Capítulo treinta y seis
El corazón me latía a toda velocidad. Ya no entendía qué estaba pasando. Tal vez había oído mal a Teddy. Quizá solo estaba provocando al alfa Thomas, que parecía completamente atormentado. Debo admitir que disfruté un poco al verlo así.
Kaylo pareció sorprendido al principio, pero luego se le fue dibujando una sonrisa en el rostro. El beta Alden parecía encantado. También él disfrutaba viendo sufrir al alfa Thomas, así que no era la única. Teddy tampoco parecía pasarlo mal.
Gilda llegó más tarde. Durante un instante pareció preocupada, pero sonrió con aire cómplice al ver que Teddy me sostenía la mano. Como siempre, sabía algo que yo ignoraba. Esta vez pensaba preguntárselo en cuanto los demás se fueran. Esperaba que se marcharan pronto, antes de que ocurriera algo.
El alfa Thomas parecía a punto de morder a alguien.
—Eso no es cierto —dijo con voz vacilante.
Nunca lo había visto así.
—¿Estás poniendo en duda mi juicio, alfa Thomas? Creo que soy capaz de reconocer a mi propia compañera —respondió Teddy.
Su tono había cambiado. Ahora hablaba con autoridad.
—No quise decir eso —replicó el alfa Thomas.
Sus ojos ardían con un fulgor rojo. No dejaba de mirarme, y su mirada me quemaba la piel. Me acerqué a Teddy por instinto.
—Bien —dijo Teddy. Sus ojos brillaban con una luz dorada—. Por un momento pensé que tendría que recordarte quién soy.
Volvió a hablar con aquella autoridad que no dejaba lugar a dudas sobre su posición.
Era evidente que el comportamiento del alfa Thomas le desagradaba. Teddy sabía algo. Temí que conociera sus intenciones conmigo y, durante un momento, sentí vergüenza. Me avergonzaba la forma en que el alfa Thomas me veía.
—Estoy seguro de que el alfa Thomas no pretendía faltarte al respeto —intervino Kaylo.
Había diversión en su voz. Todo parecía divertirlo.
Fuera quien fuese Kaylo, el alfa Thomas no se atrevió a responderle. Eso aumentó mi curiosidad. El alfa Thomas hacía un esfuerzo enorme por no perder el control allí mismo. Tenía todo el cuerpo tenso y podía ver la furia contenida bajo su aparente calma.
—Quizá deberíamos dejar que Aylene descanse. Ha pasado por mucho últimamente y todavía se está recuperando de unas heridas recientes —dijo el beta Alden con tranquilidad, como si mencionara aquel detalle por casualidad.
Teddy se tensó a mi lado. Podía sentir su tristeza, aunque por fuera permaneciera sereno. El alfa Thomas fulminó con la mirada al beta Alden. Kaylo ya no parecía estar divirtiéndose. Por un instante vi compasión en sus ojos.
—¿Qué heridas? —preguntó Teddy.
Era la primera vez desde que lo conocía que veía una furia auténtica en su mirada.
—Será mejor que hablemos de eso fuera —respondió el beta Alden. Hizo una reverencia y salió de la habitación.
Kaylo fue tras él. El alfa Thomas, en cambio, no mostró intención de irse. Nos miraba con incredulidad.
Teddy me besó la mano y me sonrojé de inmediato. Después me acarició el pelo con suavidad. No sé cómo consiguió que me ruborizara aún más. Levanté la mano y le toqué el rostro. Sus ojos resplandecieron. Me atrajo hacia él y lo rodeé con los brazos sin siquiera pensarlo.
Me pareció oír un pequeño quejido. No sabía si había sido Teddy, yo o quizá el alfa Thomas. Había olvidado por completo que seguía en la habitación con Gilda.
—Eres tan dulce —me susurró Teddy sobre el cabello.
Sentí que me derretía entre sus brazos.
Me aparté un poco para mirarlo a los ojos. Volvían a brillar con una luz dorada. Había en ellos una ternura que nunca había visto en la mirada del alfa Thomas.
De pronto, el conejito saltó sobre mí. Para mi sorpresa, Teddy se echó a reír.
—Parece que alguien está un poco celoso —dijo, divertido.
Levantó al conejito y lo acarició con cuidado antes de devolvérmelo. Luego volvió a besarme la mano. De algún modo supe que estaba a punto de marcharse y me entristecí. Quería que se quedara conmigo, pero sabía que no era posible. No aquella noche, con el alfa Thomas observándonos.
—Duerme bien, princesa mía —susurró.
Me sonrojé otra vez. ¿Acababa de llamarme princesa? ¿A mí, entre todas las mujeres del reino?
Teddy se levantó para irse. El alfa Thomas intentó acercarse enseguida a mi lado, pero Teddy se lo impidió. Su expresión se endureció.
—No puedes acercarte a ella. Aylene es inocente y no comprende tus intenciones, pero yo sí —dijo. En su voz había ira y también tristeza.
Tuve la impresión de que conocía los planes del alfa Thomas, o al menos los sospechaba. Los comentarios que Kaylo había hecho antes me llevaron a pensar que él también sabía algo.
—No puedes impedírmelo. Es mi protegida y yo la he criado —gruñó el alfa Thomas.
—Entiendo que la hayas criado y te recompensaré generosamente por ello. Pero ella te tiene miedo y no me fío de dejarte cerca de ella —respondió Teddy.
Se aproximó al alfa Thomas, que de pronto pareció inquietarse un poco. Tal vez solo fue una impresión mía.
El alfa Thomas intentó hablar, pero Teddy lo detuvo antes de que pudiera hacerlo.
—No es nada personal. No me fío de ningún hombre cerca de ella, no solo de ti —añadió.
El alfa Thomas pareció calmarse un poco al oír aquello.
No volvió a insistir en acercarse y finalmente retrocedió.
Sin embargo, cuando me miró, vi algo en sus ojos que me asustó.
Era la misma expresión que había tenido aquella noche de mi visión en la que había empezado todo.
Estaba planeando algo. Se me escapó un grito de miedo.
Gilda se apresuró a abrazarme. Sentí que sabía exactamente lo que estaba pensando. Quizá era así: le había contado todo lo que había visto, o al menos casi todo.
Teddy se volvió hacia mí de inmediato, preocupado.
—Solo está cansada —respondió Gilda antes de que él pudiera preguntar qué me ocurría.
No pareció satisfecho con la explicación, pero decidió no insistir. Esperó hasta que el alfa Thomas salió de la habitación y entonces volvió a mirarme.
—Por favor, cierra la puerta con llave cuando me vaya. Pondré un guardia fuera de tu cuarto —dijo.
Me dirigió una última mirada antes de marcharse.
Gilda me sostuvo entre sus brazos un momento más. Después fue a preparar un baño, pues yo seguía cubierta de barro. La seguí en silencio, sin saber todavía qué acababa de pasar.
No podía creer que Teddy fuera mi compañero. Era dulce y era un príncipe. Pero las letras que habían aparecido en mi piel señalaban al alfa Thomas. Mi visión también.
Ya no sabía qué pensar.