Capítulo cuarenta y dos
Cuando por fin nos detuvimos, abrí los ojos y lo miré. Seguía besándome despacio. Sus ojos brillaban con una mezcla de azul, dorado y plateado. Despedían una luz intensa; nunca había visto brillar así los ojos de un lobo.
No sabía cuánto tiempo habíamos pasado haciendo…
lo que habíamos hecho. Seguramente la ceremonia ya habría terminado y alguien estaría buscándonos.
Sonreí al imaginar la cara del príncipe heredero cuando me encontrara entre los brazos de su general, precisamente el hombre al que había encargado protegerme.
—Teddy no va a estar contento —susurró Kaylo contra mis labios.
Me aparté para mirarlo. Parecía divertido y empezaba a recuperar su actitud habitual. Probablemente el efecto de la droga estaba desapareciendo.
—Apuesto a que no, cuando descubra lo que le has hecho a su compañera —respondí con una sonrisa traviesa.
Eso solo lo hizo reír más. Me observó el rostro durante un momento, como si tratara de entender algo.
—Si quieres saber algo, puedes preguntármelo —dije, sosteniéndole la mirada.
Mala idea. Ahora quería besarlo otra vez.
—Si encontramos una manera de salir de aquí sin que nadie nos vea, no tiene por qué enterarse —añadí, mirando hacia la puerta.
Había un silencio extraño. No se oía a nadie en el pasillo. Tal vez la ceremonia aún no hubiera terminado o quizá la celebración posterior ya hubiese empezado, aunque tampoco llegaba hasta nosotros ningún ruido de la fiesta.
—Te he marcado —susurró Kaylo contra mi cuello.
Me apartó el pelo y contempló la marca que me había dejado con los dientes, como si fuera una obra de arte.
—No le diré que has sido tú. Le diré que fue el alfa Thomas. Ya le cae mal —propuse.
Kaylo me miró como si quisiera decir algo, pero no encontrara las palabras.
No sabía qué estaba pensando, aunque podía notar que se contenía.
Él ignoraba que, gracias a lo que había dicho en el jardín, yo conocía el juego del príncipe.
Si Kaylo no le hubiera plantado cara aquella mañana, yo seguiría creyendo que el príncipe heredero era mi compañero destinado y que acababa de traicionar nuestro vínculo al estar con su general.
—Sabrá que he sido yo. Soy el único que falta en la ceremonia —respondió Kaylo, divertido.
Necesitaba poner algo de distancia entre nosotros y encontrar una salida antes de que alguien nos descubriera. Tuve que reunir todas las fuerzas que me quedaban para alejarme de él.
—¿Te importaría vestirte y ayudarme a salir de aquí? —pregunté, irritada.
Kaylo volvió a atraerme hacia sí.
—Antes no parecía molestarte —dijo entre risas.
Lo empujé y le tiré su ropa. No sabía a qué estaba jugando, pero no estaba de humor para seguirle la corriente.
—Cállate y vístete.
Aquello pareció divertirlo aún más.
—Creía que me preferías desnudo —dijo con una sonrisa descarada.
—Te prefiero callado —murmuré.
Eso lo dejó callado durante un instante. Mi vestido ya no tenía arreglo, así que desistí y tomé su camisa. Por supuesto, Kaylo volvió a reírse. Puse los ojos en blanco y lo aparté de un empujón. Entonces recordé que tal vez sí hubiera una forma de salir.
Empecé a presionar cosas al azar, con la esperanza de no acabar matándonos por accidente. Había una palanca oculta que permitía abrir la puerta desde dentro. Mi madre me lo había contado una vez. ¿Por qué no se me había ocurrido antes?
Saqué algo que parecía una daga. Kaylo me observó, divertido.
—¿Ahora vas a apuñalarme? —preguntó.
—Sigue molestándome y quizá lo descubras —respondí con una sonrisa dulce.
Él volvió a reír.
La puerta se abrió lentamente y, por suerte, no había nadie fuera. El palacio estaba en silencio; todos seguían en el exterior. Lo agradecí profundamente. No quería que nadie me viera así, vestida con su camisa mientras él caminaba a mi lado con el torso descubierto.
—No hace falta que me acompañes a mi habitación —le dije.
—¿Temes que alguien nos descubra y pierdas tu oportunidad con él? —preguntó Kaylo con aquella irritante expresión de suficiencia.
—Exactamente —respondí con una sonrisa, aunque por dentro tenía ganas de llorar.
Su sonrisa vaciló por un momento. Seguimos caminando hacia mi habitación. Él sabía perfectamente dónde estaba: ya me había acompañado hasta allí antes, aunque nunca en aquellas circunstancias.
Por suerte llegamos sin que nadie nos viera. No estaba preparada para dar explicaciones que ni siquiera tenía. Tampoco sabía cómo explicarme a mí misma lo que acababa de pasar.
—Sabes que ahora eres mi compañera —dijo Kaylo, divertido.
A pesar de la tristeza que sentía, estuve a punto de reírme. Era amable por su parte seguirme el juego, pero yo conocía la verdad. Me había marcado, sí. Eso no significaba nada para alguien como él.
—Sabes que las chicas sin loba no tienen compañeros —respondí.
La sonrisa se le borró de inmediato. Había creído que yo no lo sabía. Al menos ya no tenía que seguir fingiendo.
—Ahora sé un buen general y vuelve junto a su alteza —dije mientras me quitaba su camisa y se la arrojaba a la cara.
Después cerré la puerta y eché la llave. No quise esperar su respuesta, sobre todo porque temía echarme a llorar delante de él. No quería darle la satisfacción de ver cuánto me había herido.
Con las pocas fuerzas que me quedaban, fui al baño e intenté quitarme su olor de la piel mientras lloraba. No sabía qué acababa de ocurrir entre nosotros ni cómo seguir adelante después de aquello. Ya no me quedaba esperanza y no había nadie que pudiera salvarme.