Capítulo veintisiete
Cuando el beta Alden vino a buscar a Aylla, se me ocurrió un plan. Sabía que el alfa Thomas estaría ausente al menos unos días. Si me casaba con Ash antes de que regresara, después ya no podría hacer nada al respecto.
—Beta Alden —lo llamé.
—¿En qué puedo ayudarte, hija mía? —preguntó con calma.
Su presencia siempre me había tranquilizado.
No sabía cómo plantearle el asunto. Ni siquiera había pensado en todos los detalles, pero decidí ir al grano.
—Quiero casarme con Ash —dije. Nunca había hablado con tanta seguridad.
El beta Alden pareció sorprendido por un instante. Luego sonrió.
—Me alegra que hayas cambiado de opinión. Se lo diré. Cuando regrese el alfa Thomas, podremos organizar la boda.
No. No podía esperar a que volviera. El alfa Thomas jamás permitiría que me casara con Ash. No sabía qué planes tenía para mí, pero ya había rechazado la propuesta una vez. Sin embargo, no podía explicárselo al beta Alden. No quería que cambiara de opinión sobre mi matrimonio con su hijo.
—¿Podríamos hacerlo ahora? —pregunté, avergonzada.
Me miró desconcertado. Seguramente no entendía mi repentino cambio de opinión ni por qué tenía tanta prisa por casarme en lugar de esperar al regreso del alfa Thomas.
Sabía lo extraño que debía de parecerle.
Aun así, esperaba que aceptara sin hacer demasiadas preguntas. Yo no tenía respuestas que darle.
—No estoy seguro de entender por qué tienes tanta prisa —dijo, entre confundido y receloso.
¿Por qué tenía tanta prisa? Porque su querido alfa no me dejaría casarme con Ash. Esa era la urgencia. Pero no podía contárselo.
—Mi cumpleaños está cerca y entonces seré mayor que Ash. Siempre soñé con casarme antes de cumplir veinticinco años. Además, mis padres se casaron un día como hoy —mentí.
Era una excusa malísima, lo sé. Pero estaba desesperada y no podía esperar a que el alfa Thomas regresara. Si lo hacía, aquella boda jamás tendría lugar.
El beta Alden me observó con sospecha durante un momento. Después se le dibujó una sonrisa cómplice.
—Está bien. El alfa Thomas no estará contento, pero comprenderá la situación —dijo.
Le devolví la sonrisa y le agradecí que aceptara. Se marchó para organizar mi boda con su hijo y parecía feliz de verdad. Ya había dicho que esperaba vernos juntos algún día. Al parecer, hablaba en serio.
No me disgustaba la idea de tenerlo como suegro. Su esposa, la madre de Ash y Aylla, era una mujer encantadora. Iba a formar parte de una familia maravillosa. Sabía que cuidarían de mí.
Con ese pensamiento, fui a prepararme para la boda.
No tenía ni idea de qué ponerme, pero no me importaba.
Estaba feliz. Para mi sorpresa, la idea de casarme con Ash me hacía más feliz de lo que había imaginado.
Deseaba convertirme en su compañera. Aylla se pondría contentísima al saber que había decidido casarme con su hermano.
El alfa Thomas estaba lejos y no tenía nada que temer.
No regresaría tan pronto como para interrumpir la ceremonia.
Una vez que Ash y yo estuviéramos unidos, el alfa Thomas no podría separarnos.
Las normas de la manada se lo prohibían, y ni siquiera él estaba por encima de ellas.
No podía romper el vínculo entre compañeros solo porque desaprobara la unión.
Lo que la Diosa de la Luna uniera, él no podría deshacerlo.
Sería un sacrilegio. No desafiaría a los dioses ni la voluntad de la Diosa de la Luna.
Fui al altar de la Diosa de la Luna para presentarle mis respetos y agradecerle aquella nueva bendición. Me arrodillé y le pedí que bendijera nuestra unión. Esperaba que escuchara mis plegarias.
Más tarde, Aylla y Gilda me ayudaron a prepararme para la boda. Las dos parecían felices. Gilda me dijo que había tomado una buena decisión y que contaba con su aprobación. Aylla no dejaba de sonreír: iba a convertirme en su hermana. Solo esperaba que Ash estuviera tan emocionado como ella.
Pronto sería la compañera de Ash y todo cambiaría. Estaba preparada para lo que viniera.