La luz ante mis ojos Capítulo 4
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Capítulo 4

Almudena

Habían pasado ya casi cuatro años desde el peor día de mi vida, pero no había sido capaz de recuperarme.

Si salía de mi casa, era por la insistencia de Marta y de sus amigos, que casi me sacaban a rastras para ir a la playa.

Eso que me habían dicho de que lo recordaría con menos dolor cada vez era una mentira como una casa de grande.

—Venga, chica, que nos vamos a cenar y a tomar algo.

—No me apetece, de verdad.

—Me da exactamente igual lo que te apetezca o no.

—Eres una pesada. Además, he quedado con Toñi en su casa.

—Pues la llamas y le dices que vas mañana.

—No puedo hacer eso; me necesita.

—Y tú necesitas desconectar y pasar página, y el que vayas allí, cuya única conversación gira en torno a Santi, no te hace bien.

Sabía que tenía razón, pero lo que ella no conocía es que era yo la que le sacaba el tema. Era como si, de ese modo, lo tuviera más cerca, aunque me hiciera daño.

Mil veces me había dicho Toñi que volviera a vivir, que ya había pasado mucho tiempo y que tenía no solo el derecho, sino también el deber de hacerlo, porque su hijo así lo querría.

Ni siquiera había sido capaz de volver a mi casa, a esa en la que pasé los mejores años de mi vida, porque fueron los que pasamos juntos, ya como marido y mujer.

Envié a mi madre para que sacara mi ropa y se la trajera para mi antigua habitación en su casa, así como que quitara también la de él y la donara, pues eso sí que me hacía daño, el ver sus camisas y el oler su perfume.

La puse en alquiler y en ella vivía una pareja de chicos muy simpáticos, que me la cuidaban como si fuera suya.

—Está bien, déjame que la llame. Pero ceno con vosotros y me vuelvo a casa; no me apetece tomar nada.

—Bueno, ya veremos.

Entré en mi habitación, pues esa conversación la tuvimos en el salón, y marqué el número de teléfono de Toñi.

—Hola, cariño. ¿Ocurre algo?

—Me sabe muy mal, Toñi, pero Marta no me deja en paz y quiere que salga a cenar con ella…

—Y a mí me encantaría que lo hicieras, Almu.

—Pero me apetecía tanto pasar un ratito contigo…

—Almu, mi vida. Sabes que yo estoy encantada de que vengas a mi casa y que siempre te agradeceré lo feliz que hiciste a mi hijo en esos diez años que estuvisteis casados, pero es hora de que empieces a despegarte.

—No puedo, Toñi, me siento tan sola y apagada sin él…

—Y te entiendo, cariño. Soy su madre y te puedo asegurar que más que yo no lo echa de menos nadie. Pero eres muy joven; ya han pasado cuatro años desde que se fue, y ya es hora de que vuelvas a enamorarte.

—Eso sí que lo veo difícil, no podré querer a nadie como lo quise a él.

—Pero lo podrás querer mejor, porque contarás con la madurez que da la edad y, si a mi hijo lo quisiste así, no me quiero imaginar cómo podrás querer al hombre que entre ahora en tu vida.

Me despedí de ella, pues Marta me estaba metiendo prisa para que me arreglara. Vamos, ni que me fuera a poner un vestido de fiesta.

Mis padres habían salido a visitar a mi abuela a la residencia en la que se había ingresado hacía unos meses, puesto que ya necesitaba ayuda para todo y ni mi madre ni mi padre podían darle los cuidados que necesitaba.

Después, iban a salir a cenar y a bailar con unos amigos, porque se lo merecían más que nadie.

Mi padre seguía trabajando como un jabato y, cuando llegaba el fin de semana, yo misma los animaba a disfrutar de todo, pues había aprendido que no existía el mañana, sino el hoy.

Una vez que me di una ducha, al salir a mi cuarto, tenía encima de la cama una falda y una camiseta que no me había puesto desde que falleció Santi, pues a él le encantaba cuando me la ponía.

—Ni loca me voy a poner eso, desde ya te lo digo.

—¿Por qué? Tienes un cuerpazo y ya es hora de que lo luzcas.

—Porque era la preferida de Santi, sería como si me estuviera cachondeando de él.

—No me digas más tonterías ni seas más antigua, por favor. Si a él le gustaba, razón de más para que te la pongas. Seguro que, desde donde esté, estará animándote para que lo hagas.

—Eso es chantaje emocional y no te va a servir de nada.

Cogí la falda y la volví a colgar en el armario, sacando en su lugar otra, larga y de punto, que me venía muy bien para ponérmela con unas sandalias planas.

—¿Te vas a ingresar en un convento?

—Ganas no me faltan, te lo aseguro.

—Me sacas de mis casillas, te lo juro. Quita, porque si la falda corta no te la vas a poner, esa tampoco.

—¿Eres mi madre, ahora?

—No, soy tu mejor amiga y, como tal, estoy en la obligación de sacarte de ese bache en el que te has metido desde hace cuatro años.

—Si te parece, al mes me pongo a bailar y a tocar las palmas.

—Almu…

—Almudena, por favor.

—Si es que hasta el nombre quieres cambiar.

—Así solo me llamaban él y su familia; para los demás, prefiero ser Almudena.

—Está bien, Almudena. Ya no sé qué hacer para que espabiles, para que te abras de nuevo a conocer a alguien que te trate bien y te haga vibrar.

—Eso ya lo tuve. Conocí al amor de mi vida, y no me parecería justo para nadie que se enamorara de mí, porque no le podría corresponder como se merecería.

—¿Eres adivina? Porque tengo claro que no sabes cómo lo vas a querer; nadie lo sabe y, contra el corazón, no se puede hacer nada.

—¿Vas a darme la chapa durante toda la noche? Porque si es eso lo que piensas hacer, me pongo el pijama y me siento en la terraza.

—Eso, y te dedicas a vivir el amor a través de las páginas de esos libros que lees. Pues seguro que en alguno de ellos habrá alguna historia muy parecida a la tuya y con un final feliz.

—Claro que las hay, pero eso es ficción.

—Mira, vámonos ya, o terminaré tirándote por la ventana. Te lo prometo.

Al bajar a la calle, descubrimos que en mi portal había un camión de mudanzas. Tenía que ser en el piso que había junto al mío, que estaba alquilado durante todo el año por estudiantes, y sería que llegaba uno nuevo.

En verano sabíamos que estaba ocupado por su propietario, pero no lo conocía; no habíamos llegado a cruzarnos, entre otras cosas, porque yo hacía cuatro años que no pisaba ni el portal.

No fuimos muy lejos; no me apetecía, y nos bajamos al chiringuito que había en la playa de debajo de mi casa, donde el ambiente era muy bueno y se comía muy bien.

Además, ahí podíamos tomarnos una copa y escuchar algo de música, tanto en directo como pinchada, sin tener la necesidad de movernos.

Me encantaba ese lugar porque podía percibir el olor del mar, ese tan intenso que se metía por la nariz y se quedaba allí por días.

—¿Te has pensado ya lo del trabajo?

—Sí, ya no puedo dilatarlo más. Está claro que, económicamente, no me hace falta, pues, con la pensión de viudedad que me ha quedado de Santi, además del alquiler del piso, puedo vivir bien…

—Claro, y tienes ese colchoncito económico del dinero del seguro también.

—Pero creo que, anímicamente, me vendría bien.

—Por supuesto, ese será el primer paso para volver a tu antigua vida.

—¿Por qué insistes en eso? La antigua Almudena no va a volver; tengo tanto dolor acumulado que me parece imposible volver siquiera a reír.

—Amiga, el amor también es saber soltar a tiempo lo que duele. Santi no querría verte muerta en vida.

Al final, nos quedamos allí más tiempo del que pensaba quedarme, pero por primera vez desde que me quedé viuda, no me apetecía marcharme ni encerrarme en casa.

A eso de las doce y media de la noche, nos fuimos cada una para su casa. Al despedirme de ella en la entrada de mi calle, no pude evitar mirar hacia arriba. Me encontré con un hombre apoyado en la terraza del piso de al lado del mío.

No quise mirar más, agaché la cabeza y entré corriendo en mi portal, como si estuviera haciendo algo malo y me hubieran pillado.

Cuando entré en mi casa, lo hice en tal estado que mi madre pensó que me había sucedido algo. Le conté lo que me había pasado y se le pintó una sonrisa en los labios.