Capítulo treinta y ocho
Estaba tan desconcertada por haber chocado con Kaylo que, por un momento, olvidé por completo al hombre que me perseguía: el alfa Thomas. Pero al volver la vista hacia él, vi algo en sus ojos que me revolvió el estómago. Me giré despacio hacia Kaylo y recé en silencio para que me salvara.
Kaylo parecía perfectamente tranquilo. Por el brillo de sus ojos, supe que estaba pensando, calculando cuál sería su siguiente movimiento.
—Tu deseo está a punto de hacerse realidad —susurró, con un tono divertido.
No parecía tener intención de ayudarme, así que me resigné a lo que fuera a pasar. Se me llenaron los ojos de lágrimas y me maldije por haber provocado al oso. O, mejor dicho, al lobo.
Me aparté de Kaylo sin decir nada, pero no había avanzado mucho cuando tropecé y, de algún modo, volví a caer contra él. Aquello pareció divertirlo todavía más.
—De verdad que eres un caso perdido —dijo entre risas.
Su risa pareció afectar al alfa Thomas, porque dejó de perseguirme. Se había detenido a una distancia que debería haberme hecho sentir a salvo, aunque todavía estaba demasiado cerca para que yo pudiera huir.
—Alfa Thomas, ¿de verdad quieres empezar una guerra por una chica? —preguntó Kaylo, mirando al alfa Thomas, cuyos ojos seguían ardiendo con un fulgor rojo que ya no sabía interpretar.
El alfa Thomas no respondió. Se limitó a mirarme con aquella expresión enloquecida.
Me alejé discretamente de Kaylo, que seguía tan tranquilo como si el mal humor del alfa Thomas y todo lo que acababa de ocurrir no fueran con él.
Yo, en cambio, estaba asustada y muerta de vergüenza: todavía no podía creer que hubiera tocado a Kaylo en partes del cuerpo que jamás le había tocado a ningún hombre.
Sin pronunciar una palabra, el alfa Thomas se marchó. Me sorprendió. Había esperado que se enfrentara a Kaylo o que, al menos, dijera algo antes de irse. Tal vez había comprendido que no merecía la pena meterse en tantos problemas por mí y, por alguna razón, esa idea me produjo alivio.
Kaylo me observaba con aquella expresión divertida. Casi di un salto al verlo: había olvidado por completo que seguía allí. En el fondo, esperaba que hubiese desaparecido con la misma discreción con la que había aparecido.
—No entiendo qué tienes para obsesionarlos tanto —dijo, examinándome con atención.
—Yo tampoco, pero aquí estamos —murmuré.
Eso solo consiguió hacerlo reír.
—Reconozco que tienes carácter, pero, si te soy sincero, serías una reina terrible. Eres débil. Espero que Teddy cambie de opinión sobre casarse contigo —dijo, con la misma diversión en la voz.
Sus palabras me hicieron daño porque sabía que tenía razón. Era perfectamente consciente de que no tenía poderes especiales ni loba. Tampoco había elegido aquella vida ni quería estar allí. Y desde luego no le había pedido a Teddy que se casara conmigo.
—Hablas como si yo pudiera decidir algo de todo esto. Ni siquiera me dejó morir —respondí.
Se me llenaron los ojos de lágrimas, pero me obligué a contenerlas. No quería llorar delante de Kaylo y darle otra prueba de lo débil que era.
Antes de marcharme, me volví hacia él una última vez.
—No te preocupes. El alfa Thomas no dejará que salga viva de este lugar.
Lo dejé allí sin mirar atrás. No soportaba aquella expresión de suficiencia. Kaylo no sabía lo que significaba no tener poder. No era como yo. Él era poderoso, verdaderamente poderoso, y podía sentirlo cada vez que estaba cerca.
Alguien como él jamás comprendería a alguien como yo: a una persona que vivía siempre con miedo, que apenas podía dormir por las noches porque el miedo la perseguía a todas partes.
En ese momento decidí que no permitiría que el miedo siguiera dominándome. Pasara lo que pasara después, viviría con ello o moriría por ello.
Dejé que las lágrimas me corrieran por las mejillas. Kaylo ya no podía verme y, a esas alturas, tampoco me importaba.
—¿Quién ha hecho llorar a mi compañera? —oí preguntar a Teddy con suavidad.
Ni siquiera lo había visto delante de mí y estuve a punto de chocar también con él.
Tu estúpido amigo, pensé con amargura.
—El alfa Thomas la acorraló en el jardín —respondió una voz a mi espalda.
Solo entonces comprendí que Teddy no me había preguntado a mí.
Tampoco me había dado cuenta de que Kaylo me había seguido.
Por supuesto que lo había hecho: seguramente yo caminaba en la dirección en la que él tenía que ir.
Teddy me rodeó con los brazos y me atrajo hacia él en un abrazo tan cálido que me relajé al instante.
De pronto fui dolorosamente consciente de la imagen que debía de ofrecer: la de una muchacha frágil y aterrorizada. Lo odié, pero no pude dejar de llorar.
—Tenemos que encontrar la manera de sacarla de aquí. Y pronto —dijo Kaylo en voz baja.
Por primera vez desde que lo conocía, su voz no tenía aquel tono divertido.
—Lo sé —susurró Teddy contra mi pelo.
No entendía por qué Kaylo había dicho aquello. No tenía ninguna necesidad de fingir que se preocupaba por mí. Entonces se me ocurrió que probablemente solo intentaba evitar un desastre político. Si el alfa Thomas me hacía algo, enfurecería a la familia real.
Cuando por fin logré calmarme, me aparté despacio de Teddy. Era dulce conmigo, pero no quería hacerme demasiadas ilusiones. No soportaría que me rompieran el corazón otra vez.
—Voy a mi habitación —dije en voz baja.
Y a morir allí, pensé.
Teddy me miró con la ternura de siempre y se me enterneció el corazón. Quería quedarme entre sus brazos, porque con él me sentía a salvo, pero sabía que no podía. Me alejé poco a poco.
—Kaylo te acompañará —dijo con suavidad. Luego se volvió hacia su amigo—. Protégela con tu vida.
Teddy me besó la mano antes de que me marchara. Eché a andar hacia mi habitación tan deprisa como pude, sin volver la vista atrás.
Al llegar, abrí la puerta, entré y estuve a punto de cerrársela a Kaylo en la cara. Él la empujó suavemente, pasó al interior y examinó la habitación.
—¿Ya estoy lo bastante a salvo? —pregunté, intentando disimular mi irritación.
Todavía estaba enfadada con él, aunque ni siquiera sabía bien por qué.
—Esto me gusta tan poco como a ti, pero te protegeré de él —respondió. Su tono era mucho menos divertido que antes.
Me alejé de Kaylo por instinto. No le tenía miedo; simplemente no quería rozarlo por accidente otra vez y que pensara que lo había hecho a propósito.
Me observó un momento y luego se acercó. Demasiado. Podía sentir el calor que desprendía su cuerpo.
—Ese numerito de hacerte la dulce e inocente no te llevará muy lejos. Me aseguraré de que nunca te conviertas en su luna —dijo, con el aliento cálido rozándome la cara.
Quise apartar la mirada, pero sabía que, si lo hacía, él pensaría que tenía razón. Así que mantuve la cabeza erguida, a pesar de las lágrimas que empezaban a llenarme los ojos.
—Si dependiera de mí, dejaría que el alfa Thomas hiciera contigo lo que quisiera, porque no vales todos los problemas que estás causando —añadió.
Tragué saliva con dificultad.
—He oído que el alfa Thomas puede ser bastante brutal en la cama.
Un escalofrío me recorrió al instante. Recordé cómo me había tratado en mi visión, lo que le había hecho a mi cuerpo, y tuve que contener las ganas de gritar.
Kaylo era alto y se alzaba sobre mí. Su cercanía empezaba a incomodarme. Ya no sabía si comenzaba a tenerle miedo a él o si era por las imágenes de mi visión con el alfa Thomas, que irrumpían una y otra vez en mi mente. Mi cuerpo empezó a temblar y, por mucho que lo intenté, no pude controlarlo.
—Oh, basta ya —dijo, otra vez con tono divertido—. Puede que ese truco funcione con Teddy, pero conmigo no. Seguramente se aburrirá pronto de ti. Para que lo sepas, no eres la primera y probablemente tampoco serás la última.
Dicho eso, salió y cerró la puerta tras él. Temblaba tanto que me desplomé en el suelo antes de llegar siquiera a la cama. No podía quitarme de la cabeza la idea de que quizá tenía razón. Ya no sabía qué hacer.
Al final hice lo único que podía: lloré.