La luna que él no quería Capítulo treinta y nueve
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Capítulo treinta y nueve

Por fin había llegado el día de la ceremonia de unión del alfa Thomas con su querida compañera elegida.

Decidí ponerme el vestido que había escondido en el armario.

Ya no quería seguir ocultándolo, así que lo saqué y Gilda me ayudó a prepararlo.

Incluso pareció alegrarse de que hubiera decidido llevarlo.

Ahora que era la supuesta compañera del príncipe heredero, confiaba en que el alfa Thomas no volvería a acercarse a mí.

Antes de la ceremonia quise ir a ver a mis petirrojos lunares, así que salí a escondidas. Necesitaba saber si estaban listos para abandonar el nido. No quería que la nueva luna los descubriera y destruyera el nido, como había ocurrido en mi visión.

Gilda me dio un aceite preparado por la chamana para ocultar mi olor. Así reduciría el riesgo de que el alfa Thomas me encontrara, aunque estuviese ocupado con los preparativos de la ceremonia.

Llegué al jardín sin que nadie me viera. Allí encontré a Teddy y Kaylo enfrascados en lo que parecía una discusión acalorada. Hablaban en voz baja para que nadie los oyera. Como siempre había sido curiosa, me acerqué a escuchar.

No tardaría en arrepentirme.

—No volveré a encubrirte —dijo Kaylo. Su voz no tenía el tono divertido de costumbre.

—Solo esta vez —respondió Teddy, casi suplicante.

—¿Al menos vas a decirle que estás prometido con otra? —preguntó Kaylo. Su habitual expresión de suficiencia reapareció de inmediato.

Teddy le dirigió una mirada irritada.

Aquello no me sorprendió. Ya sabía que Teddy estaba prometido con otra persona. El alfa Thomas había tenido la amabilidad de contármelo cuando me lo encontré en el jardín y estuvo a punto de marcarme por despecho.

Desde donde estaba podía verlos bastante bien, aunque temía que me descubrieran. No conseguía marcharme. Quería saber de qué más hablaban y entender por qué Kaylo estaba enfadado. Al menos, no parecía aprobar lo que hacía Teddy.

—Justo lo que pensaba. Tengo que admitir que has puesto al alfa Thomas exactamente donde querías: de rodillas. Has jugado muy bien la carta de la compañera. Supongo que ella no sabe que las chicas sin loba no tienen compañeros —dijo Kaylo, con un tono de cruel diversión.

Teddy puso los ojos en blanco. Parecía harto de escuchar sus reproches.

Sus palabras me dejaron vacía. Me tapé la boca para ahogar un grito que nunca llegó a salir. ¿Cómo había podido ser tan estúpida? ¿Cómo había creído de verdad que Teddy era mi compañero? A su manera retorcida, Kaylo había intentado advertirme, pero yo me había negado a verlo.

Traté de respirar y de no desplomarme allí mismo.

—Haz lo que quieras, pero no voy a seguir encubriéndote —dijo Kaylo. Había algo distinto en su voz.

—¿Tengo que recordarte quién soy? —preguntó Teddy, con aquel tono imperioso que ya le había oído antes.

Kaylo se rio en su cara. Fuera quien fuese en realidad, tenía mucho más poder que Teddy. Lo había sentido la última vez que nos habíamos encontrado.

—Le prometiste al rey alfa que pondrías fin a este juego cruel. Si le pasa algo, puede que acabes teniendo que casarte con ella. Quizá ni siquiera esté fingiendo esa fragilidad. ¿Te has parado a pensarlo alguna vez? —dijo Kaylo.

Teddy no contestó. Se limitó a gruñirle, sin que Kaylo pareciera inmutarse.

—¡Soy un jodido general, no una niñera! No pienso quedarme aquí mirando cómo destruís a una chica inocente por puro placer —espetó Kaylo antes de marcharse, visiblemente enfadado.

Teddy se quedó allí, molesto con su amigo. Por un instante deseé que algo le cayera encima y lo matara allí mismo. Estaba furiosa con él por haber jugado conmigo, pero aún más conmigo misma por haber creído que lo nuestro era real. Parecía que todavía no había aprendido la lección.

¿En qué estaba pensando cuando me convencí de que era su compañera? Solo me había utilizado para llegar hasta el alfa Thomas y divertirse a mi costa.

Tuve que contener las ganas de salir de mi escondite y gritarle.

Hasta ese momento no había estado segura de querer ponerme el vestido aquella noche.

Ahora no tenía ninguna duda. Si él quería jugar, yo también jugaría.Estaba harta de que esos hombres se creyeran con derecho a utilizarme solo porque tenían poder.

Teddy se marchó poco después con expresión pensativa, como si algo le pesara. Por un momento temí que hubiese percibido mi presencia, pero ni siquiera yo podía detectar mi propio olor.

Tardé en reunir fuerzas para salir de allí.

Había pasado un buen rato llorando en silencio, escondida entre los arbustos.

En el fondo, siempre había sabido que Teddy no se casaría conmigo.

No era digna de ser su esposa. No era nadie: una don nadie sin loba.

Lo que nunca habría imaginado era que me mentiría diciéndome que era su compañera.

Que me mentiría a la cara y fingiría que le importaba.

Se le daba mejor fingir que al alfa Thomas: nos había engañado a todos, incluso a él.

Si la vida es un chiste, yo soy el hazmerreír, pensé, riéndome entre lágrimas.

Cuando por fin me levanté, fui a buscar a la chamana. Quería pedirle que me llevara al Templo de la Diosa de la Luna para servir a la suma sacerdotisa. La chamana era la única persona que sabía cómo llegar hasta allí y la única en quien confiaba para que me ayudara.

Vivía en una pequeña cabaña no muy lejos del palacio. Cuando llegué, no estaba en casa, aunque había dejado la puerta abierta. Entré con intención de esperarla y me puse a curiosear entre los libros de las estanterías y las extrañas pociones que había allí.

Después de un rato me aburrí. Tomé una de las pociones y un libro que me pareció interesante, lo bastante pequeño para caber en el bolsillo del vestido, y emprendí el regreso a mi habitación. Por el camino recogí algunas hierbas del jardín y conseguí volver sin que nadie me viera.