La luna que él no quería Capítulo veintiséis
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Capítulo veintiséis

Gilda no se había separado de mí desde aquella noche. Siempre había alguien a mi lado, sobre todo al anochecer. Algunas noches las pasaba con Aylla. El alfa Thomas lo permitía, pero ya no me dejaba dormir en casa de mi amiga como antes. Sabía por qué: Ash vivía allí. Tenía que ser por él.

Una noche, por fin le conté a Aylla lo que había visto durante el ritual. Se tapó la boca y abrió mucho los ojos, horrorizada. Para cuando terminé de contarle toda la historia, las dos estábamos llorando.

—Ahora entiendo por qué le tienes tanto miedo —dijo antes de abrazarme.

—Mientras mantenga las distancias con él, creo que estaré bien —respondí. Quería creer que podía seguir pasando desapercibida.

—No creo que eso funcione —dijo Aylla, visiblemente preocupada—. Vi cómo te miraba mientras mi hermano te llevaba en brazos.

Yo también lo había notado. Pero el alfa Thomas siempre había sido más o menos así.

Nunca le había gustado que otros hombres se acercaran demasiado a mí.

En el fondo, todavía esperaba que siguiera viéndome como a la niña que había conocido años atrás.

Que no viera nada más en mí. Sobre todo, que no descubriera que era su compañera.

—Le prohibió a mi hermano acercarse a ti, incluso después de que Ash pidiera formalmente tu mano. El alfa Thomas rechazó su propuesta. Dijo que tú no querías casarte con él —añadió Aylla, con tristeza en los ojos.

Ash había pedido mi mano. Aquello sí que era una noticia. ¿Por qué nadie me lo había contado? ¿Qué estaba sucediendo?

El pánico me invadió y empecé a temblar. ¿Y si…? No. No podía ser. No me había puesto aquel vestido. No había intentado seducir al alfa Thomas. Al contrario: había hecho todo lo posible por mantenerme lejos de él.

—Llevo días queriendo preguntártelo. ¿Por qué rechazaste a mi hermano? —preguntó Aylla. Parecía dolida.

Me rompió el corazón verla así, pero yo no había rechazado a Ash. Ni siquiera sabía que quería casarse conmigo. Había pensado que no le interesaba de esa manera. Habíamos crecido juntos y nunca me había dado motivos para creer que quisiera algo más que mi amistad.

—¡No lo rechacé! No sabía que quería casarse conmigo —dije, confundida—. Yo… pensé que no le gustaba de esa forma.

Aylla volvió a abrazarme. Yo temblaba entre sus brazos. Algo iba mal, terriblemente mal, y podía sentirlo. ¿Había pasado por alto algo evidente? ¿El alfa Thomas estaba interesado en mí y yo no me había dado cuenta?

—Eso significa que te quiere para él —susurró Aylla.

No. No podía ser. Él no lo sabía. Esperaba que no supiera que éramos compañeros, porque yo no quería que lo descubriera.

Un dolor agudo me atravesó el pecho y los recuerdos de la vida que había visto junto a él regresaron de golpe.

Me estremecí hasta lo más hondo. No podía vivir aquella vida. No la quería. Y tampoco lo quería a él.

—Respira —me pidió Aylla.

Entonces noté que intentaba tomar aire a bocanadas, pero no lo conseguía. Le tenía demasiado miedo al alfa Thomas. Le tenía miedo a aquel futuro. Sabía que nunca me convertiría en su luna y, además, ya no quería serlo. Qué ingenua había sido al soñar alguna vez con ello.

—No quiero ser su compañera —dije entre lágrimas, negando con la cabeza.

Aylla me acarició el pelo y me abrazó con fuerza.

—No tienes por qué serlo. Encontraremos una solución. Hablaré con mi padre —dijo, intentando tranquilizarme.

Pero aquello me asustó aún más. Temía que el alfa Thomas se enterara. Sabía que el beta Alden no diría nada por voluntad propia, pero el alfa Thomas podía obligarlo a contarle la verdad. Era el alfa.

—No quiero que tu padre lo sepa. No quiero que se lo diga al alfa Thomas. Prométeme que no contarás a nadie lo que te he dicho —le pedí entre sollozos.

—Te prometo que no se lo diré a nadie —respondió con firmeza.

Sus palabras me calmaron un poco.

—Sé que mi padre no se lo contaría, pero no podemos correr el riesgo —añadió.

Asentí y me sequé las lágrimas. Me alegraba que me entendiera. Era mi amiga; por supuesto que me entendía. Desde niñas, cada una había sabido guardar los secretos de la otra.

—Aunque… ¿qué opinas de mi hermano? —preguntó con una sonrisa traviesa.

Solté una risita y me sonrojé. Todavía no estaba preparada para hablar de eso. Ni siquiera tenía claros mis sentimientos, pero quizá Ash me gustaba más de lo que me permitía reconocer. Era dulce, guapo y me conocía bien. Estaba dispuesto a casarse conmigo aunque yo no tuviera loba.

—No estoy lista para hablar de eso —respondí, ruborizándome otra vez.

Aylla me dedicó una sonrisa cómplice y las dos nos echamos a reír. Durante un rato, la vida volvió a parecer sencilla.

No duró mucho. Pronto empecé a llorar de nuevo. Me quedé dormida entre lágrimas y puede que siguiera llorando incluso en sueños. Aylla hizo todo lo posible por consolarme, pero yo no lograba librarme del miedo.

Aquella noche soñé con todo lo que había visto en la visión. Me desperté gritando.

Gilda estaba allí para calmarme. No sabía cuándo había llegado. Tal vez Aylla la había llamado o quizá había venido a ver cómo estábamos.