Capítulo cuarenta y uno
Kaylo me sujetaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo. Nadie me había estrechado así jamás. Intenté apartarlo, pero apenas había espacio entre nosotros.
—Deja de retorcerte. Solo estás empeorando las cosas —susurró.
Bajo mi mano, noté que su pulso se aceleraba. Tragué saliva. Ya no sabía qué estaba pasando.
—¿Huyendo de tu amante? —pregunté con una sonrisa burlona.
—Cállate. Te soltaré cuando se marche.
Intentó taparme la boca de nuevo, pero esta vez lo mordí.
Kaylo gruñó. Entonces comprendí que algo no iba bien, que algo le estaba ocurriendo. Sus ojos pasaban del dorado al azul y de nuevo al dorado. Nunca había visto nada parecido. Le habían aparecido gotas de sudor en la frente y parecía costarle respirar.
—No soy un santo, pero jamás tocaría a una mujer como ella. Me dio algo y no sé qué era —dijo, con la respiración agitada contra mi pelo.
No estaba del todo segura, pero creía saber qué le había dado.
Había oído rumores sobre una droga capaz de enloquecer a un lobo.
Una vez escuché a una de las sirvientas hablar de una mujer que había atrapado a alguien de ese modo.
No entendía por qué se la habría dado a Kaylo.
Teddy parecía más de su gusto: durante las cenas, prácticamente no se le despegaba.
—No lo entiendo. Teddy es más de su tipo —dije.
Solo entonces me di cuenta de que lo había dicho en voz alta.
Kaylo se rio y sus ojos volvieron a cambiar de color.
—¿Por qué lo llamas Teddy? Detesta ese nombre —preguntó con un tono divertido, aunque respiraba de forma entrecortada.
—En realidad, no sé cómo se llama —confesé.
—Se llama Theodore —dijo Kaylo entre jadeos.
Me miró y vi en sus ojos algo que casi parecía hambre. El calor de su cuerpo se había vuelto sofocante y cada vez respiraba más deprisa. Fue entonces cuando comprendí que la droga ya estaba haciendo efecto.
—Tu olor es embriagador —susurró contra mi pelo.
Alcé la mirada hacia él. Vi que estaba perdiendo el control y sentí que el pánico empezaba a invadirme.
—Cuando abra la puerta, corre. No sé qué haré si te alcanzo —dijo, como si tuviera que luchar para pronunciar cada palabra.
—Sí… Sobre eso… Esta puerta solo se abre desde fuera. Quizá tengas que romperla.
Entonces me di cuenta de que aquello no era un armario. Era una de las salas de armas ocultas. Había una en cada esquina del palacio y, en teoría, no debería haber sido tan fácil entrar. No entendía por qué aquella no estaba cerrada con llave.
—¿Qué pasa? —preguntó Kaylo.
A pesar de todo, parecía mantener el control sorprendentemente bien, aunque me tenía acorralada contra la pared y seguía sujetándome muy cerca de él.
—Esta es la sala de armas. No creo que podamos salir fácilmente —respondí.
Y comprendí que tal vez no había escapatoria.
—Maravilloso. ¿Hay algo aquí con lo que puedas apuñalarme? —preguntó. De algún modo, aún conservaba aquel tono divertido de siempre.
Traté de alejarme, pero el vestido se enganchó en algo y la mitad de la tela se rasgó. Apenas me cubría ya. La forma en que Kaylo me miró me llenó de pánico: parecía a punto de hacer algo que no debía.
Intenté taparme como pude, aunque apenas quedaba vestido con el que hacerlo. No parecía que estuviera muy bien confeccionado… o quizá alguien lo había estropeado a propósito.
Kaylo me atrajo hacia sí y, por un instante, olvidé cómo respirar. Mi cuerpo respondió de inmediato a su cercanía. Me sentí traicionada por mi propia reacción. ¿En serio? Aquel no era el momento.
—Habría preferido que te abalanzaras sobre ella, no sobre mí —murmuré.
Eso lo hizo reír, pero no me soltó. Estaba prácticamente desnuda entre sus brazos y solo nos separaba la tela cálida de su ropa.
Entonces se apartó un poco y se quitó la camisa.
El pánico volvió a recorrerme, aunque durante una fracción de segundo no pude evitar admirarlo.
Estaba muy bien hecho, si sabéis a qué me refiero.
—Recuerda que no te caigo bien —dije, intentando hacerlo entrar en razón.
Kaylo soltó una carcajada y volvió a acercarse.
Me atrajo hacia él y entonces hice algo increíblemente estúpido: le rodeé la cintura con las piernas.
De su garganta escapó un gruñido de sorpresa.
Me preparé mentalmente para lo peor, aunque odiaba admitir que disfrutaba de su contacto mucho más de lo que habría imaginado.
Sus manos recorrieron mi cuerpo y, peor aún, las mías acabaron recorriendo el suyo.
Antes de darme cuenta, nos estábamos besando.
Sus labios jugaron con los míos y me provocaron escalofríos.
A pesar del calor de sus manos sobre mi piel, sus caricias eran sorprendentemente delicadas.
Yo seguía esperando el momento en que perdería el control y se volvería violento.
Su lengua rozó la mía. Una oleada de placer me recorrió el cuerpo y deseé sentirlo más cerca, que siguiera tocándome.
Continuamos besándonos y acariciándonos, dejándonos llevar por el momento, mientras desaparecía poco a poco cada capa de ropa que nos separaba.
No quería que se detuviera, aunque temía lo que pudiera venir después.
El miedo volvió a abrirse paso en mi mente, pero en aquel instante solo deseaba más de él.
Mi cuerpo respondía a sus caricias como si ya lo conociera.
Casi parecía que nuestros cuerpos se conocían mejor que nosotros mismos.
En ese momento no me importaban el alfa Thomas ni el príncipe Theodore con sus juegos. Solo existían Kaylo y sus besos.
Siguió besándome y acariciándome como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, aunque su cuerpo estaba cada vez más caliente. Cuando entró en mí, no sentí dolor. Una oleada de placer me recorrió y no quise que se detuviera.
Al principio se movió despacio, hasta que mi cuerpo encontró su ritmo.
Después nos movimos cada vez más rápido y el mundo que nos rodeaba se desvaneció.
Se me escapó un gemido y él también gimió.
Por un momento pensé que quizá todos nos habían oído, pero no me importó.
Yo me aferré a él y él me sostuvo. Entonces sentí que una fuerza desconocida comenzaba a surgir en mi interior.
Durante un instante fue como si hubiera tocado el cielo.
Luego sentí que se liberaban de golpe todo el dolor y todo lo que había llevado dentro durante tanto tiempo.
Era una sensación maravillosa, distinta de cualquier cosa que hubiera imaginado.
Grité tan fuerte que por un momento creí que el palacio entero había temblado.
O quizá solo había sido yo. Ya no lo sabía ni me importaba, porque por fin me sentía libre.
Kaylo soltó un gemido más fuerte de lo que habría creído posible. Sentí un leve pinchazo en el lado izquierdo del cuello. Su boca buscó de nuevo la mía y seguimos moviéndonos como si fuéramos uno solo.