La luna que él no quería Capítulo veinticinco
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Capítulo veinticinco

Ash se volvió hacia el gruñido. Allí estaba el alfa Thomas, con cara de estar a punto de aplastar a alguien. Ya había visto aquella mirada en mi visión. A su lado, el beta Alden parecía tan tranquilo como siempre.

Aylla me miró y, por primera vez en toda la noche, vi miedo en sus ojos. No le había contado lo que había visto porque, de algún modo, quería protegerla. Durante un instante pareció confundida. Luego su expresión cambió, como si acabara de comprender algo que no podía decirme.

—¿Por qué tu hijo está tocando a Aylene? —gruñó el alfa Thomas.

Por un momento creí que había oído mal.

¿De verdad había dicho «tocando»?

—Es de lo más normal. Lo hacen desde niños. La ha llevado en brazos más veces de las que puedo contar —respondió el beta Alden sin alterarse.

Sonaba exactamente como en mi visión.

Tuve una extraña sensación de déjà vu. La conversación no se desarrollaba exactamente igual, pero sabía hacia dónde se dirigía. Empecé a temblar entre los brazos de Ash. Él bajó la mirada hacia mí, preocupado, y me estrechó contra su pecho. Eso solo pareció enfurecer más al alfa Thomas.

—¿Y eso no te molesta? —gruñó, sin dejar de mirarme.

Su mirada me quemaba la piel. Hundí la cara en la camisa de Ash. Ya no quería ver al alfa Thomas. Deseé que, por algún milagro, desapareciera y me dejara a salvo, libre de aquel miedo.

Pero no tuve tanta suerte. Asomé la cabeza y seguía allí, furioso, exactamente igual que en mi visión.

—En absoluto. Francamente, siempre he esperado en secreto que acaben juntos. Tienen la misma edad, se conocen bien y crecieron juntos —dijo el beta Alden.

Habría jurado que sonrió por un segundo.

Yo sabía lo que venía después. En mi visión había dejado que el alfa Thomas me llevara en brazos a mi habitación, y entonces había ocurrido todo.

Ahora los acontecimientos se adelantaban.

Ni siquiera me había puesto el vestido ni había intentado demostrarle que ya era una mujer. Ya no entendía qué estaba pasando.

Gilda apareció de pronto con la chamana. Aquello me confundió aún más. ¿Por qué estaba allí la chamana?

—Ven por aquí, hijo —le dijo Gilda a Ash, indicándole que entrara—. Aylene se ha hecho daño en un pie.

La explicación pareció calmar de inmediato al alfa Thomas.

Entonces comprendí por qué Gilda había intervenido. Sabía cómo podía reaccionar él. Sabía más que yo y lo conocía bien. Aylla volvió a mirarme, asustada. Comprendí que temía por mí. Debía de haber advertido mi miedo al alfa Thomas.

Ash me llevó dentro. Yo sabía que el alfa Thomas no permitiría que me llevara en brazos hasta mi habitación, y Gilda también. Por eso le pidió que me dejara en el sofá de una de las salas de estar. Ash me besó el dorso de la mano antes de marcharse. Se fue justo antes de que el alfa Thomas entrara.

Su beso no me provocó el estremecimiento que había sentido cuando me tocó el hombre del salón de baile. Tal vez era porque conocía a Ash desde hacía demasiado tiempo.

Gilda se apresuró a frotarme la piel con un aceite de olor agradable, aunque no era el tipo de perfume que yo solía elegir. La chamana obró su magia en silencio. Mientras tanto, el alfa Thomas permanecía en la puerta, observándome con una expresión que no conseguí descifrar.

Cuando la chamana terminó, él se acercó y se arrodilló a mi lado. Me acarició el pie con delicadeza y depositó un beso suave en él. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. No fue de placer, sino de miedo. Tuve que contener las ganas de darle una patada en la cara.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó con dulzura.

Ya no parecía enfadado.

También había visto aquella faceta suya en mi visión.

Cada vez que yo salía lastimada, casi siempre por su culpa, él se volvía atento y cariñoso.

Así me había cuidado durante años. Ahora todo me parecía distinto, como si su ternura hubiera sido una mentira.

No podía dejar de temerle. Sabía de lo que era capaz. Lo había visto.

Me acarició el rostro. Hice un esfuerzo para no apartar su mano.

—Estoy cansada y quisiera irme a dormir —dije, levantándome tan deprisa como pude.

Asintió. Antes de que pudiera acercarse más o decidir llevarme en brazos, tomé de la mano a Gilda y salí con ella. Le deseé buenas noches y procuré no correr hacia mi habitación. Aun así, cuando llegué, ya estaba temblando.

Los acontecimientos de mi visión se estaban repitiendo. Temía que, por mucho que intentara cambiarlos, no pudiera escapar de mi destino. Tenía que existir otro camino. Tenía que existir. No podía acabar muriendo de aquella manera.

No dejaría que el alfa Thomas volviera a tocarme, aunque me costara la vida. Prefería morir antes que unirme a él.