche anterior apoyado en aquella terraza, y que tenía los ojos más bonitos que había visto en mi vida.
Se disculpó una y otra vez y, de nuevo, volvió a salir mi parte más descarada, esa que tan solo había sacado una vez en mi vida, y fue con mi marido.
Mi boca hablaba antes de que pudiera pensar nada, y eso no me gustaba nada, porque me hacía perder el control.
Me despedí y seguí andando hasta donde sabía que podía encontrar a mi amiga, sintiendo su mirada en mi nuca, pero no me incomodaba, y eso sí que era extraño.
Normalmente, me gustaba pasar desapercibida, y esa era una guerra que tenía con Santi muy a menudo, porque él insistía en que tenía que brillar.
Cuando entraba en algún sitio y alguien se giraba para mirarme, era como si me pusieran un foco apuntándome directamente, y me daba una vergüenza horrible.
—Menos mal, pensé que tenía que ir a buscarte arriba.
—No, es que, cuando he llegado, un chico ha tropezado conmigo y casi me tira.
—¿Estaba bueno? ¿Cómo era?
—Marta, por Dios, era un hombre normal, con dos brazos, dos piernas…
—Me estás mintiendo, y eso puede ser por dos motivos.
—A ver, lista, ilumíname.
—La primera, que no quieras que yo lo conozca por algo. La segunda opción es que te ha gustado y lo quieres solo para ti. Espero que esta sea la opción elegida.
—No me digas más tonterías, por favor, es un hombre normal y corriente que vive en el bloque de al lado, en el piso contiguo al que tengo alquilado.
—¡Ajá! Me encanta que, sin darte cuenta, me vayas contando cosas. ¿Cómo sabes que vive ahí?
—Uf, de verdad, eres imposible, te lo prometo.
—Todo lo imposible que quieras, pero afloja esa boquita.
—Está bien, anoche, cuando nos despedimos, miré arriba, hacia mi piso, y lo vi allí, asomado en la terraza. ¿Contenta?
—No lo estaré hasta que no vea que quedas con él para tomar algo.
—Sigue soñando.
—No te estoy diciendo que te cases con él, hija, pero darle una alegría al cuerpo de vez en cuando. Como sigas así, el próximo con el que te acuestes va a tener que entrar ahí con pico y cincel, como el que entra a la mina.
Negué con la cabeza, porque no tenía remedio, mientras que extendí la toalla en la arena y me quitaba el vestido, dispuesta a disfrutar de unas horitas de playa.
A la hora de comer, Marta se marchó a su casa, pues tenía una comida de trabajo, pero había querido tomar un poquito de sol antes, pues el vestido que iba a ponerse, estando blanca, era matante.
Justo cuando llegaba a la esquina de mi calle, escuché cómo me llamaban. Era Marieta, la chica a la que le tenía alquilado el piso, que estaba allí sentada, junto a su pareja y ese hombre que me había llamado la atención.
Al final, terminé comiendo con ellos, y no puedo decir que me sentí incómoda o que me lo pasé mal, y eso me aterraba.
Ese hombre me atraía, y no solo físicamente. El olor de su perfume se había quedado impregnado en la cinturilla de mi vestido, de cuando me sujetó para que no me cayera.
De pronto, me encontré en mi casa, con el vestido en la mano y sin poder parar de olerlo; era como si me atrajera de una forma inexplicable. Y me sentí mal, por mí, por Santi, por los dos. Era como si, con estos pensamientos, lo estuviera traicionando, y no solo a él, sino a mí misma.
Era una traición a nuestra historia de amor, en toda regla, y eso no me lo podía permitir.
Esa noche, lloré de nuevo porque no me sentía bien conmigo misma, y eso que tan solo había compartido una comida; si llega a haber un beso, no sé cómo me podría sentir.
El domingo transcurrió sin pena ni gloria, pues no me moví de mi casa. El simple hecho de saber que podía bajar y encontrármelo me ponía taquicárdica.
Estaba deseosa de que volviera mi madre; tenía que hablar con ella, contarle cómo me sentía, pues, como me dijo en su momento, nadie mejor que ella para darme consejos.
Al final, a las ocho de la tarde, y harta de no saber qué hacer para quitarme la imagen de ese hombre, de Ismael, de la cabeza, decidí bajar a darme un baño en la playa.
No cogí nada más que una toalla y las llaves de mi casa; me puse un biquini y me bajé. Pero el destino, o la vida, o quien coño tuviera la culpa, hizo que me lo encontrara nada más salir del portal.
—Buenas tardes, Almudena… ¿A darte un bañito?
—Hola, Ismael, no te había visto, perdona. Sí, ya estaba aburrida de estar arriba y a esta hora es cuando mejor se está en la playa.
—Empiezo a preocuparme, ya es la segunda vez que no me ves.
—Al final, te vas a tener que poner una baliza en la cabeza.
Ismael empezó a reír y yo, sin darme cuenta, lo hice con él. En el momento en el que fui consciente, quise frenarme, pero no pude.
—Creo que, si no te importa, me voy a sumar a tu plan.
—Claro, la playa es pública; no tengo yo una parcela alquilada.
—Espero que sea por otro motivo, aparte de que sea pública la playa, como que te apetezca pasar un ratito conmigo.
—Por supuesto que sí, si no me apeteciera, ni siquiera me habría parado.
—Eso es bueno saberlo. Anda, vamos, o se hará de noche y seguiremos aquí.
Fuimos charlando hasta la playa, donde ya la gente empezaba a marcharse, cruzándonos con ellos en el acceso.
Dejamos las cosas en un ladito, tapadas con una de las toallas, y nos marchamos al agua.
No me lo pensé, entré en el agua de cabeza, en cuanto que vi que había la altura de agua suficiente para no partirme la cara en el primer intento.
Ismael llegó nadando hasta donde yo me encontraba y, entre bromas y salpicaduras de agua, nuestra complicidad fue aumentando.
Vimos el atardecer sumergidos en el mar y, sin darnos cuenta, nos fuimos acercando más, hasta que terminamos demasiado juntos, con él abrazándome por la espalda.
Sentí un beso en el hombro y unas lágrimas cayeron por mi rostro. No sé si eran de culpa, de alegría o de dolor, pero no las contuve.
—Ey, preciosa, no me llores, por favor.
—Lo siento, pero es todo tan…
—Tan bonito como tú.
—No me digas esas cosas, te lo ruego.
—Me gustas mucho, Almu… Pero quiero que me cuentes el motivo por el que estás tan rota, por el que no confías en mí.
Fue la primera persona a la que no corregí en su forma de dirigirse a mí de ese modo, porque, siendo sincera conmigo misma, no me había molestado.
Respiré hondo, sin saber si sería capaz de verbalizar todo lo que me había llevado a este punto. Necesitaba tiempo, y él tenía que entenderlo.
—¿Qué tal si nos vamos fuera y veo si soy capaz de contártelo?
—Me parece perfecto, vamos.
Salimos del agua con su brazo por mis hombros y el mío por su cintura, como si fuéramos una pareja más, pero la diferencia era que no lo éramos.
Ismael extendió su toalla en la arena, que era más grande, mientras que con la mía nos envolvimos los dos.
Volvía a sentirme segura; no sé cómo explicarlo para que me entendáis. No tenía la necesidad de estar a la defensiva.
Con él estaba tan a gusto que me dolía, y decidí que tenía toda la razón del mundo: debía conocer mi pasado para entender mi presente.
El miedo se apoderó de mí de tal manera que me faltaba hasta el aire, e Ismael lo notó y, por eso, no dudó en abrazarme tal y como lo necesitaba.
Cuando tuve las fuerzas necesarias, empecé a contarle mi vida, desde el momento en el que me crucé con Santi por primera vez hasta el instante en el que esa llamada me cambió la vida.
Durante todo mi relato, las lágrimas caían sin control, pero él no me insistía en que no llorara; se limitaba a limpiarlas y a seguir escuchándome. No me interrumpió en ningún momento, ni siquiera me preguntó cualquier cosa, nada.
A medida que iba hablando, era como si fuera soltando lastre, como si algo en mi interior se liberara, pero no era doloroso para mí.
—Y esa es mi vida, eso es lo que me hace ser como soy, ni más ni menos.
—Y no es para menos, la verdad, pero…
—Lo que me vas a decir ya lo sé, no eres la primera persona que me lo dice, pero no estoy seguro de si seré capaz.
—Por supuesto que vas a ser capaz.
—Ya, pero es que ni puedo ni quiero olvidarlo.
—Nadie te está pidiendo que hagas eso, Almu. Como es obvio, no lo vas a olvidar jamás; ha sido y sigue siendo parte de tu vida, pero eso no puede impedirte volver a sentir y pasar página.
—Para volver a sentir, tendría que dejar su recuerdo en un rincón, y no quiero.
—Tienes que entender que una cosa no implica la otra, Almu. Eres demasiado joven para cerrarte al amor de nuevo. No te digo que sea conmigo, aunque sí te digo que me gustas mucho y que estaría dispuesto a esperarte e ir a tu ritmo.
—Bueno, yo tampoco voy a negar lo evidente. Me atraes, pero necesito tiempo, Ismael.
—Podemos empezar por ser amigos. ¿Qué te parece?
—Me parece una idea fantástica.
Ismael me dejó un beso en la mejilla, como hacen los amigos que te apoyan, y eso me gustó.
Recogimos todo y nos subimos de la playa. Viendo la hora que era y teniendo una pizzería en la esquina, decidimos cenar juntos.
Al llegar a la puerta, me encontré con quien menos quería y me apetecía encontrarme, con los padres de Santi, y la cara se me desencajó.
—Toñi, Jonás, yo…
—Almudena, tú estás empezando a vivir de nuevo, y no tienes que darle explicaciones a nadie —me dijo Jonás.
—Cariño, el primero que estaría encantado sería mi hijo y, por extensión, yo también —esta vez fue Toñi quien se dirigió a mí.
—Tan solo somos amigos, de verdad —les dije, como intentando justificarme.
—Buenas noches, soy Ismael, un amigo de Almudena —se presentó él, porque ni las palabras me salían para hacerlo yo.
—Hola, chico. Tan solo te voy a decir una cosa: quiero a esta mujer como si fuera mi hija; no te atrevas a hacerle daño, porque te las verás conmigo. Dicho esto, yo soy Jonás, su suegro, y seguiré siéndolo para toda la vida.
—Jonás, no asustes al chico. Encantada, hijo, soy Toñi.
Se dieron dos besos y un abrazo entre ellos y, al final, terminaron cenando con nosotros, por invitación de Ismael, que decía que quería que lo conocieran bien.
Entre ellos hubo una conexión instantánea, no sé cómo explicarlo, y eso me dio cierta tranquilidad.
No podía apartar la mirada de Ismael, de su forma de moverse, de su manera de hablar, tan educada, tan especial, y de cómo estaba llevando toda la situación.
Entiendo que no debe ser agradable para nadie pasar una velada con los que fueron los suegros de la chica que te gusta, y él lo llevó de la manera más natural.