La luna que él no quería Capítulo cuarenta y siete
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Capítulo cuarenta y siete

No. No podía ser verdad. Tenía que haber un error. Intenté convencerme de que Kaylo se equivocaba, pero lo que sentía me recordaba al embarazo que había vivido en mi visión. Los síntomas eran parecidos.

—Te odio —dije entre lágrimas.

Él sonrió.

Entonces comprendí lo que había hecho. Había estado a punto de matar a mi bebé. Aquella idea me golpeó con tanta fuerza que, de pronto, no pude respirar. Esta vez solo podía culparme a mí misma. ¿Cómo había sido capaz de hacer algo así? Me sentí profundamente avergonzada.

Kaylo me estrechó entre sus brazos.

—¿Qué pasa? Puedo sentir cuánto te duele —dijo.

—Casi mato al bebé —susurré entre sollozos.

—No. No lo sabías —respondió con suavidad.

Lo miré y apenas reconocí al hombre que tenía delante. No era aquel tipo que siempre parecía divertirse y al que yo no soportaba. ¿Qué había cambiado?

—No entiendo cómo sobreviví. Ni cómo sobrevivió el bebé.

—No te atormentes. El bebé es inmune al veneno porque yo también lo soy. Conseguí curarte a través del vínculo entre nosotros, pero no fue fácil. Te vi llorar de dolor durante muchas noches. No querías volver. Ya no querías vivir —dijo en voz baja, con los ojos llenos de lágrimas.

Bajé la mirada, avergonzada. Era verdad que no había querido vivir. Entonces no veía ninguna razón para hacerlo ni encontraba una salida. Pero ahora sabía que me había equivocado. No debería haberme envenenado. Debería haber elegido vivir y seguir luchando.

—No veía otra forma de escapar de aquella pesadilla.

Le supliqué a Teddy que me ayudara a marcharme con el beta Alden, pero no le importó.

Había visto cómo sería mi vida con el alfa Thomas y sabía cómo terminaría.

Preferí acabar con ella antes que sufrir todo aquel dolor —expliqué, casi sin poder hablar.

—Deberías habérmelo contado —dijo Kaylo. Su voz sonaba dolida.

—No creí que te importara. Todavía no creo que te importe.

Volví a sentir náuseas.

—Puedo sentir tu dolor. Es difícil que no me importe cuando sé cómo te sientes —susurró.

Comprendí que mi sufrimiento también lo hería a él y, sobre todo, que podía afectar a mi bebé. ¿Cómo había acabado embarazada de Kaylo? Al menos no me arrepentía de la noche que habíamos pasado juntos. Había sido delicado conmigo y yo lo había deseado.

—No sé qué quieres hacer ahora —dije, mirándolo.

—¿A qué te refieres?

No sabía qué esperaba de mí. Dudaba que hubiera imaginado algo de aquello cuando llegó con su alteza al palacio del alfa Thomas.

—No sé cómo era tu vida antes de todo esto ni si alguna vez te habías planteado tener hijos. Puedo irme con el beta Alden. Podría vivir con su familia y criar al bebé allí —dije, sin atreverme a mirarlo.

No soportaría ver aquella sonrisa suya de suficiencia.

Pero sentí cuánto le habían dolido mis palabras. Era como si le hubiera clavado una daga en el corazón.

—Así que, para ti, ser mi esposa consiste en huir con mi hijo —dijo, riendo suavemente.

Me pregunté cuándo volvería a sonreír de verdad. A pesar de aquella risa, todavía podía sentir su dolor.

—Lo siento. No te conozco. No sé qué quieres de mí. Tú mismo lo dijiste: las chicas sin loba no tienen compañeros —respondí, casi gritándole.

—Deja de repetirme esa maldita frase. Estaba enfadado cuando la dije —replicó con irritación.

—Siento haberte disgustado. Yo no elegí nacer sin loba —espeté.

—No estaba enfadado contigo. Estaba enfadado con él.

Teddy siempre juega a ese maldito juego, aunque el rey alfa se lo prohibió.

Percibió tu olor en el palacio real cuando el alfa Thomas te llevó allí y también descubrió que el alfa Thomas sentía debilidad por ti.

Así consiguió que hiciera exactamente lo que él quería —explicó, molesto.

Seguía sin entender qué pintaba yo en todo aquello.

—Además, eres muy hermosa. No te imaginas cuánto. Teddy enloqueció en cuanto te vio —añadió.

Yo no me sentía hermosa, pero podía percibir que Kaylo creía cada palabra que decía. Me miraba con una expresión que no lograba descifrar.

—Se esforzó muchísimo por seducirte, pero tú no acababas de caer en sus brazos. Pensó que sería fácil enamorarte y poner celoso al alfa Thomas. Lo segundo lo consiguió de todos modos al fingir que eras su compañera. Me sorprendió que te entregaras a mí —dijo con una sonrisa traviesa.

El recuerdo de aquella noche me provocó un escalofrío. Deseaba besarlo, pero me contuve.

—Apuesto a que Teddy no se alegró cuando descubrió la verdad. Me sorprende que te unieras a mí. ¿No estabas prometido con alguien? —pregunté.

—Más o menos —respondió con aquella sonrisa suya.

—¿Qué significa «más o menos»?

—Digamos que no podíamos dejarte morir. Y que al rey alfa no le molestaría tanto que yo me casara contigo como le habría molestado que lo hiciera el príncipe heredero —explicó.

—No lo entiendo —admití.

—Digamos que a mi padre no le importa con quién me case. Solo quería utilizarme para conseguir una alianza.

Aquello lo explicaba todo y, al mismo tiempo, no explicaba nada. Seguía sin comprenderlo.

—Sabes que te pareces mucho a Teddy —dije, fijándome en su rostro.

—Bueno, tenemos el mismo padre —respondió con una sonrisa.

¿Cómo?