Capítulo cuarenta y tres
Después de llorar hasta quedarme sin lágrimas, me vestí y reuní el valor necesario para volver a enfrentarme a todos.
Cubrí la marca de Kaylo lo mejor que pude y me dejé el pelo suelto sobre los hombros.
Quería encerrarme en mi habitación y no salir nunca más, pero sabía que no podía quedarme allí para siempre.
Echaba de menos a mi mejor amiga. Más que nada, deseaba que estuviera conmigo para poder contárselo todo. Al menos ella estaba a salvo.
La ceremonia había terminado hacía un buen rato. Los invitados bebían, reían y disfrutaban de la comida que les habían servido. Cuando me uní a ellos, nadie pareció reparar en mí. Había tanta gente bailando que pensé que ni siquiera habrían notado mi ausencia. Me equivocaba.
En cuanto el alfa Thomas me vio, sus ojos comenzaron a arder con un fulgor rojo. Su luna estaba a su lado y me dedicó una sonrisa forzada, aunque me lanzaba puñales con la mirada.
Su alteza apareció de la nada, me tomó la mano y la besó. Percibió que algo iba mal, pero no dijo nada.
—¿Dónde has estado? ¿Y por qué te has cambiado? Aquel vestido era precioso —preguntó con dulzura.
Tu general lo hizo pedazos, pensé mientras le sonreía.
Sentía que Kaylo nos observaba desde algún lugar cercano. ¿Temía que le contara a Teddy lo que había hecho? No tenía de qué preocuparse. No quería que Teddy supiera nada más de lo que ya sabía.
—Hay algo diferente en ti —susurró Teddy antes de inclinarse de pronto para olfatearme.
Me miró con recelo. Tuve la impresión de que podía percibir que había estado con alguien.
—Tu olor ha cambiado —dijo, y sus ojos comenzaron a brillar.
Seguramente había comprendido algo.
—¿Qué has hecho? —preguntó en un susurro.
—Nada. Me puse un aceite especial que, en teoría, sirve para mantener alejado al alfa Thomas —respondí con una sonrisa.
Técnicamente, era verdad.
No me importaba que sospechara algo, pero no quería que supiera que había estado con su general. Aunque una parte de mí deseaba ver qué cara ponía al descubrirlo. Quería ver qué le parecía ahora su propio juego.
—Creí que habías estado con alguien —dijo mientras me rodeaba con los brazos.
Hundió el rostro en mi pelo.
—Tienes un aroma tan dulce…
Con alguien que no eras tú, pensé.
¿Le preocupaba que su juego ya no funcionara? Estaba confundida: ya ni siquiera sabía en qué consistía aquel juego. Estaba cansada de él, de aquella vida, de todo. Cansada de que me hirieran y de que jugaran conmigo.
Desde los brazos de Teddy podía ver a Kaylo. Por una vez, no parecía divertirse en absoluto. Parecía herido. No sabía muy bien por qué, pero verlo así me produjo una punzada en el corazón. No tenía de qué preocuparse. Si eso era lo que temía, yo no iba a delatarlo.
—¿Qué intenciones tienes conmigo? —le pregunté a Teddy, aunque más o menos conocía la respuesta.
—¿Qué quieres decir? —preguntó.
¿Ahora vamos a fingir que no entiendes?
—Me refiero exactamente a lo que le preguntaste al alfa Thomas —respondí, mirándolo a los ojos.
Percibí en su olor un leve rastro de miedo. Temía que yo supiera algo que no debía saber.
—Supongo que te habrás enterado de que estoy prometido —dijo en voz baja. Parecía triste.
No me refería a eso. Ya lo sabía. El alfa Thomas había tenido la amabilidad de contármelo cuando le hice la misma pregunta y él se negó a responder, igual que Teddy.
¿Para qué iba a preguntarle algo cuya respuesta ya conocía?
Solo quería verlo ponerse nervioso. Sentía curiosidad por saber qué mentira inventaría.
—Exactamente —dije, imitando su tristeza, aunque la mía estaba teñida de amargura.
Había jugado con mis sentimientos.
—Ese compromiso es un acuerdo político. Ahora que te he encontrado a ti, mi compañera, mi padre me permitirá casarme contigo —dijo, acercándose.
Contuve las ganas de retroceder y gritarle que dejara de mentir. Ya sabía lo que pretendía: divertirse conmigo. ¿Por qué siempre me veían como alguien con quien pasar un buen rato y nunca como alguien con quien quisieran casarse? Las lágrimas me ardían en los ojos.
—¿Qué ocurre? —preguntó al notar el cambio en mi ánimo.
—Tengo miedo de que tu padre no acepte que te cases conmigo. Y me alivia tanto saber que no eres como el alfa Thomas, que tú sí piensas casarte conmigo de verdad… —dije.
No pude contener las lágrimas.
Estaba allí, frente a mí, mintiéndome a la cara. Me pregunté cómo lograba hacerlo sin que se le moviera un músculo de la cara. Si no lo hubiera oído hablar con Kaylo en el jardín aquella mañana, seguramente habría creído cada una de sus palabras. Pero ahora sabía la verdad.
Las chicas sin loba no tienen compañeros.
Aquellas palabras seguían resonando en mi mente y se me clavaban cada vez más hondo en el corazón.
Teddy me abrazó y eso solo hizo que llorara más. Comprendí que no significaba nada para ellos. Era una chica sin loba con la que podían divertirse. ¿Qué había hecho para merecer aquella vida?
Había creído que podría evitar mi destino después de que la Diosa de la Luna me mostrara aquella visión. Pero, al parecer, cada decisión que había tomado me había llevado a algo todavía peor.
Ahora sabía lo que tenía que hacer.