Capítulo treinta y siete
Ahora siempre tenía un guardia siguiéndome.
Cada vez que el alfa Thomas intentaba hablar conmigo, los guardias se interponían.
A veces me acompañaban dos o tres. Con cada día que pasaba, él parecía más desesperado.
Y cada vez que lo veía, me daba un poco más de miedo.
No sabía qué haría si alguna vez nos quedábamos a solas.
En cambio, cada vez que veía a Teddy, sentía la misma calidez en el corazón.
Me gustaba un poco más con cada encuentro.
Por desgracia, casi nunca teníamos tiempo para estar solos.
Gilda me vigilaba incluso más de cerca que los guardias.
Después de lo ocurrido aquella noche, ella también temía al alfa Thomas.
Un día, sin saber cómo, acabé sola en el jardín.
Me detuve a admirar a los petirrojos lunares.
Estaban exactamente donde Ash me los había mostrado en mi visión y crecían deprisa.
Pronto podrían volar. Quise trepar al árbol para verlos de cerca, pero sabía que no lo conseguiría sin la ayuda de Ash.
Me quedé al pie del tronco, contemplándolos. Eran preciosos.
Oí que alguien se acercaba y, por un momento, se me paró el corazón. Percibí el aroma de Teddy mezclado con otro olor. Sus pasos también sonaban distintos.
A pesar de la alarma que empezaba a crecer en mi interior, me volví con una gran sonrisa. La sonrisa desapareció en cuanto vi al alfa Thomas.
¿Por qué olía como Teddy?
Retrocedí por instinto. No quería mostrarle cuánto miedo le tenía. Busqué a los guardias con la mirada, pero no vi a ninguno. El pánico empezó a cerrarme el pecho. ¿Dónde estaban? ¿Les había hecho algo?
—No tengas miedo de mí. No voy a hacerte daño —dijo con voz suave.
—¿Qué quieres? —pregunté. Apenas me salió un susurro.
—Quiero hablar contigo. Él ni siquiera me permite dirigirte la palabra. Es indignante. Yo te crie —respondió.
Parecía dolido de verdad.
Si Teddy no le permitía acercarse a mí, quizá era porque sabía cómo era en realidad el alfa Thomas. Yo todavía no conseguía creerlo del todo. Una parte de mí seguía deseando estar equivocada.
—Teddy no está siendo sincero contigo —añadió.
Tuve que contener las ganas de poner los ojos en blanco.
¿Y tú sí?, pensé con amargura.
—No va a casarse contigo. Ya está prometido a otra persona. Se casará con una princesa, no contigo —dijo.
Sonaba triste, o al menos intentaba parecerlo.
Sus palabras me dolieron, pero no porque le creyera.
Me dolieron porque por fin podía ver lo que estaba haciendo: intentaba manipularme.
No necesitaba recordarme lo insignificante que era yo en aquel mundo.
Tampoco era tan ingenua como para dar por hecho que el príncipe heredero se casaría conmigo.
Aun así, prefería arriesgarme y marcharme con Teddy antes que quedarme allí con el alfa Thomas y su espantosa luna.
—¿Cuáles son exactamente tus intenciones conmigo? —le pregunté.
—¿Qué quieres decir? —respondió, acercándose.
Di un paso atrás de inmediato. No lo quería cerca y ya no sabía de qué era capaz.
—Me has oído. La otra noche, cuando Teddy te preguntó qué pensabas hacer conmigo, no respondiste —dije sin bajar la mirada.
El alfa Thomas me observó como si no pudiera creer lo que acababa de oír. Para ser sincera, yo tampoco podía creer que estuviera enfrentándome a él.
—El príncipe heredero intenta manipularte. ¿De verdad crees que va a casarse contigo? ¿Eres tan ingenua? —preguntó.
La ira cruzó su rostro. Ya no conseguía ocultarla.
—¡Responde a mi pregunta! —grité.
Me miró atónito.
—De verdad crees que eres su compañera —susurró.
Si él no iba a decir la verdad en voz alta, lo haría yo.
Él todavía pensaba que yo no sabía nada, que seguía siendo aquella niña ingenua.
No me atrevía a soñar con que el príncipe heredero se casara conmigo, pero sí veía en él una manera de salir de allí.
Sabía que ya no podía seguir viviendo en aquel palacio.
—Te diré cuáles eran tus planes. Querías casarte con ella y conservarme a mí como compañera. Si crees que voy a seguir creyéndome todo lo que dices, te equivocas —respondí. Ya no podía contener la rabia.
Quería darle un puñetazo, aunque sabía que no serviría de nada. Era mucho más fuerte que yo.
—No es como piensas —dijo. Su voz se suavizó.
—¡Ahórratelo! —lo interrumpí—. Te oí hablar con el beta Alden en tu despacho.
Abrió mucho los ojos. Casi me eché a reír ante la ironía. Sorpresa: lo sabía todo. Él creía que aún tenía poder sobre mí. Yo había querido pensar que era diferente y me había negado a verlo como era. Ya estaba cansada de buscar excusas para su comportamiento de mierda.
—Si crees que puedes abandonarme, te equivocas —gruñó.
Había un brillo salvaje en sus ojos que me provocó un escalofrío.
Sí, resopla y gruñe. Seguro que así pareces muy poderoso, pensé con amargura.
—¿Qué vas a hacer? ¿Morderme? —pregunté, manteniéndome firme.
Se acercó y yo retrocedí despacio. Mi mente trabajaba a toda velocidad, intentando encontrar una forma de salir viva de allí. Podía sentir crecer su ira, mezclada con deseo. Sus ojos brillaron con una luz roja. Olía mal, verdaderamente mal, como algo podrido que se descomponía poco a poco.
—Pues eso es exactamente lo que voy a hacer —respondió con una risa burlona.
Me maldije al instante por haberle dado la idea. ¿Por qué no podía mantener la boca cerrada? Me prometí que la próxima vez pensaría mejor las cosas antes de hablar.
Asustada, seguí retrocediendo hasta que choqué con algo. O, mejor dicho, con alguien.
No sabía quién era. Su aroma no me resultaba familiar. Era un hombre de complexión fuerte. Bajo la mano con la que intenté sostenerme noté músculos firmes, en un lugar donde desde luego no debería haberla puesto. Me sonrojé y aparté la mano de inmediato.
Me volví muy despacio. El tiempo pareció alargarse hasta el infinito. Estaba tan cerca de aquel hombre que mi nariz apenas le llegaba a la parte alta del abdomen. Era increíblemente alto. Desde donde me encontraba ni siquiera podía verle bien el rostro.
Alcé la cabeza. Primero descubrí una sonrisa divertida. Después, dos ojos dorados que brillaban.
Entonces me di cuenta de la imagen que debíamos de ofrecer. Casi estaba trepando por él como si fuera un árbol y, para colmo, ya lo había tocado donde no debía. Solo pensarlo hizo que volviera a sonrojarme.
Su descaro me irritó al instante. Intenté darle una bofetada, pero me atrapó la mano y se rio otra vez.
Lo que no entendía era por qué tenía los ojos dorados.
Al mirarlo de cerca, advertí lo mucho que se parecía a Teddy. Era igual de guapo, quizá incluso más, y de algún modo parecía todavía más alto.
¿Por qué Kaylo también tenía ojos dorados?