La luz ante mis ojos Capítulo 2
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Capítulo 2

Almudena

Contra todo pronóstico, llevábamos ya diez años casados, y justo hoy era nuestro décimo aniversario.

Antes de casarnos, tuvimos que escuchar de todo, desde que nos casábamos porque yo estaba embarazada, hasta que lo habíamos hecho porque uno de los dos tenía una enfermedad terminal.

Como podéis comprobar, nada de eso era cierto. Es más, acababa de descubrir que estaba embarazada por primera vez.

Lo hice el día anterior, pero no le había contado nada a Santi, ya que preferí decírselo esa noche durante la cena, y de una manera especial.

Todavía no había pensado cómo lo iba a hacer, pero como tenía todo el día para comprar lo necesario, me lo tomé con calma.

Ese día, Santi tenía que salir fuera de la ciudad, puesto que debía revisar un nuevo contrato de la empresa en la que trabajábamos.

No era la primera vez que pasaba esto. A Santi, después de dos o tres años de empezar a trabajar, lo ascendieron a jefe de departamento. Eso fue una inyección, tanto económica como personal, porque nos permitía darnos algunos caprichos que antes no podíamos permitirnos, como viajar.

—Cariño, me marcho. Un beso.

—¿Ya te vas? ¿No puedes quedarte a desayunar conmigo?

—No, o llegaré tarde, pero te prometo que volveré temprano. En cuanto que termine y firmemos el contrato, me vuelvo a casa y comemos juntos, ¿te parece?

—Me parece fantástico.

Mi marido me cogió por la cintura, apretándome a su cuerpo, como solía hacer siempre, y me dio un beso que me supo a poco.

Pero eso no era nada nuevo, porque siempre nos pasaba lo mismo. En estos diez años no habíamos perdido ni un ápice de la pasión que nos caracterizaba.

Hasta mi suegra decía que no sabía cómo no teníamos ya un regimiento de niños, pues estábamos pegados todo el día, dándonos besos y haciéndonos cariñitos.

Nos fuimos juntos hasta el coche, pues yo también tenía que ir a trabajar, solo que este día no me tocaba ir con él, sino que me iría en el autobús.

Antes de salir, y con el coche ya arrancado, bajó la ventanilla y me dio otro beso, y otro, y otro; parecíamos dos recién casados.

—Nos vemos luego, preciosa mía.

—Y si no lo hacemos, que sea porque haya niebla.

Esta era siempre nuestra despedida, nuestra manera de decirnos «Te quiero» y «Te echaré de menos».

Me fui hasta la parada del autobús con una sonrisa en los labios. Santi me había ayudado tanto en mi relación con los demás; lo quería tanto que me parecía mentira que fuéramos tan felices.

Muchas fueron las veces, durante estos diez años, en las que le dije a Santi que tenía miedo, pero él se encargó de disipar todos y cada uno de ellos.

—Buenos días, chicos —dije al entrar en la oficina.

—Buenos días, Almu. Qué feliz estás hoy, ¿no? —Me dijo Marta, que se había convertido en una de mis mejores amigas.

—Siempre estoy feliz, pero hoy…

—¿No? ¿De verdad?

—Sí, pero Santi todavía no lo sabe; se lo diré luego, en la cena de nuestro aniversario. Me tienes que ayudar a encontrar una manera divertida y especial de contárselo.

—A la hora del desayuno miramos lo que sea. Aquí cerca hay una tienda de bebés; ya veremos qué encontramos.

—Sabía que podía contar contigo, por eso no me he preocupado en exceso.

—Siempre, cariño, ya lo sabes.

Me senté en mi mesa y me puse con unos expedientes cuando sonó mi móvil. Era un número desconocido y no solía contestar ese tipo de llamadas, pero algo me dijo que lo hiciera.

—¿Es usted la señora Almudena Pardo?

—Sí, ¿de parte de quién?

—Señora Pardo, le llamamos de la jefatura de la Guardia Civil; su marido, el señor Santiago Aragón, ha sufrido un accidente de tráfico…

Os prometo que no recuerdo el resto de la conversación; tan solo había oído palabras sueltas. Camión, fallecido en el acto, reconocimiento.

Corté la llamada porque no podía creer lo que escuchaba. Cuando Marta me vio en completo estado de shock, no dudó en acercarse a mí, pues supo que algo había ocurrido, aunque no sabía la magnitud del asunto.

—Almu, Almu, cariño, ¿qué te pasa?

—Santi…

—¿Qué pasa con Santi? Chica, me estás asustando…

No pude pronunciar una sola palabra más; me abracé a ella y lloré como nunca lo había hecho.

Me faltaba el aire; estaba a punto de caer desmayada porque me dolía el alma. Era un dolor tan desgarrador que no se lo deseaba ni a mi peor enemigo.

Cuando me había calmado un poco, le conté a Marta lo que había sucedido y no tardó en llorar junto a mí, de la misma manera en que yo lo estaba haciendo, pues también lo quería muchísimo.

Alguien avisó a la gerencia de la empresa, que no tardó en bajar y decirme que me fuera, que necesitaba estar con mi familia en estos momentos, y también le dieron permiso a Marta para que me acompañara y no me dejara sola.

No sabía si mi suegra era consciente de lo que había sucedido, si también la habían avisado a ella, y, por eso, lo primero que hice fue ir a su casa.

Cuando Jonás, el padre de Santi, me abrió la puerta, supe que a ellos también les habían dado la mala noticia, pues se abrazó a mí y lloramos juntos.

Su madre, Toñi, estaba sentada en el salón, completamente ida, como si la cosa no fuera con ella, pero era lógico. Si a mí, que era su mujer, me había dolido, ni quiero imaginar el dolor que debía estar sintiendo ella en esos momentos, habiendo llevado a ese niño en su vientre.

Casi por instinto, me llevé la mano al mío. Se había ido sin saber que iba a ser padre, y eso sí que no me lo iba a poder perdonar.

Juntos, fuimos hasta donde nos dijeron que se encontraba el cuerpo de Santi, donde nos darían sus pertenencias y teníamos que reconocer el cadáver.

Ese momento de verlo ahí, frío, con tan solo un golpe en la cara, me terminó de matar.

Me abracé a él, llorando y diciendo que no podía estar pasándonos esto ahora, no cuando nos queríamos tanto y estábamos en nuestro mejor momento.

El chico del depósito me tuvo que separar del cuerpo. Mientras que el guardia civil nos explicaba lo sucedido.

Al parecer, el camión que iba delante del coche de Santi hizo un movimiento extraño, que él no pudo evitar, y terminó metido debajo, chocando de frente con una de las ruedas.

Murió en el acto, pues el golpe con la luna delantera de su coche fue tan fuerte que le provocó el desplazamiento del cerebro.

Según dijeron, el conductor del camión tampoco tuvo culpa, pues fue un animal que se le cruzó en el camino. Él también tenía heridas, pero no eran de gravedad.

Cuando mis padres se enteraron de la noticia, que lo hicieron por parte de Marta, porque yo no tenía fuerzas ni para marcar el teléfono, y llegaron al tanatorio donde decidimos llevarlo. Lo primero que hicieron fue abrazarse a sus padres y, después, a mí.

—¿Cómo voy a vivir sin él, mamá?

—Sacando fuerzas de donde no las tienes.

—No puedo, mamá, todo esto me supera.

—No voy a permitírtelo. Mira a su madre; si ella es capaz, que es la que más lo quiere en el mundo, tú también lo eres.

—Era el amor de mi vida y, sin él, ya no tiene sentido.

—Lo encontrarás en cada recuerdo, en cada momento que habéis vivido juntos, en todo lo que te rodea.

—Me duele el alma, mamá, y me duele mucho.

—¿Crees que no lo sé? Pero debes seguir viviendo, por ti, por él, porque Santi lo querría así.

Toñi, que estaba sentada a mi lado, me abrazó como solo una madre sabe hacerlo con una hija. Nos quedaba el peor momento, pero ambas teníamos claro lo que a él le hubiera gustado.

Lo incineramos y, con sus cenizas en la mano, nos fuimos hasta la playa, hasta el final del espigón, que era donde a él le gustaba sentarse con marea baja, y allí las esparcimos.

Ahora tenía que darles la noticia a todos de que estaba embarazada, pero no me dio tiempo, pues un dolor punzante me atravesó por la mitad, y solté un grito que no sé de dónde salió, por la fuerza con la que lo hice.

No sabía si era por la desesperación de que no ocurriera, por el miedo a no tener nada de Santi, o por qué coño, pero el caso es que cuando vi que la sangre caía por mis piernas, me desmayé.

Cuando desperté, lo hice en una habitación de hospital, rodeada de mi madre y mi suegra, y conectada a un gotero de suero.

Mi madre miró a mi suegra y al contrario, y en ese momento supe que lo había perdido. Me había quedado sin las dos personas más importantes de mi vida en un par de días.

—Tranquila, mi niña, que podrás quedarte embarazada de nuevo.

—Sí, pero no será hijo de Santi.