La luz ante mis ojos
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Capítulo 1
Almudena
¡Hola a todos! Soy Almudena y estoy aquí para contaros un poquito de mí y cómo el destino puede joderte la vida, pero, en la misma medida, también nos pone por delante las cosas más bonitas.
Tenía diecisiete años, acababa de terminar la secundaria y estaba en el primer día de mi nuevo instituto, donde cursaría un módulo de formación profesional en Administración y Finanzas.
Estaba muy nerviosa porque las relaciones sociales no eran mi fuerte, la verdad, y no conocía a nadie allí.
Tan solo tenía una amiga, María, pero ella sí que quería estudiar a lo grande, y por eso sus padres la enviaron a Madrid con una tía.
La hermana de su madre se había casado con un adinerado empresario y no tenía hijos. Por eso no tuvieron problema con que la niña estudiara el bachillerato allí, en un colegio de la élite.
Al principio, nos llamábamos todos los días; luego, todas las semanas. Después, las llamadas pasaron a ser mensajes, hasta perder la comunicación por completo.
Pero la entendía, eh, no era lo mismo codearte con la crème de la crème de la sociedad madrileña que con una gaditana cuyo padre tenía una carpintería y su madre era ama de casa.
Mi verano había transcurrido entre pasar ratos en la playa, que tenía nada más bajar de casa, y ratos en mi terraza, disfrutando de un buen libro y viendo uno de los atardeceres más bonitos del planeta.
Lo siento, pero es que soy una enamorada de mi tierra; no lo puedo evitar, pero supongo que, como todos, que barremos para casa.
Uy, que ya me he desviado otra vez de lo que quería contaros, muy típico en mí, no lo voy a negar, sería algo injusto por mi parte.
Esa mañana, antes de salir de mi casa, mi madre se paró a desayunar conmigo y me cogió de las manos para intentar tranquilizarme.
—Almudena, cariño, no tienes que estar así, ya verás cómo te va de maravilla.
—No es eso; sé que, si me pongo, no tendré problemas en sacarlo adelante.
—Entonces… ¿Cuál es el problema?
—Que no conozco a nadie, mamá, y sabes que me cuesta mucho hablar con gente que desconozco.
—Pero te vendrá bien. Te centraste en tu amistad con María por comodidad, Almudena, y cuando se ha marchado, te has quedado sola.
—Bueno, he pasado el verano tal y como quería, mamá.
—Y no te lo discuto, pero no puedes seguir así. Tienes diecisiete años y debes hacer cosas de tu edad: salir, conocer gente nueva, enamorarte…
—Vale, vale, entendido. Haré todo lo posible por hacer nuevos amigos.
—No tienes que hacer nada más que mostrarte como eres; así, pronto harás nuevos amigos, te lo puedo asegurar.
Era tímida hasta decir basta, y eso, para mí, era un problema. Cuando salí de mi casa, me propuse que iba a dejar la timidez en la escalera y que tenía que vivir, tal y como me había aconsejado mi madre.
Y allí estaba, en la puerta del patio que daba al pasillo del instituto en el que me dijeron que se encontraban las clases de mi módulo, apoyada en la pared y mirando el móvil, por si había algo interesante en las redes sociales.
De repente, escuché un murmullo, como si todas las chicas que estaban a mi alrededor hablaran de lo mismo, y me causó curiosidad.
Levanté la mirada y, ante mí, aparcando un patinete eléctrico, tenía al chico más guapo que había visto en mi vida.
Venía con el pelo algo despeinado por el casco, un pantalón vaquero que parecía que se lo había cosido en su cuerpo, de lo bien que le quedaba, y una camiseta básica, blanca, cuyas mangas le marcaban los bíceps, y unas zapatillas de deporte.
Le puso el candado a su patinete, levantó la cabeza y me sonrió, encaminando sus pasos hacia mí, con una seguridad que era muy difícil de encontrar en un chico de diecisiete años.
—Hola, ¿es aquí donde están las clases de Administración?
—Eso espero, o llevaría más de quince minutos esperando en el lugar equivocado.
Todavía me estoy preguntando de dónde salió ese arranque de valentía, porque en otras ocasiones no habría sido capaz de abrir ni la boca.
El chico en cuestión soltó una carcajada que le salió de lo más hondo de su alma y que provocó que yo también riera.
No había oído nunca una risa tan bonita y tan contagiosa como esa, os lo prometo, y tanto brillo en unos ojos como el que había visto en los suyos.
—Eres única, chica. Por cierto, yo soy Santiago, pero todo el mundo me llama Santi.
—Hola, Santi, yo soy Almudena.
—Hola, Almu, un placer conocerte.
—Igualmente.
Hizo una reverencia, como si estuviera en el siglo diecinueve, para, segundos después, acercarse y dejarme dos besos, que me supieron a gloria, la verdad.
Desde ese momento, ya no nos volvimos a separar nunca más. Para las Navidades, ya conocíamos a nuestros padres, formalizando nuestra relación.
Con él conocí todas las primeras veces de todo, como el primer beso en la arena de la playa de debajo de mi casa, mientras que veíamos uno de esos atardeceres que tanto me gustaban.
Esa Nochevieja, después de cenar con nuestras familias, ambos nos fuimos a tomarnos las uvas a un hotel precioso, desde cuyo balcón de la habitación se veía directamente el mar.
Nunca le había ocultado a mi madre nada, y esto no iba a ser menos, pues necesitaba su consejo, no tanto como madre, sino como mujer, aunque me diera toda la vergüenza del mundo.
—Me parece mentira que te esté contando todo esto, con la vergüenza que me está dando.
—Soy tu madre, y nadie mejor que yo para darte los mejores consejos del mundo, puesto que yo no quiero nada malo para ti.
—Lo sé, mamá. ¿Qué hago si, llegado el momento, me entra el miedo?
—Cariño, vive el momento; si crees que estás preparada para ello, no te cortes y déjate llevar.
—Gracias, mamá, te adoro.
No quisimos irnos a ningún cotillón a beber, como solían hacer los chicos de nuestra edad; nosotros queríamos algo más íntimo, y que la situación nos llevara a donde tuviera que llevarnos.
Santi había hecho la reserva de la habitación y pidió que nos dejaran allí, aparte de las uvas, una botella de champán.
No permitió que yo pagara absolutamente nada, ni siquiera los preservativos que compramos el día anterior en la farmacia, por si nos decidíamos a hacerlo.
Me parecía mentira que estuviéramos ahí, los dos juntos. Ninguno tenía experiencia, pero, llegado el momento, me pareció lo más bonito del mundo.
Lo hizo todo con tanto mimo, con tanto respeto hacia mi cuerpo, que no tuve ninguna duda de que era el hombre y el amor de mi vida.
Tan claro lo teníamos que, dos años después, y cuando ya ambos entramos a trabajar en la misma empresa, dimos el siguiente paso y nos casamos.
Todo el mundo nos decía que éramos muy jóvenes, que nos fuéramos a vivir juntos y que, después, cuando comprobáramos cómo era la convivencia entre nosotros, nos casáramos.
No nos hizo falta, pues teníamos tanta conexión que sabíamos por descontado que la convivencia no nos costaría nada, como así fue.
Ese día fue el más bonito de mi vida, cuando entré de la mano de mi padre en la iglesia de San Antonio de mi ciudad, mientras que mi chico me esperaba, junto a su madre, en el altar.
No se podía estar más guapo que él, con ese traje de chaqueta azul marino y esa corbata azul cielo, al igual que el chaleco.
Yo había elegido un vestido de corte sirena, de tirantes anchos y con la espalda al aire, con el pelo recogido en un moño informal y un velo bordado que caía por la parte trasera del vestido.
Cuando nos miramos, ambos nos emocionamos muchísimo, al igual que nuestros padres y familiares, que notaron el amor que había entre nosotros, que flotaba en el ambiente como el perfume del día.
Lo celebramos por todo lo alto, en los jardines del mismo hotel en el que nos unimos por primera vez, y en el que pasaríamos nuestra primera noche como marido y mujer.
Mi abuela Carmen, que ya necesitaba cuidados especiales, hizo un trato con mi familia. Ella se venía a vivir con mis padres, como llevaban pidiéndole desde hacía mucho tiempo, si yo permitía que pusiera su piso a mi nombre.
El piso estaba justo en el portal que había junto al de mis padres, por lo que podría seguir disfrutando de esas preciosas puestas de sol desde la terraza.
Hicimos una gran reforma que pagó Santi; por eso, lo más justo era poner el piso a nombre de los dos. Eso sí, firmamos un documento que decía que, en caso de divorcio, yo le abonaría el dinero de la reforma a cambio de que la titularidad de la casa fuera solo mía.