Capítulo cuarenta y seis
Cuando volví a abrir los ojos, me dolía todo. Se me escapó un grito y alguien me acarició el pelo con suavidad. Me di cuenta de que me sostenía en brazos. No veía quién era, pero el ritmo constante de su corazón me tranquilizó y volví a dormirme.
Me despertaba y volvía a quedarme dormida, incapaz de mantener los ojos abiertos mucho tiempo. Me dolía cada parte del cuerpo. No sabía si aquello era alguna clase de infierno, un castigo por lo que había hecho. Recé para que acabara pronto, porque sentía que no podría soportarlo mucho más.
La siguiente vez que abrí los ojos, por fin pude ver con claridad. El dolor había desaparecido. Miré a mi alrededor, pero no reconocí el lugar. Todo me resultaba distinto, incluso el olor. Entonces me di cuenta de que se parecía a la habitación de Aylla. ¿Qué hacía yo allí?
Intenté levantarme, pero casi me caí de inmediato. Las piernas parecían de gelatina. Unos brazos fuertes me sujetaron y me invadió una extraña sensación de déjà vu.
—Despacio. Todavía no estás bien —dijo él con suavidad.
Alcé la mirada. Kaylo parecía agotado y no tenía su habitual expresión de suficiencia. Lo que no entendía era por qué seguía allí. Se suponía que debía marcharse. Todo me resultaba extraño y había algo diferente en mí. Me sentía… distinta.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté.
—Ahora las chicas sin loba sí tienen compañeros —respondió con una leve sonrisa.
No sabía de qué hablaba. Debía de haberme golpeado la cabeza más fuerte de lo que creía.
Intenté apartarme, pero Kaylo me atrajo hacia él.
—Por favor, no vuelvas a intentar hacer algo así —susurró contra mi pelo.
¿Desde cuándo era tan dulce conmigo? Se comportaba de una manera extraña, y yo seguía sin encontrarme bien. De pronto, me invadieron las náuseas.
—Tengo que ir al baño —dije, intentando contenerlas.
—Yo te llevo —respondió, y me levantó en brazos.
Quise protestar, pero no podía caminar y cada vez me sentía peor. Se me revolvió el estómago y ya no pude contener el vómito.
Con toda la elegancia del mundo, vacié el estómago en el lavabo.
Ni siquiera recordaba cuándo había comido por última vez.
Quizá también había dejado allí el alma.
Lo más probable era que se tratara de un efecto secundario de lo que hubieran hecho para traerme de vuelta y curarme.
Aun así, me recordó algo de mi visión. Preferí apartar ese pensamiento.
—¿Qué haces aquí? —volví a preguntarle cuando, con su ayuda, terminé de limpiarme.
—¿A qué te refieres? —preguntó. Parecía aún más confundido que yo.
—¿A qué viene esa amabilidad tan sospechosa? ¿Y por qué no te marchaste con su alteza, general? —pregunté.
Puede que esa última palabra sonara un poco burlona.
Kaylo esbozó una sonrisa traviesa. Ya empezaba a preguntarme cuándo volvería aquella expresión suya.
—No podía dejar atrás a mi compañera —dijo, acariciándome el pelo.
Aparté su mano.
—¡Deja de decir tonterías! Te oí perfectamente aquel día. Estoy cansada de que juegues conmigo —dije, mientras las lágrimas me ardían en los ojos.
—¿Prefieres que te llame esposa? —preguntó.
Me mostró la cicatriz que la daga ceremonial le había dejado en la palma. Miré mi propia mano y descubrí una cicatriz parecida. Después volví a mirarlo, desconcertada.
—¿Cuándo acepté yo esto?
—No hubo tiempo de preguntártelo. Teníamos que hacer algo para curarte y, como ya te había convertido en mi compañera, celebramos la unión ceremonial. Sanaste gracias al vínculo entre nosotros —explicó.
No parecía estar bromeando. Eso me sorprendió.
—¿Cómo rompemos el vínculo? —pregunté.
Después de todo lo que había ocurrido, no quería tener nada que ver con él.
Kaylo me miró con tristeza, como si acabara de abofetearlo.
—No me quieres —susurró. Su voz estaba llena de dolor.
—Tú tampoco me quieres. Ya te has divertido conmigo. Soy demasiado débil para ser la compañera de nadie —dije, y se me quebró la voz.
Kaylo me atrajo hacia él.
—No digas eso —respondió con suavidad.
No pude evitar sollozar contra su pecho. No soportaría otra decepción.
—Deberías haberme dejado morir —dije entre lágrimas.
—No pude. Sentí tu dolor a través del vínculo —respondió—. Todavía puedo sentirlo.
Lo miré sin comprender. ¿Cómo era posible? No estábamos unidos.
—No sé cómo ocurrió, pero cuando estuvimos juntos se formó un vínculo entre nosotros. Ni siquiera recuerdo cuándo te marqué, pero lo hice —explicó.
Esperé a que se riera o hiciera alguna broma.
No podía ser verdad que estuviéramos unidos. Lo habría sentido. Lo habría sabido. En cambio, lo único que había sentido era tristeza y dolor.
—¿Es alguna clase de broma? —pregunté.
Kaylo negó con la cabeza. Antes de que pudiera seguir explicándose, volvieron las náuseas. Esta vez conseguí llegar sola al baño. Vomité una y otra vez, hasta que estuve a punto de desplomarme en el suelo. Él me sostuvo con cuidado, como si estuviera hecha de cristal.
—¿Qué me pasa? —pregunté.
Esperaba que dijera que era un efecto secundario o algo parecido. Tenía que serlo. ¿Qué otra cosa podía ser? Los rituales de aquel tipo siempre tenían efectos secundarios desagradables.
Pero Kaylo respondió:
—Estás embarazada.
Un efecto secundario de él.