Capítulo 3
Ismael
Volvía a mi casa, a mi tierra, a mi hogar, y lo hacía después de cuatro años lejos de aquí por motivos laborales.
La empresa en la que yo trabajaba había quebrado y no me quedó más remedio que volver, si no quería tener que comerme los mocos.
Os explico: me había comprado una casa con mis ahorros y una hipoteca, por supuesto, como todo españolito de a pie.
Antes de que la empresa se declarara en quiebra, habían dejado de pagarnos los sueldos, pero yo tenía que seguir pagando lo mismo, así que tiré de lo poquito que me quedaba guardado.
Pensé que podría encontrar otro trabajo, por eso me dediqué a enviar mi currículo a todas las empresas, hasta que una de ellas me contestó.
¿Lo más curioso? Pues que era una empresa de mi tierra, la que me ofrecía un puesto de lo mío, de lo que había estudiado, y no me lo pensé.
Entré a la primera inmobiliaria que vi y puse mi piso a la venta. No quería beneficios, quería tan solo la misma cantidad que yo había pagado, ya que ni siquiera me dio tiempo de hacerle las reformas que quería.
En una gran ciudad, con ese precio, la oferta no duró mucho; enseguida encontré un comprador.
Ahora iba metido en un avión con más sueños que antes de marcharme de ella y con algo de dinero en la cuenta.
En mi tierra me esperaba una bonita casa, en la que crecí y me hice el hombre que era en estos momentos. Aunque mi madre ya no estaría, me hacía muchísima ilusión entrar de nuevo por esas puertas.
Hasta este momento, se la tenía alquilada a estudiantes, pues el verano lo pasaba ahí, enterito, y acababa de terminar el alquiler de este año, por lo que, con el dinero que tenía, pensaba cambiar los muebles y la decoración, que era lo único que le hacía falta.
Había avisado a mis amigos, con los que hablaba todos los días, y me irían a esperar en el aeropuerto. Hacía meses que no los veía y me moría de ganas de abrazar a todos y cada uno de ellos, sin excepción.
—¡Mira quién está aquí, el más bonito de toda la ciudad! —Me dijo Marieta, una de mis mejores amigas.
—Ya era hora de que te dejaras caer por aquí, chico —habló Felipe.
—No he podido venirme antes. ¿Me habéis ayudado con lo de la casa? Porque en un par de horas me traen los muebles.
—Que sí, pesado, que ya está toda la casa vacía. Ni los platos te hemos dejado —dijo Jorge.
Ellos tres eran los que me quedaban de familia, pues mi madre fue madre soltera y no tenía a nadie más que a mí.
Uno de los motivos que me llevó a huir de Cádiz fue precisamente ese, la idea de echar raíces en algún sitio donde no me conociera nadie, donde no tuviera que dar explicaciones o escuchar preguntas sobre mi madre.
Porque sí, la señora Luisa Contreras era una mujer muy querida por todos, y era normal que, cuando alguien me viera por la calle, me preguntara por ella y por su estado de salud.
Me mataba el corazón el tener que decirle a la gente que había fallecido, y que todo el mundo me dijera que era una pena, con lo buena y amable que era.
Eso ya lo sabía yo y no necesitaba que nadie me lo contara, pero tenía que hacer de tripas corazón y poner una sonrisa en mis labios para que nadie notara lo roto que estaba por dentro.
Pero ya había pasado el tiempo suficiente desde que se fue para haber sanado; ya no me dolía hablar de ella, ya la recordaba con cariño, aunque todavía notara mucho su ausencia.
Pocas no fueron las veces que cogí el teléfono para marcar su número y que me contara cómo le había ido el día, como hacía cuando salía de viaje, bien por trabajo, bien por placer.
Llegamos a mi casa y me llevé una sorpresa enorme, porque no solo se habían encargado de vaciar mi casa, sino que ya estaba completamente pintada y, en la cocina, todo estaba nuevo y ordenado.
—Deberías haber dicho que te trajeran los muebles ayer, así ya lo tendrías todo listo.
—Claro que sí, y os mando también la lista de la compra para no tener que salir a llenar la nevera.
—Llegas tarde, compañero, ya eso está hecho.
—Estaréis de broma, ¿no?
—Pues no, que esta misma mañana he ido yo al super, para que tuvieras de todo cuando llegaras y nos deleitaras mañana con uno de tus famosos guisos, pero veraniego, por favor, que no sabes el calor que hace —me dijo Marieta, como si no fuera algo obvio.
—Verdad, que yo vengo de Groenlandia.
—Hija, a veces pareces tonta, chica. Sabrá el calor que hace, que viene de la meseta.
Me hacía un montón de gracia cuando se dirigían a la zona de Madrid con ese apelativo, como si el resto del país fuera un paisaje escarpado.
Efectivamente, al abrir la nevera, ahí me encontré absolutamente de todo. Lo primero que hice fue sacar tres latas de cerveza, que nos tomaríamos en la terraza, que era el único lugar de la casa en el que nos podíamos sentar.
Por suerte para nosotros, en esa parte de mi casa siempre daba la sombra y, hiciera el viento que hiciera, soplaba ahí, por lo que, en verano, se estaba de maravilla, fuera la hora que fuera.
También saqué algo de picar, porque no quería comer nada fuerte, ya que ahora me esperaba un buen rato montando muebles y guardando cosas.
Al final no compré muebles nuevos: la chica que compró mi casa no quiso quedarse con nada porque la iba a reformar, así que contraté una empresa de mudanzas para que me lo trajera todo.
En el avión tan solo me vine con una pequeña maleta de mano con mi documentación y enseres personales, nada más.
—¿Has dejado allí alguna churri, Ismael?
—Pues no, porque la última con la que estuve, en el momento en que supo que mis intenciones eran volverme a casa, desapareció de la noche a la mañana.
—Tienes que encontrar a una buena mujer que te entienda, que te comprenda…
— Búscate una churri que te quiera, que te tenga llenita la nevera… —Empezó a cantar Felipe, haciendo una versión adaptada de esa famosa canción.
—Desde luego, hijo, que no se puede ser más cabrito que tú —le respondió ella.
—Anda, ven aquí y dame un beso, cariño mío.
—Porque estás así de bueno, que, de lo contrario, ibas a dormir en el sofá.
Sí, de un tiempo atrás, Felipe y Marieta se dieron cuenta de algo de lo que yo me había percatado hacía ya mucho, y es que ambos estaban enamorados.
Al principio, el miedo los frenó, ya que no querían estropear la amistad, pero eso fue como ponerle barreras al campo, algo imposible, y terminaron sucumbiendo a eso que sentían.
—Venga, que ya están aquí los de la mudanza.
—Espera, que con esta ropa no podré trabajar; enseguida vuelvo.
—¿Dónde vas, loca? —le pregunté.
—Esa es la segunda sorpresa: que nos hemos mudado a tu bloque. Somos los nuevos vecinos de la puerta de al lado.
Marieta, en vez de salir por la puerta, como todo el mundo, saltó el pequeño muro que separaba las dos terrazas, puesto que habían quitado el cristal opaco que había en su momento porque decía que nos teníamos que ver la cara.
Me alegré en exceso, ya que me encantaba tenerlos como vecinos; me hacían sentir más arropado, como si me sucediera algo alguna vez, ellos no tardarían en darse cuenta.
Los chicos de la mudanza fueron subiendo, primero los muebles, que venían completamente embalados, con sus tornillos y demás sujetos a una de las tablas.
En cada embalaje, había puesto el mueble del que se trataba, por lo que fui repartiendo los paquetes en las diferentes habitaciones.
Lo primero que intentaría dejar listo sería la cama, aunque siempre podía dormir poniendo el colchón en el suelo o en el sofá, al que tan solo había que quitarle el plástico de burbujas y poner las patas, pues ese venía entero.
Tenía dos semanas por delante antes de incorporarme al nuevo trabajo, así que podía ir montando todo tranquilamente.
Yo era muy maniático: no solo montaba los muebles, sino que también ponía los estores o las cortinas, además de guardar y ordenar todo lo que hubiera en esa habitación.
A eso de las once de la noche, ya tenía mi dormitorio completamente montado, mientras que mis amigos se habían centrado en el salón.
—Ismaelito, te toca invitarnos a pizza, por lo menos.
—Venga, pide lo que te dé la gana para cenar los tres; ahí, en mi cartera, tengo la tarjeta.