La luz ante mis ojos Epílogo
100%

Epílogo

Almudena

Quince años después…

Habían pasado quince años desde que nos dimos el sí, quiero, y no podíamos ser más felices de lo que ya lo éramos.

Seguíamos rodeados de los nuestros, aunque ya no estaba mi abuela, esa que se fue al más allá dos años después de nuestra boda, pero contenta por haber vuelto a ver feliz a su nieta, como así me dijo.

La echábamos mucho de menos, pero ella siempre estaría con nosotros, porque no se muere a quien no se olvida, y a ella no la íbamos a olvidar nunca.

Nuestra vida había cambiado mucho, pero no por eso era peor que al principio, eso, por descontado.

Después de la boda, iniciamos los trámites para que pudiera adoptar a David y, cinco meses más tarde, David era mi hijo de pleno derecho.

No necesitaba esos documentos para sentirlo así, pero no quería que, el día de mañana, cuando fuera un poquito más mayor, pudiera notar alguna diferencia si teníamos más hijos, lo cual os adelanto que sí tuvimos.

Hoy era la graduación de la secundaria de nuestro hijo mayor, que había resultado ser un excelente estudiante, que terminó con una mención de honor a su expediente académico.

Pero bueno, eso os lo cuento más tarde, que ahora os voy a contar qué fue de nuestra familia y de nuestros amigos en estos años.

Yo vine embarazada del viaje de novios, pero lo perdí. Cuando ya pensaba que no tendría la dicha de volver a ser madre, pues ya había sufrido dos abortos, cuando menos lo pensaba, volví a tener un retraso.

Ya no me quería hacer ilusiones, pues habían pasado ya cinco años desde entonces, y sabía que todo podía irse al garete de nuevo.

Esperé a que pasara, pero, viendo que ya habían pasado dos meses desde que me di cuenta de que tenía un retraso, me fui al ginecólogo para comprobar que no era otra cosa peor.

Lo hice sola, ya que no quería que nadie más se ilusionara para nada. Cuando el médico me dijo que el embarazo había seguido adelante y que eran mellizos, no pude aguantar las lágrimas.

Al llegar Ismael a casa, pues esa tarde había tenido una reunión y había salido más tarde, y al encontrarme de ese modo, pensó que algo me había sucedido.

Jamás olvidaré el momento en el que le mostré la fotografía de la ecografía que me había dado el ginecólogo.

Estaba embarazada de quince semanas, por lo cual el peligro ya había pasado, lo que no significaba que no me tuviera que cuidar.

Hasta mi niño saltó de alegría cuando supo que iba a tener dos hermanitas, que se llamaban Salma y Sofía, y que ya tenían casi diez años.

A mis padres les pasaba como a mí, que sí, que las queríamos más que a nuestra vida, pero donde se pusiera mi niño, no se ponía nadie.

Marieta y Felipe se casaron dos años después que nosotros, y tenían dos hijos, Ismael, de trece años, y Marta, de diez, que era inseparable de nuestras hijas.

Se mudaron al ático del mismo edificio, que era más grande que mi piso, y nosotros aprovechamos para unir los dos pisos y que tuviéramos más espacio, ya que nosotros éramos cinco y con dos habitaciones, como que era un poquito complicado.

Los que no habían seguido juntos eran Marta y Roberto. Después de irse a vivir juntos y de convivir durante casi cuatro años, se dieron cuenta de que no estaban enamorados.

Marta conoció a otra persona, Mario, con el que sintió un flechazo inmediato y con el que se casó cinco meses después. Tenían una niña de ocho años, que adoptaron después de casarse, ya que Marta decía que no tenía edad para quedarse embarazada.

Roberto, por su parte, pidió el traslado a otra ciudad y no habíamos vuelto a verlo ni a saber de él.

Para él fue muy complicado ver a Marta a diario, a pesar de haber roto con ella mucho antes de que ella conociera a Mario, pero seguía sintiendo algo por ella.

Al principio de marcharse, sí que llamaba una vez a la semana, pero, con el tiempo, esas llamadas se fueron espaciando en el tiempo, hasta que dejamos de hacerlo.

Los que sí que estaban juntos y muy enamorados eran Bárbara y Samuel. Desde ese primer momento en el que cruzaron sus miradas, no se habían vuelto a separar.

La hija de Samuel la adoró desde el primer momento. Nunca quiso sustituir a su madre, y así se lo hizo saber a ella, pero fue inevitable que la niña viera en ella esa figura que no tenía en su día a día, y terminó ejerciendo como tal.

Cuando la madre de la niña se enteró, quiso reclamarla, pero la niña tenía ya siete años y declaró que a la única madre que conocía era Bárbara, que era la que había estado con ella cuando enfermó y cuando la necesitó.

Pasaron por la vicaría tres años después de conocerse y habían tenido un niño, que se llamaba Manel, y que tenía once años.

María, la que fue mi amiga de la infancia, la que casi me mata en aquella ocasión, había muerto en la cárcel, víctima de una reyerta que ella misma provocó, según nos contaron los funcionarios.

La habían condenado a veinte años, pero no había llegado a cumplir ni cuatro, y nos dio mucha pena de ella, de lo que pudo haber sido pero nunca fue.

—Mamá, ¿me peinas, por favor? —Me dijo Salma, que era la más tranquila y presumida de las dos.

—Hija, a ver cuándo aprendes, que pareces tonta —le dijo su hermana.

—Sofía, no le hables a tu hermana en esos términos, o la que terminará castigada serás tú.

—Mami, pero si es que no sabe cogerse ni una coleta.

—No todo el mundo tiene las mismas habilidades, cariño. A ella no se le da bien peinarse, y a ti no se te da bien atarte los cordones.

—Bah, no es lo mismo.

—Sí que lo es. ¿A qué sí, mamá?

—Venga, vamos a cogerte esa trenza que te gusta tanto y vamos a llamar a David, que al final llegamos tarde.

—¿Dónde está mi padre?

—No tengo ni idea. Ha salido con el abuelo y supongo que nos estarán esperando abajo.

—Voy a mirar por la terraza.

—No digas nada de lo que veas, Sofía, o te las verás conmigo.

—¿Qué pasa, mamá? —preguntó David, que salió de su habitación hasta el salón, donde estábamos nosotras.

—Venga, David, vamos a bajar, que ya he visto a papá y al abuelo y…

—¡Sofía!

—Mamá, que no voy a contar nada, que tan solo iba a decirle que nos estaban esperando abajo.

Mi hija sabía más que los ratones colorados, como se solía decir, y si se había asomado a la terraza era porque nos había oído a su padre y a mí hablando esa misma mañana.

Su padre y yo, ayudados por sus abuelos, habíamos decidido regalarle a David la moto que llevaba tanto tiempo pidiendo.

No es que fuera algo que nos gustara especialmente, pero teníamos que confiar en él, que era un niño con la cabeza muy bien amueblada, y que era consciente de lo que podía suceder si no respetaba las normas.

Bajamos a la calle y allí, aparcada, estaba esa moto, con un gran lazo azul y un enorme «Felicidades, David» que su abuelo le había encargado.

—¿En serio? ¡Gracias, mamá, eres la mejor!

—Mi hijo, como siempre, mostrando sus debilidades y sus preferencias —dijo mi marido, medio resignado.

—Papá, aquí la cosa está clara. —Mamá es de David y tú de nosotras, aunque un poquito más mío que de mi hermana —le dijo Sofía, con su picaresca habitual.

—Enana, ni tu madre ni yo tenemos preferencias. Para nosotros, los tres sois iguales, que os quede claro —le dijo su padre.

—Sigue soñando, papi, que estos dos se adoran, digas tú lo que digas.

Soltamos una carcajada porque era tan parecida a mí, no en lo físico, sino en la manera de ser, que era inevitable que me riera.

Mi padre me miró y se encogió de hombros, mientras que mi hijo no lo dudó y me cogió en brazos, girando conmigo así.

—Chiquillo, bájame, que me vas a tirar y una ya no tiene edad para esto.

—Eres la madre más bonita del mundo, y mi padre debería tener cuidado, porque muchos de los padres de mis amigos me preguntan por ti.

—Ahora soy yo el que digo que sigan soñando, porque esta mujer es mía desde el mismo momento en el que cruzamos nuestras miradas.

Mi marido me pasó el brazo por los hombros y pusimos rumbo al centro escolar en el que estudiaban nuestros hijos, que estaba a pocos metros de nuestra casa.

Durante el trayecto, mi marido me besó en los labios y, en ese beso, demostró el amor que nos sentíamos el uno al otro.

—¿Qué piensas, cariño? —Me preguntó.

—En que hubiera pasado por todo, una y otra vez, si me aseguraran que el final es el mismo.

—Yo también, a pesar de los pesares.

—Has sido la luz ante mis ojos, Ismael, y te amaré hasta después de que me vaya de este mundo.