La luna que él no quería Capítulo cuarenta y cinco
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Capítulo cuarenta y cinco

A partir de aquel momento, no recuerdo con exactitud lo que sucedió.

Durante un tiempo, el dolor desapareció y la oscuridad me pareció un lugar tranquilo.

Me alejaba de la vida y luego volvía a ella, una y otra vez.

Era como bailar con la muerte. Algo seguía tirando de mí para devolverme a la vida, aunque yo me resistía a regresar, aunque no quería hacerlo.

Ya no me quedaba nada por lo que vivir. Por fin estaba libre de mi jaula, de aquel mundo, del dolor.

No me enorgullecía lo que había hecho, pero no quería perder a un hijo otra vez.

Aquel sufrimiento me había destrozado, me había partido el alma.

Yo merecía morir, pero mi hijo no. De algún modo, aunque sabía que no había sido real, todavía lloraba su muerte.

La luna había conseguido lo que quería. Mi existencia ya no la molestaría.

Podría vivir feliz con su esposo, que tampoco tendría que seguir atormentándose por mí.

Esperaba que ella encontrara el final feliz que deseaba.

No estaba enfadada con ella. Después de nuestro último encuentro, había comprendido lo triste que estaba en realidad.

No sabía qué la había amargado tanto, pero estaba segura de que su vida no había sido feliz.

Y menos aún si tenía que casarse con el alfa Thomas.

Todos estarían mejor. Tal vez hubieran perdido su juguete favorito, pero sobrevivirían.

Puede que su majestad se entristeciera un poco por no haber conseguido lo que quería.

Pronto encontraría a otra persona con cuyos sentimientos pudiera jugar.

Aquella idea me enfureció. ¿Cuántas pobres muchachas habrían visto sus sueños destrozados por su culpa?

Al menos yo no era una de ellas. Siempre había sabido que no se casaría conmigo, aunque nunca esperé que fuera tan cruel.

Las únicas personas que de verdad me echarían de menos eran Gilda y la familia del beta Alden.

Esperaba que Aylla jamás se enterara de lo que había hecho.

Ojalá encontrara su cuento de hadas en el próximo Baile de Apareamiento.

Merecía ser feliz. Sabía que lo sería porque tenía una familia maravillosa y, durante todo el tiempo que había vivido con ellos, me había permitido compartirla.

Me habría gustado pasar un poco más de tiempo a su lado.

Me habría gustado despedirme. Tal vez fuera mejor así: no tendría que ver su tristeza, como había ocurrido en mi visión.

No soportaría que se me rompiera el corazón otra vez, sobre todo sabiendo que era culpa mía.

Había sido mi decisión y tenía que seguir adelante, a pesar del dolor y de la vergüenza.

El beta Alden había prometido llevarse a Gilda con él.

Sabía que, fuera adonde fuera, cuidaría de ella.

Gilda había sido para mí la madre que nunca tuve y no había llegado a darle las gracias.

Pero sabía que ella lo sabía. Al menos, eso esperaba.

Recordaba cuánto había sufrido cuando me apuñalé y estuve a punto de morir.

Aun así, esperaba que lo entendiera. Esperaba que todos lo entendieran.

Ya era demasiado tarde para arrepentirme.

Tenía que asumir mi decisión, por mucho que me doliera.

Aquel era mi castigo y me había resignado a él.

El dolor que sentía no se parecía a nada que hubiera experimentado antes.

Había creído que morir sería fácil, que no dolería.

Pero, para alguien como yo, todo dolía. Sentí una punzada tan profunda que mi corazón pareció hacerse pedazos.

Y en algún lugar lejano percibí el dolor de otra persona, el de un corazón que también se rompía… Kaylo.

Entre la oscuridad y el dolor, creí oírlo llorar. O tal vez solo fuera lo que yo deseaba escuchar.

—Vuelve a mí. Por favor, vuelve…

Debía de estar imaginándolo. Nunca le había importado tanto. De hecho, le estaba haciendo un favor: nadie tendría que saber lo que había pasado aquella noche. Nadie lo sabría, salvo él.

Todos seguirían con sus vidas y terminarían olvidando que yo había existido, aunque durante un tiempo estuvieran tristes.

Me convertiría en un recuerdo lejano, en una sombra olvidada del pasado.

Quizá no había sido más que una nube que cruzó el cielo por un instante antes de que el sol volviera a brillar y todo volviera a ser como en un día cualquiera.

Con el recuerdo de sus labios sobre los míos, dejé que la oscuridad me abrazara. Dejé de luchar contra el dolor y permití que por fin se apoderara de mí.

Todo saldría bien.