La luna que él no quería Capítulo treinta y dos
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Capítulo treinta y dos

A partir de entonces dejé de huir del alfa Thomas, aunque tampoco me lancé a sus brazos.

Poco a poco, nuestra relación volvió a parecerse a la de antes.

Más o menos. Cenaba con él y pasábamos tiempo juntos, como solíamos hacer.

Nada especial. Se mostraba más cercano y amable de lo habitual.

Creí que temía perderme y por eso intentaba mantenerme cerca.

Fui a ver a Aylla y a Ash. Él no parecía el mismo.

Al verme, se quedó como ausente. Había tristeza en sus ojos y no me dijo una palabra.

Se marchó antes de que pudiera contarle que el alfa Thomas había aceptado que nos casáramos.

Me rompió el corazón, pero no podía reprochárselo después de todo lo sucedido.

Aylla, en cambio, se alegró de verme. Pasamos un rato juntas, charlando y riéndonos como antes. Ella no mencionó a su hermano y yo tampoco encontré el momento de contarle que el alfa Thomas había accedido a mi boda con Ash.

Corrían rumores de que alguien importante vendría de visita.

Aylla y yo pasamos un buen rato intentando adivinar de quién se trataba.

Entonces derramé té sobre mi vestido y tuve que volver al palacio para cambiarme antes de que la mancha se quedara para siempre.

Me despedí de ella y fui hacia mi habitación.

Por el camino noté movimiento en el despacho del alfa Thomas.

Decidí entrar a saludarlo, pues llevaba varios días fuera y aún no lo había visto desde su regreso.

Parecía estar con alguien, así que me metí en un pequeño cuarto contiguo para esperar a que terminara la visita.

También sentía curiosidad por saber de qué hablaban.

Nunca había sabido gran cosa de los asuntos de la manada.

Me asomé por la puerta entreabierta y vi que el alfa Thomas estaba solo. Quienquiera que hubiera estado con él ya se había marchado. Sostenía algo en la mano y se lo acercaba a la nariz. Sus ojos brillaban con una luz roja. ¿Qué aroma podía provocarle aquella reacción?

Antes de que saliera para sorprenderlo, el beta Alden entró en el despacho. Llamó suavemente, aunque la puerta ya estaba abierta.

Yo seguí escondida en el cuartito. Se parecía más a un armario que a una habitación. Cada vez me costaba más respirar allí dentro; nunca me habían gustado los espacios cerrados.

—¿Qué piensas hacer con esa chica? —preguntó el beta Alden.

Su mirada se posó en lo que el alfa Thomas sostenía. En su rostro apareció algo parecido al asco. También percibí en él un olor amargo, una especie de tristeza. Seguramente seguía afectado por lo ocurrido en la boda con Ash.

Entonces por fin distinguí el objeto. Era un trozo de tela. Cuando el alfa Thomas lo dejó sobre el escritorio, comprendí con horror que era mi ropa interior.

¿Cómo la había conseguido?

Me tapé la boca para ahogar un jadeo.

—No voy a dejar que se case con tu hijo, si eso es lo que quieres saber. No puedo permitir que él se case con mi compañera —dijo el alfa Thomas. Sus ojos volvieron a brillar con una luz roja.

Lo sabía.

Sabía que yo era su compañera y no me había dicho nada. Durante todo aquel tiempo había creído que lo ignoraba, pero lo sabía.

—¿Piensas casarte con ella? —preguntó el beta Alden.

Aunque mantenía la calma, parecía molesto.

Era una pregunta razonable. Yo también quería conocer la respuesta. ¿Qué planes tenía exactamente para mí?

—Sabes muy bien que no puedo casarme con ella. No es adecuada para ser luna. No tiene loba —respondió el alfa Thomas.

Me cubrí la boca para contener el llanto. Nunca había pensado casarse conmigo. En realidad, eso ya lo sabía. Pero sus palabras me hicieron dudar de que mi visión fuera tan falsa como él aseguraba.

Si no hubiera visto la vida que me esperaba a su lado, aquello me habría dolido todavía más. Ya sabía que no me convertiría en su luna porque era débil. Tampoco pensaba dejarme ir, porque yo era su compañera. Toda aquella situación empezaba a enfurecerme.

—Podría ser feliz con mi hijo. Tu luna no la aceptará y la condenarás a una vida miserable —dijo el beta Alden.

Podía sentir su tristeza mezclada con ira. Ya no conservaba su serenidad habitual. Nunca lo había visto tan alterado ni lo había oído hablarle así al alfa Thomas.

—Ya tengo un acuerdo con mi futura luna. Aceptará a Aylene como mi compañera y no le pondrá un dedo encima —respondió el alfa Thomas.

Por lo visto, creía haberlo previsto todo. Todo menos quién era en realidad la mujer con la que pensaba casarse.

—He venido a suplicártelo. Deja que se case con mi hijo. Podrás seguir teniéndola cerca, pero ella será feliz y estará bien cuidada —dijo el beta Alden.

Su voz sonaba casi desesperada. Desde mi escondite vi que había cerrado los ojos. El alfa Thomas, en cambio, no parecía conmovido. No tenía la expresión que mostraba cuando estaba conmigo. Parecía satisfecho de sí mismo, casi arrogante. Ver aquella faceta suya me dio ganas de llorar.

Comprendí que todo había sido mentira. Había fingido ser amable y preocuparse por mí mientras hacía otros planes. Y me había dicho a la cara que me dejaría casarme con Ash si eso era lo que yo deseaba.

—No la he criado todos estos años para que tu hijo se quede con ella. Es mía y solo mía —dijo. Su voz ya era casi un gruñido.

Sentí náuseas al oírlo. Me tapé la boca y empecé a retroceder despacio, antes de que descubriera que estaba allí.

Una parte de mí quería irrumpir en el despacho y gritarle que era un miserable.