La luna que él no quería Capítulo veinticuatro
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Capítulo veinticuatro

Aylla vino a buscarme para ir al festival.

Yo había elegido un vestido que me cubría bien, uno de los que el alfa Thomas había mandado hacerme tiempo atrás.

Gilda me ayudó a recogerme el pelo. No quería que mi aroma llegara hasta el alfa Thomas y provocara en él la reacción que había visto.

Estaba tomando todas las precauciones posibles para impedir que mi visión se hiciera realidad.

—Parece que vas a un funeral. ¿Estás bien? —preguntó Aylla al ver mi ropa.

Ella llevaba un vestido precioso que realzaba su piel clara y su cabello oscuro. Había entrelazado flores en su pelo y lo llevaba suelto por la espalda.

—Tenía el pelo rebelde —respondí.

En parte era verdad. Aylla no hizo más preguntas porque sabía lo difícil que podía ser domar mi pelo.

Su hermano nos esperaba fuera. Por un momento lo vi de otra manera. Había olvidado lo guapo que era. Al verme, sonrió, y aquella sonrisa le iluminó los ojos.

Solté una risita y me sonrojé de inmediato. Esto empieza bien, pensé.

Aylla miró a su hermano y luego a mí, confundida. Después negó con la cabeza, como si decidiera descartar lo que acababa de pensar. Ash me ofreció la mano y fuimos juntos al festival.

Había flores, música y gente bailando por todas partes. La luz de la luna se reflejaba en los cristales y llenaba el aire de destellos plateados. El lugar era espectacular. Hasta aquel momento, casi había olvidado cuánto me gustaba aquel festival.

La noche transcurrió mejor de lo que esperaba. Bailé y me reí con mis amigos, y varios jóvenes de la manada se unieron a nosotros. Todo iba bien hasta que vi al alfa Thomas observándome.

Había algo en sus ojos que me asustó, aunque no era aquella mirada descontrolada que había visto en mi visión. Era algo distinto. Estaba bastante lejos y hablaba con varios miembros de la manada. Tal vez no había visto bien su expresión. Quizá no significaba nada.

Aylla se acercó y me puso una mano en la mejilla. Su caricia me devolvió al presente; otra vez me había perdido en mis pensamientos.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.

Asentí para tranquilizarla, pero notó que algo me ocurría. Nunca se me había dado bien ocultarle lo que sentía.

—Parece que has visto un fantasma —dijo.

Sus palabras me hicieron dar un respingo. No andaba tan desencaminada: por un momento había creído ver al alfa Thomas de mi visión. Me había dado miedo. Cada vez que lo miraba me dolía el corazón. Después de lo que había visto, no creía que pudiera volver a verlo como antes.

—Últimamente no me encuentro muy bien —murmuré.

—Me he dado cuenta —respondió, lo bastante bajo para que solo yo la oyera.

Se acercó a mi oído.

—¿Tiene algo que ver con el ritual?

Sentí que se me iba la sangre de la cara. Ella sabía lo del ritual. ¿Cómo? ¿Quién se lo había contado? Aún no estaba preparada para confesarle lo que había visto.

—¿Lo sabes? —pregunté, asustada.

Aylla asintió.

—Yo estaba allí, ¿recuerdas? Me fui temprano porque tenía frío y estaba a punto de quedarme dormida.

Lo había olvidado. Ahora recordaba que me había acompañado antes de que cerrara los ojos en el altar.

—Mi padre me contó cómo despertaste. Dijo que lo que viste te dejó muy afectada. Puedes contármelo cuando quieras. Estaré a tu lado —añadió mientras me abrazaba.

—Aquí no —susurré.

Ella asintió.

—Lo sé. Pero hay algo que deberías saber: todas las mujeres solteras de la manada realizan el ritual durante la luna llena de su mes de nacimiento, una vez cumplidos los veinticuatro y antes de llegar a los veinticinco.

Ah. Yo no lo sabía. Al parecer, ignoraba muchas cosas. ¿Se suponía que ya debía estar casada? ¿Se me estaba pasando la edad?

—No tenía ni idea —murmuré.

Aylla me dedicó una sonrisa cálida.

—Lo sé. Le dije a mi padre que este mes te tocaba hacer el ritual y estuvo de acuerdo. Al alfa Thomas no le hizo ninguna gracia, pero tampoco lo prohibió —explicó, acercándose más para que los demás no la oyeran.

No me sorprendía que al alfa Thomas le disgustara. No creía en esa clase de cosas, aunque la magia era real y recurría a las sanadoras constantemente. Algunos lobos, muy pocos, poseían dones curativos. Los compañeros también podían sanarse mutuamente a través de su vínculo.

Con el tiempo, la magia de ese vínculo había perdido importancia para muchos, porque no todas las parejas recibían dones. Los compañeros destinados recibían bendiciones más poderosas, pero un vínculo así no era común en nuestra manada.

Quizá por eso el alfa Thomas no se había dado cuenta de que yo era su compañera. Debería haber podido percibirme, pero yo no tenía loba. Tal vez esa era la explicación.

Para ser sincera, prefería que nunca lo descubriera. No quería unirme a él, si me entiendes. Quería arriesgarme y elegir a alguien por mí misma: un hombre dulce y atento. Alguien como Ash.

Lo miré y sus ojos se iluminaron de inmediato. Debí de quedarme observándolo demasiado tiempo, porque se sonrojó.

—¿Qué pasa entre mi hermano y tú? —preguntó Aylla.

Me ruboricé como si me hubiera sorprendido haciendo algo prohibido. ¿Tan evidente era que Ash empezaba a gustarme?

—Te gusta —susurró al comprenderlo.

Volví a sonrojarme. No sabía cómo reaccionaría y no quería confirmar nada por si la idea le desagradaba. Buscaba algo inteligente que decir cuando Ash apareció a nuestro lado y me llevó a bailar.

Me hizo girar demasiadas veces y empecé a marearme, pero me estaba divirtiendo. En vez de preocuparme por el mundo y por mi futuro, decidí bailar y ser feliz un momento. Bailé como si nadie me estuviera mirando.

Aylla se unió a nosotros. Los tres nos divertimos tanto que nuestras risas contagiaron a quienes nos rodeaban. Pronto parecía que toda la manada estaba celebrando con nosotros.

Podía decir, sin exagerar, que había bailado toda la noche. Me dolían tanto los pies que apenas podía caminar. Ash decidió llevarme en brazos y yo lo dejé. A Aylla no pareció molestarle: no dejaba de dirigirme sonrisas cómplices, y cada una me hacía sonrojar.

Al pasar junto a los guardias del palacio, también nos sonrieron. Tenían la misma expresión que Aylla había tenido toda la noche, como si supieran algo que yo ignoraba.

Estábamos a punto de entrar cuando oí un gruñido que hizo que se me parara el corazón. Hundí la cara en la camisa de Ash. Su aroma me envolvió y, aunque estaba aterrada, de algún modo me sentí a salvo entre sus brazos.