Capítulo treinta y cuatro
Aquella noche oí al alfa Thomas caminar de un lado a otro frente a mi puerta. Apenas pude dormir. Gilda se quedó conmigo y me ayudó a calmarme. Me aterraba que él entrara en la habitación. Esperaba que no lo hiciera: con su futura luna a punto de llegar, tendría que guardar las apariencias.
Ella llegó al día siguiente. Su presencia me vino bien, pues mantuvo al alfa Thomas ocupado y lejos de mí. Fui a ver a Aylla para asegurarme de que Ash estuviera bien. Por suerte, no le había hecho daño.
Ya no sabía de qué era capaz el alfa Thomas. Seguía sin dejarme casarme con Ash. Me había dicho que esperara hasta después de su propia boda y me había prometido que su nueva luna cuidaría de mí.
Los dos sabíamos que no pensaba permitir aquel matrimonio. Sentía curiosidad por saber cómo me comunicaría que había decidido conservarme como compañera. Mientras tanto, fingía ser ingenua. Él no parecía sospechar que yo conocía sus planes.
Volví a preguntarle si podía casarme con Ash. Hice un mohín cuando me dijo que debía esperar, pero decidí no discutir.
—Mi dulce niña, espero que entiendas por qué tenemos que aplazarlo —dijo mientras me acariciaba el pelo.
Sonreí y fingí comprenderlo.
—No entiendo qué ves en ese muchacho —admitió.
—Es dulce, atento y fuerte —respondí.
Para conseguir sonrojarme, pensé en el apuesto hombre del salón de baile. Recordé cómo me había tocado y besado. El alfa Thomas vio mi rubor y pudo notar que me gustaba el hombre en quien pensaba. No tenía ni idea de que ese hombre no era Ash.
No dijo nada. Se obligó a mantener la calma y a sonreír, aunque yo podía sentir la tormenta que llevaba dentro.
—Me alegra tanto contar con tu bendición. Eres como un padre para mí. Te agradezco todo lo que has hecho por mí durante estos años —dije antes de abrazarlo.
No parecía contento, pero me devolvió el abrazo. Cuando me aparté, vi un destello de ira en sus ojos. Era evidente que no esperaba que lo viera como a un padre. Apostaría a que aquello no formaba parte de sus planes.
En ese momento llegó el beta Alden y anunció que los invitados habían llegado con la futura luna del alfa Thomas.
—Estoy deseando conocer a la luna, padre —dije, apoyándole una mano en la mejilla.
Volvió a temblarle un párpado. Sus ojos brillaron con una luz roja. Mi nueva forma de llamarlo lo había enfurecido.
El beta Alden parecía muy divertido. El alfa Thomas le gruñó y se marchó a grandes pasos.
—¿Intentas matarlo de rabia? —preguntó el beta Alden.
Me eché a reír. Los dos conocíamos la verdad. Sabía que yo había escuchado su conversación.
—¿Ash está a salvo? —le pregunté.
Temía que el alfa Thomas tomara represalias después de lo que acababa de decirle.
—Ash y Aylla están lejos de aquí. Mi esposa también —respondió.
Asentí.
—Gracias —susurré antes de marcharme.
Me aliviaba saber que mis amigos estaban a salvo. Sabía que el beta Alden se iría después de la boda del alfa Thomas, pero no estaba segura de poder acompañarlo. No quería que arriesgara la vida por mí.
El jardín era el único lugar donde sentía que podía respirar.
No tenía obligación de conocer a la futura luna ni a los invitados.
Tampoco estaba preparada para enfrentarme a ella.
Rogaba que no fuera la mujer de mi visión.
Era insoportable, y no solo por todo lo que me había hecho allí: su sola presencia me revolvía el estómago.
En el jardín encontré un conejito blanco. Era idéntico al de mi visión. Intenté recogerlo, pero resbalé y me golpeé la cabeza con fuerza contra el muro. El conejito saltó enseguida a mi regazo, como si hubiera estado esperándome.
—Eres adorable, ¿lo sabes? —le dije mientras lo acariciaba.
Parecía tan contento de verme como yo a él.
Me dolía la cabeza y sangraba un poco. Probablemente debería ir a ver a la sanadora. Guardé al conejito en el bolsillo de mi vestido y regresé al palacio.
Por desgracia, no conseguí llegar a mi habitación sin que me vieran. Me encontré con el alfa Thomas y su futura luna. No estaban solos.
Era la misma mujer de mi visión. Su olor me provocó náuseas al instante y me llevé una mano a la boca.
Entonces me di cuenta del aspecto que debía de tener. El vestido estaba manchado de barro, llevaba hojas enredadas en el pelo y parecía que acababa de perder una pelea con un arbusto.
—¿Quién es esta chica asilvestrada? —preguntó la mujer, con desprecio en la voz.
Había algo en la mirada del alfa Thomas que no supe interpretar. Tampoco me importó. Empezaba a pensar que aquella mujer era exactamente la esposa que se merecía.
Él la ignoró y se volvió hacia mí.
—Aylene, ¿qué te ha pasado?
—Un conejito —respondí, sacándolo del bolsillo.
Entonces oí una risa que provocó una reacción extraña en mi cuerpo.
—Creo que es la protegida del alfa Thomas —dijo una voz que me hizo sentir calor al instante.
El hombre del salón de baile estaba allí. Me miraba divertido. Era tal como lo había visto en mi visión, solo que esta vez se adelantó y me ofreció la mano.
Se la tendí. No parecía cortés rechazarlo.
En cuanto nuestros dedos se tocaron, sentí una conexión instantánea. Mi cuerpo respondió a su contacto. Él llevó mi mano a sus labios y la besó con delicadeza. Me sonrojé al momento.
Antes de que pudiera soltarme, me invadió un mareo repentino y perdí el equilibrio. Él me sostuvo antes de que cayera. Todo empezó a dar vueltas.
Después, la oscuridad.