Capítulo cuarenta y cuatro
Seguí comportándome como si nada hubiera ocurrido y mantuve las distancias con Kaylo, aunque intentó acercarse a mí varias veces durante la noche de la boda del alfa Thomas.
Los días siguientes inventé una excusa absurda para quedarme en mi habitación. No podía enfrentarme a nadie. Tampoco podía seguir mirando a Teddy a los ojos y fingiendo que no sabía la verdad.
No se oían ruidos de apareamiento. El palacio parecía estar de luto en lugar de celebrar una boda.
Al cabo de una semana, se me habían acabado las excusas y no tuve más remedio que salir. Fui al jardín e intenté disfrutar del calor del sol.
Aquella tarde iba a reunirme con su alteza. Sabía que se preparaba para marcharse y que probablemente no pensaba llevarme con él.
Teddy se acercó y me miró con preocupación. Después de tanto llorar, debía de tener un aspecto terrible.
—No tienes buena cara y no me has dejado verte —dijo con tristeza.
—No me encuentro bien. Y no puedo quedarme mucho más tiempo en este palacio.
—Lo sé —respondió con suavidad—. Por desgracia, ahora no puedo llevarte conmigo, pero volveré a buscarte.
Lo dijo en tono de disculpa.
Sonreí porque ya sabía que diría eso. No tenía intención de llevarme. Su padre seguramente se pondría furioso si Teddy intentaba presentarme en palacio. Para el futuro rey alfa, yo sería una pésima esposa.
—Lo entiendo. Pero ¿podrías al menos encontrar la manera de que pueda irme con el beta Alden? Puedo quedarme con él hasta que vuelvas a buscarme —le dije.
Era mi última esperanza. Deseaba que me ayudara a marcharme con el beta Alden para empezar una nueva vida allí. Él iba a unirse a otra manada como beta.
—Veré qué puedo hacer, pero no puedo prometerte nada. Estoy intentando evitar un conflicto con el alfa Thomas. La situación ya es bastante complicada —respondió con cautela.
Supe que no haría nada.
Asentí y traté de no llorar. Ya no me quedaba ninguna esperanza. Teddy se iría tal como había llegado y yo tendría que vivir la pesadilla que había visto, aunque esta vez ocurriera de otra manera.
Me abrazó y, antes de marcharse, me besó la mano. Sus labios se demoraron más de lo habitual y, por alguna razón, aquel contacto me resultó desagradable. Ahora que conocía la verdad, ya no me parecía tan deslumbrante.
Cuando se fue, saqué del bolsillo la poción que había tomado de la cabaña de la chamana y me la bebí. El líquido me quemó la garganta, pero seguí bebiendo hasta vaciar el frasco. Sentía cómo ardía dentro de mí, aunque el dolor de mi corazón era todavía más intenso.
Después fui a ver a los petirrojos lunares. Me despedí de ellos y los observé alzar el vuelo. Por fin habían crecido lo suficiente para abandonar el nido. Me alegró verlos marcharse sanos y salvos. Todos estaban a salvo. Yo también podía descansar.
En aquel momento sentí que ya no tenía motivos para seguir viviendo. Estaba cansada. Hiciera lo que hiciera, siempre parecía equivocarme. Sentía que no servía para nada. Nadie quería a la chica sin loba.
Había esperado poder marcharme con el beta Alden y volver a ver a mis amigos. Había esperado casarme con Ash, pero seguramente estaría mejor sin mí. Podía casarse con alguien más fuerte, alguien capaz de hacerlo feliz.
Luego fui al altar de la Diosa de la Luna y me senté allí. La luna me encontró antes de que pudiera descansar en paz.
—¡Aquí estás! —dijo con aquella voz suya tan irritante.
Ni siquiera me molesté en responder.
—Sabía que eras una puta —canturreó, encantada consigo misma.
—¿Tanta envidia me tienes? —murmuré.
Ella soltó una risa amarga.
—Soy la luna —replicó, como si eso lo explicara todo.
—¿Y qué se siente al saber que se acuesta contigo mientras piensa en mí? —pregunté con desprecio.
Aquello pareció enfurecerla.
—¡Puta! Si no existieras, si no lo hubieras seducido… —gritó.
Apenas entendí lo que dijo después. Me reí en su cara y ella me dio una patada. No me defendí. Me asestó un zarpazo en la cara y sentí que la mejilla empezaba a sangrar. Tampoco entonces me defendí.
Perdió por completo el control y me dio una patada con todas sus fuerzas. Salí despedida contra el altar de piedra y me golpeé la cabeza. Sentí que algo se rompía. El dolor era insoportable, pero sabía que pronto terminaría.
En cuanto comprendió que había ido demasiado lejos, entró en pánico y ordenó a una de sus damas que buscara a la sanadora. Sonreí. Sabía que ya no podría hacer nada por mí.
La sanadora llegó tan rápido como pudo. El dolor empezaba a desvanecerse y apenas sentía el cuerpo. Intentó curarme, pero su magia no surtió efecto.
Oí a lo lejos un gruñido que reconocí al instante. En mi visión, todo había ocurrido de otra manera, pero el dolor era el mismo. Esta vez, al menos, no tenía que sufrir por la pérdida de un hijo.
—¿Qué has hecho? —oí al alfa Thomas gruñirle a su luna.
Sonreí.
Creí que habían llegado más personas, porque también oí a Teddy preguntar a lo lejos qué había pasado.
—La luna la ha herido —respondió alguien.
La sanadora seguía intentando curarme sin conseguirlo.
Llegó la chamana para ayudarla, pero su magia tampoco funcionó.
Sabía que nada funcionaría. Era demasiado tarde.
No había podido marcharme del palacio por decisión propia, pero al menos podía decidir cómo terminaría todo.
Elegir cuándo morir era la única libertad que me quedaba.
—Por favor, curadla —oí decir a Teddy… o quizá fue el alfa Thomas.
Ya no lo sabía.
—No podemos. Algo está bloqueando nuestra magia —respondió la chamana en voz baja—. No podemos curarla.
Con las pocas fuerzas que me quedaban, dejé caer el frasco que aún guardaba en el bolsillo. La chamana soltó una exclamación ahogada. Sabía perfectamente qué era: ella misma lo había preparado.
—¿Cómo que no podéis curarla? —preguntó Teddy, alterado.
—Se ha envenenado. No podemos hacer nada —respondió la chamana. Percibí la tristeza en su voz.
—¿Por qué? —me preguntó él.
Ya no estaba segura de quién hablaba. Mis sentidos se apagaban poco a poco.
—Las chicas sin loba no tienen compañeros —dije.
Entonces tosí sangre.
Oí un aullido que casi me rompió el corazón. Alguien me levantó y me estrechó entre sus brazos. Ya no sabía quién era, pero su olor me resultaba familiar.
Él no dejaba de preguntarme por qué. Ni siquiera podía reconocer su voz.
—Las chicas sin loba no tienen compañeros —susurré con mi último aliento.
Después, todo quedó a oscuras.