Capítulo treinta y tres
Con el corazón roto, busqué la forma de salir de mi escondite antes de que me descubrieran. Ya no quería enfrentarme al alfa Thomas. Solo deseaba correr a mi habitación y llorar. Sus intenciones estaban claras: quería conservarme como compañera, pero jamás me honraría convirtiéndome en su luna.
—Renuncio a mi puesto de beta. Tienes hasta después de tu boda para encontrar a otro —dijo el beta Alden, dispuesto a marcharse.
Parecía dolido. De verdad había querido ayudarme. Ahora sabía que el alfa Thomas nunca me permitiría casarme con Ash. Todo había sido una farsa. Se me llenaron los ojos de lágrimas al comprender que jamás había pensado dejarme ir.
—No te lo tomes como algo personal. No tienes por qué renunciar —respondió el alfa Thomas.
Luego se echó a reír.
Olí cómo crecía la ira del beta Alden. Nunca lo había visto tan alterado.
—¿Que no me lo tome como algo personal? ¡Intentaste matar a mi hijo! Me mentiste a la cara. Me dijiste que Aylene no quería casarse con él, cuando tú la querías para ti desde el principio. Ella no es tu compañera. Te estás engañando. No la mereces —dijo el beta Alden. La voz le temblaba de rabia.
—¡No te atrevas! —gruñó el alfa Thomas.
—Si crees que se quedará contigo, te equivocas. Eligió a mi hijo. Y ya prefirió morir antes que estar contigo —replicó el beta Alden, dándose la vuelta para salir.
—Eso fue por la visión falsa que le metisteis en la cabeza —escupió el alfa Thomas.
—Repítete lo que necesites para sentirte mejor. Nadie alteró su mente. El ritual fue real. Lo que la Diosa de la Luna le mostró era la verdad —dijo el beta Alden.
Salió del despacho visiblemente disgustado.
Me deslicé fuera de mi escondite detrás de él y casi choqué contra su espalda. Todavía temblaba. El beta Alden me tomó de la mano para ayudarme a mantener el equilibrio.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
Asentí, aunque debía de estar pálida. Todo lo que acababa de oír se reflejaba en mi cara. Sinceramente, no sabía si algún día podría recuperarme de aquello. Por un instante deseé haberlo soñado, pero el beta Alden estaba frente a mí. Era real. Había escuchado la verdad.
Seguramente adivinó de dónde venía, pero no dijo nada. Agradecí su silencio. Mi mente aún intentaba asimilarlo todo.
—¡Aylene! —llamó el alfa Thomas a mi espalda.
Me obligué a no llorar. Se acercó y compuse una sonrisa. No quería que sospechara que lo había oído. Todavía no.
—¡Aquí estás! Te he buscado por todas partes. ¿Qué haces aquí? —preguntó con una voz cálida, muy distinta de la que había usado con el beta Alden.
Unos días antes quizá le habría creído. Ahora su ternura me revolvía el estómago, pero mantuve la calma.
—Estaba fuera con Aylla. Vine a buscar al beta Alden —respondí con dulzura.
Yo también podía fingir.
—¿Qué asunto tienes que tratar con él? —preguntó el alfa Thomas.
Vi un destello de sospecha en sus ojos.
Te encantaría saberlo, pensé. Desde luego, no podía decirle que había ido a buscarlo a él y había terminado escuchando por accidente su conversación con el beta Alden.
—Quería preguntarle si podríamos celebrar la ceremonia en su jardín. Como aceptaste que me casara con su hijo, ya he empezado a planear la boda. Sería precioso celebrarla donde Ash y yo nos conocimos. Muy romántico —dije con aire soñador, llevándome las manos a las mejillas.
La calma del alfa Thomas empezó a resquebrajarse. Vi aparecer la ira en sus ojos y no pude evitar sentir cierta satisfacción.
Miré al beta Alden. Él también parecía divertido.
—No hay ninguna prisa. Deberías tomarte tu tiempo para decidir —dijo el alfa Thomas, haciendo un esfuerzo evidente por conservar la serenidad.
—Cuanto antes nos casemos, antes podremos tener hijos. Ojalá sean gemelos. Imagínate dos versiones pequeñitas de nosotros corriendo por los terrenos del palacio, igual que hacíamos de niños —añadí con una sonrisa soñadora.
Suspiré de felicidad para completar la escena.
Sabía que me estaba pasando, pero no pude contenerme. Al alfa Thomas le tembló un párpado. Parecía a punto de lanzarse sobre mí.
El beta Alden intentaba no reírse. No lo culpaba.
—Los jóvenes —comentó, divertido.
El alfa Thomas forzó una sonrisa, aunque yo sabía que no estaba contento. Podía oler su rabia. Si creía que podía hacer conmigo lo que quisiera, se equivocaba.
Gilda apareció entonces. Durante un instante pareció preocupada. Luego me sonrió.
—¿Me ayudas a elegir el vestido de novia? —le pregunté mientras la guiaba hacia mi habitación.
Bajé la voz, aunque no tanto como para impedir que el alfa Thomas me oyera.
—¿Qué ropa interior crees que debería ponerme para mi primera noche con Ash? —le susurré.
Oí gruñir al alfa Thomas. Ya no podía controlarse.
A mí tampoco me importaba lo que sintiera.
Él no se había preocupado por mis sentimientos.
Me había criado para ser su juguete y nunca había pensado casarse conmigo, aunque yo fuera su compañera.
No pretendía honrar nuestro vínculo. Igual que en mi visión, quería mantenerme a su lado mientras se casaba con otra mujer.
Una vez dentro de mi habitación, Gilda me miró confundida. Intentaba entender lo que acababa de pasar.
—¿Vas a casarte con el hijo del beta? —preguntó con cautela.
Suspiré.
—No lo permitirá. Lo oí hablar con el beta Alden. Quiere conservarme como compañera mientras se casa con otra. Ya tienen un acuerdo. Solo estaba provocándolo —respondí en un susurro, temiendo que alguien pudiera escucharnos.
Gilda abrió mucho los ojos, horrorizada, y no dijo nada más.
Mi destino parecía estar decidido. Por lo visto, no había escapatoria.