La luna que él no quería Capítulo veintinueve
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Capítulo veintinueve

El alfa Thomas no debía estar allí. Se suponía que seguía lejos. Había rogado que no regresara hasta que pudiera casarme con Ash, pero mis plegarias no habían sido escuchadas. Me pregunté qué habría hecho de terrible en una vida anterior para merecer aquel destino.

El corazón se me aceleró. Tenía que terminar la ceremonia antes de que pudiera impedirlo. Tomé la daga del altar y me hice un corte en la palma. Pero antes de que pudiera hacer lo mismo con Ash y sellar nuestro vínculo, el alfa Thomas se lanzó contra él en su forma de lobo.

Ash salió despedido hasta chocar contra el muro del palacio. Oí el golpe de su cuerpo al caer al suelo y se me revolvió el estómago.

El alfa Thomas estaba a punto de despedazarlo. Sabía que podía hacerlo: Ash todavía era joven y no tenía tanta fuerza. El beta Alden se interpuso para proteger a su hijo.

Miré a Aylla. Estaba aterrada. Después de lo que yo le había contado, sabía de lo que era capaz el alfa Thomas y temía por su hermano. Yo también temía por Ash. Creía que a mí no me haría daño. Y, si me lo hacía, en aquel momento no me importaba.

No podía quedarme allí mirando cómo destrozaba a la única persona que me amaba de verdad y había querido casarse conmigo, aunque yo no tuviera loba ni poder alguno.

—¡Detente! —grité.

El alfa Thomas se quedó inmóvil un instante.

Se volvió hacia mí. Sus ojos brillaban con una luz roja. Estaba dominado por su bestia. Nunca lo había visto en forma de lobo, pero reconocí su aroma enseguida. Tenía el pelaje oscuro y era enorme.

—Fui yo. La idea fue mía —dije, desesperada, intentando que me escuchara.

Se alejó de Ash y se dirigió hacia mí. Ya estaba recuperando su forma humana. Sabía qué haría después: me llevaría de vuelta a mi habitación. Reconocí en sus ojos la misma mirada que había visto aquella noche de mi visión. No quería vivirla jamás. No le habría deseado algo así ni a mi peor enemigo.

No estaba a salvo. Podía oler el peligro a mi alrededor y sabía cómo se comportaría el alfa Thomas. No serviría de nada suplicarle; la ira ya ardía en sus ojos. Seguía sin comprender cómo había regresado tan deprisa. No debía estar allí.

Desesperada por escapar de lo que creía que iba a ocurrir, me di cuenta de que aún tenía la daga ceremonial en la mano. Fue el dolor de la herida lo que me lo recordó. Sabía que atacarlo solo lo enfurecería más.

Así que hice algo que nunca habría imaginado.

Con todas las fuerzas que me quedaban, hundí la daga en mi pecho.

Un dolor agudo e insoportable me atravesó. Nunca había sentido nada semejante. Era peor que lo que había sentido al morir en mi visión.

Al sacar la daga, la sangre cayó sobre el altar y yo me desplomé encima. El dolor se extendió por todo mi cuerpo. Apenas podía respirar. Sabía que me quedaba poco tiempo.

Vi el horror en los ojos del alfa Thomas en el momento en que me clavé la daga. Corrió hacia mí y me sostuvo entre sus brazos. Le temblaban los dedos al apartarme un mechón de la cara.

—¿Por qué? —susurró.

Había dolor en su mirada.

No pude responder. Ni siquiera estaba segura de por qué lo había hecho. Tampoco sabía cómo explicárselo y ya no podía hablar. Sentí la boca llena de sangre y tosí mientras mis sentidos comenzaban a apagarse.

Él seguía abrazándome. Algo cálido cayó sobre mi rostro y pensé que quizá estaba llorando. Seguramente lo imaginaba. No le importaba tanto. Si de verdad le hubiera importado, me habría dejado casarme con Ash.

De su garganta salió un sonido que se parecía más a un grito desesperado que a un gruñido. Después ya no oí nada. Dejé que la oscuridad me envolviera mientras el dolor se desvanecía junto con todo lo demás.

No era así como había imaginado que terminaría mi noche de bodas.