Capítulo 5
Ismael
Cuando se fueron mis amigos y me quedé solo en mi casa, me apeteció mucho quedarme un ratito más en la terraza. Cogí una cerveza de la nevera y me asomé a ver el mar, que era lo que más había extrañado durante mi estancia en la capital.
Algo me llamó la atención, bueno, más bien alguien. Era una mujer que venía de la zona de la playa.
Se despidió de su amiga antes de entrar en la calle y, como si de un imán se tratara, levantó la mirada hasta donde yo estaba.
Dios, era preciosa, pero noté como que se avergonzaba y entraba a toda prisa en su bloque. Me anoté mentalmente preguntarle a Marieta si sabía quién era.
Me fui a la cama con la imagen de esa mujer en la cabeza e incluso soñé con ella, algo que no era habitual en mí.
De pronto, me vi con ella en la arena de la playa, sentados, mientras que contemplábamos cómo el cielo cambiaba de color.
Fue tal la cercanía que sentí que me desperté por la mañana con una sonrisa en los labios.
Me preparé el desayuno y me dispuse a montar y organizar otra habitación: mi despacho, que era la que tenía más cajas y la que debía dejar lista antes de empezar a trabajar, sí o sí.
Llevaba como media hora allí, cuando escuché que llamaban al timbre. Me extrañó muchísimo, porque Marieta era de las que entraba por la terraza, pero no podían ser otros que mis amigos.
—¿Por qué has llamado a la puerta?
—No, si te parece, te envío una paloma mensajera —me contestó mi amiga.
—No seas desagradable, hija. Como ayer te pasaste todo el día entrando y saliendo por la terraza.
—Ya, pero tu amigo me ha dicho que te puedo encontrar en una situación comprometida, y que me tengo que acostumbrar a llamar a la puerta.
Solté una carcajada que se escuchó en todo el rellano, por las ocurrencias de estos dos.
—Voy a tener que hacer como cuando tenía dieciocho años y estaba acompañado, que le ponía a mi madre un pañuelo rojo en el pomo de la puerta.
—Mira, esa es una buena idea. Lo atas en el gancho del toldo y, si lo veo, salgo y llamo a la puerta.
—¿Y si me coges dándome cariño a mí mismo? —le pregunté, para buscarle la lengua.
—Eso no se hace en el salón; si te entran ganas, te vas al baño —me contestó, señalándome con el dedo.
—Manda cojones, que ya ni en mi propia casa puedo hacer lo que me dé la gana.
—Piensa en que los demás también nos vamos a sentar en ese sofá, que sería antihigiénico.
—Pues te quedas en tu casa, coño. Que yo no voy a decirte dónde te tienes que tirar a tu chico o no.
—También es verdad.
Entramos a mi casa riendo y, como ya tenía casi todo el despacho montado y organizado, decidí una cosa.
—Vámonos un rato a la playa, que me muero por darme un baño en esas aguas que llevo viendo desde ayer.
—Yo también, me pongo el biquini y vuelvo. Felipe, te traigo tu bañador; no hace falta que vengas.
La vi salir a la terraza y saltar el muro, y empecé a reírme a carcajadas. Esta chica era única en su especie, y no sabía el bien que me estaba haciendo.
—Todavía me pregunto cómo puedo aguantarla durante todo el día.
—Eso mismo te iba a preguntar yo, porque es intensa de cojones.
—Ni que lo digas, pero todo lo que tiene de intensa, lo tiene de buen corazón, de pasional y de cariñosa hacia mí.
—Eso lo tengo claro, no hace falta que me digas nada. Por cierto, antes de que vuelva, me gustaría preguntarte algo, porque si lo hago con ella delante, ya va a empezar a montarse sus películas.
—Sí, porque fantasiosa también es un rato. ¿Qué quieres preguntarme?
—Ayer, cuando os fuisteis, me asomé a la terraza y vi a una mujer que entraba en el portal de al lado. Así de nuestra edad, morena, con el pelo largo y rizado…
—Esa tiene que ser Almudena, nuestra casera —dijo ella, que había aparecido de la nada.
—Joder, Marieta, te voy a poner un cascabel, porque entras a mi casa como los ninjas.
—Bah, minucias. Cuéntame, ¿por qué preguntas por ella?
—¿Ves? Ya se está montando una película.
—Bueno, cuando te dé la gana, me lo cuentas. Ahora, vamos a la playa.
Felipe y yo nos metimos a mi cuarto para cambiarnos de ropa; cogí una toalla, la metí en una mochila, junto a mi cartera y a mi móvil, y nos bajamos a la playa.
No quise preguntar más, pero, de vez en cuando, elevaba mi mirada a la entrada de la playa, por donde la veía bajar.
Me senté en la toalla y me puse a ver cómo mis amigos se gastaban bromas mientras que estaban en el agua, y una sonrisa se me pintó en los labios.
Quise darme un baño, y me levanté a toda prisa, sin darme cuenta de que justo detrás había alguien, con quien tropecé y casi hago que se caiga de culo. Menos mal que me dio tiempo a sujetarla, hasta que me di cuenta de quién era.
—Lo siento, no te había visto.
—Hombre, no solemos tener ojos en la nuca, no te preocupes.
Me quedé mirándola a los ojos. Era preciosa, pero tenía una tristeza en ellos que le apagaba el brillo.
No me había dado cuenta de que todavía la tenía agarrada por la cintura hasta que me lo dijo ella.
—¿Me sueltas? Te prometo que no tengo mareo ni nada.
—Perdona, no me había dado cuenta.
La solté y me quedé mirando cómo se marchaba, hasta que la perdí de vista. Joder, había tenido la oportunidad de preguntarle su nombre, y la había dejado pasar como un idiota.
Tan solo esperaba poder verla una vez más, y hablar con ella bien, invitarla a una cerveza y que me contara todo de su vida.
La mía tenía una zona oscura que no sabía nadie. Esa chica no me había dejado porque yo quería volver a mi ciudad, sino por algo completamente diferente.
Se quedó embarazada y no quería seguir con el embarazo adelante. Le ofrecí de todo, hasta dinero, para que lo tuviera y renunciara a él; yo me haría cargo de ese bebé, y me dijo que sí.
Le hice una transferencia con el dinero, y quedamos esa misma tarde en el notario para que firmara todo, pero nunca más apareció.
Fui a buscarla a su casa, o al menos, a la que pensaba que era su casa, y que resultó ser la de un familiar de una amiga, a la que le estaban cuidando su hogar mientras que estaba fuera, trabajando.
No me supo decir a dónde había ido su familiar o su amiga, y hasta ahí pude llegar.
Ahora, ni siquiera sabía si era cierto que estaba embarazada o no, por lo que no les conté nada a mis amigos; bueno, en realidad no se lo conté a nadie.
Seguí con mis planes e intenté olvidar todo. Lo cierto es que aquella chica me gustaba mucho. No voy a decir que estaba enamorado porque no había llegado a tanto, pero sí que podíamos haber llegado a mucho más.
Estaba sumido en mis pensamientos cuando llegaron los chicos de darse su baño. Al final, me había quedado allí, de pie, mirando a la nada, y no me había metido en el agua.
—¿Te vas a bañar?
—A eso iba, pero…
—Te he visto con Almudena, ¿qué ha pasado?
—Nada, que, al girarme, casi se cae de culo por mi culpa, pero me ha dado tiempo a sujetarla.
—Es una mujer increíble, que no veas lo que ha sufrido.
—¿Por qué?
—A ciencia cierta, no lo sé, no le he preguntado, pero sí sé que vivía en nuestra casa, con su marido, y que se tuvo que ir a vivir con sus padres de nuevo.
—¿Está divorciada con lo joven que es?
—Pues no te puedo decir; lo que sí sé es que al marido no se le ha visto por ninguna parte.
Eso se me quedó grabado. ¿Qué le habría pasado? ¿Estaría esperando a que su marido volviera y por eso estaba tan triste? ¿Se habrían tenido que separar por trabajo o era por otra cosa?
Después de un buen rato, nos levantamos para volver a casa, pero antes, entramos en el bar de debajo de mi casa para comer; así nos pondríamos directamente a trabajar nada más que subiéramos.
La comida fue un despiporre de risas y anécdotas de cuando éramos más jóvenes, de las cosas que hacíamos y de los líos en los que nos metíamos.
Justo estábamos de ese modo cuando la vi cruzar la carretera. Marieta, que estaba sentada a mi lado y que también se percató de su presencia, no dudó en llamarla.
—Almudena, ¿dónde vas con tanta prisa?
—Ay, hola, Marieta, no te había visto. ¿Prisa? La justa para cruzar la carretera y que no me pillara la moto.
—¿Has quedado con alguien?
—Pues no, porque mi amiga Marta tenía hoy una comida de trabajo y mis padres están de vacaciones; se marcharon de viaje esta mañana con sus mejores amigos.
—Entonces, no tienes excusa para sentarte a comer con nosotros.
—No, mujer, que no quiero incomodar a nadie; además, que estáis aquí, entre amigos…
—Y queda una silla libre —me atreví a decir.
Noté que tenía las mejillas sonrojadas; no sabía si por vergüenza o por el sol, pero me daba igual: estaba preciosa de cualquier manera.
—Mira, él es mi vecino y uno de nuestros mejores amigos. Ismael.
—Encantada, Ismael. Como ya sabes, yo soy Almudena.
Me levanté y le di dos besos, posando mis labios mucho más tiempo que el permitido, aunque me supieron a muy poco.
—No te he visto nunca ahí, y eso que he vivido durante diez años en el piso donde viven Marieta y Felipe.
—Porque llevo mucho tiempo fuera. Al principio vivía mi madre, hasta que falleció. Luego, lo alquilaba por temporadas.
—Sí, coincidimos con muchos chicos jóvenes mientras que vivimos ahí.
—Estás hablando en plural, pero…
—Lo siento, han pasado cuatro años, pero todavía no me he acostumbrado a hacerlo en singular.
—No quiero parecer un cotilla, pero ¿qué es lo que sucedió hace cuatro años?
—Uf, si me disculpas, no me apetece hablar de ello, la verdad.
—Entonces, no hables. Disfruta de la comida con nosotros.
Se acopló a nosotros sin ningún problema, pero noté que evitaba mirarme a los ojos; era como si estuviera sintiendo algo que no se pudiera permitir, como si sintiera que estaba traicionando a alguien.
No quise ahondar en su dolor, pero tenía claro que me iba a enterar de lo que le ocurría, aunque fuera lo último que hiciera en mi vida.
Al final, nos dieron las tantas, pues, después de comer, nos tomamos un café y, más tarde, una copa, aunque Almudena se la tomó sin alcohol.
Nos despedimos de ella en la puerta de su edificio y continuamos para el nuestro.
Marieta me miraba, con una sonrisa de lo más pícara, y sabía que ahora me tocaba someterme al tercer grado por su parte, aunque no pensaba decirle nada; o ya la veía organizando cualquier cosa para que coincidiéramos.
—¿No tienes nada que contarme, Ismaelito?
—No.
—Bueno, pues ya te lo cuento yo a ti.
—No vayas a empezar, Marieta, que no me apetece que vuelva Antoñita la Fantástica.
—No soy esa, soy Marieta la perspicaz.
Resoplé fuerte, para que se diera cuenta de que no me apetecía hablar del tema, pero sabiendo que a ella también le daba igual, que me quedara claro.