La luna que él no quería Capítulo veintitrés
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Capítulo veintitrés

El alfa Thomas regresó antes del Festival de Primavera. Intenté evitarlo, pero no dejaba de preguntar por mí. Gilda me ayudó a mantenerme lejos de él sin pedirme explicaciones. Le agradecí que no insistiera en conocer detalles que todavía no estaba preparada para contar.

No podía hablarle a nadie de lo que había visto. Ni siquiera a Aylla. Sobre todo a Aylla. Su padre era el beta y temía que se lo contara al alfa Thomas. Sabía que probablemente no lo haría, pero no quería correr el riesgo. Además, me avergonzaba revelar todo aquello.

Cuando Aylla llegó con el vestido, me quedé helada. Era exactamente igual al de mi visión. El mismo vestido que había hecho perder el control al alfa Thomas.

—¡Tíralo! —grité.

Aylla me miró, confundida. Debía de parecer aterrada, porque dejó el vestido de inmediato y vino a abrazarme. Yo temblaba entre sus brazos.

—No pasa nada si no te gusta. Puedes ponerte otra cosa —dijo en voz baja.

—No puedo ponérmelo. No puedo —repetí entre lágrimas.

Aylla no dijo nada más. Se quedó a mi lado mientras yo lloraba, hasta que conseguí calmarme. Sabía que quizá mi reacción parecía exagerada. Después de todo, no era más que un vestido. Pero los recuerdos de la visión me habían golpeado de nuevo. Habían sido tan reales. Tan dolorosos.

—Buscaremos otro vestido —dijo con una sonrisa dulce.

—Creo que esta noche me quedaré en mi habitación. No tengo ganas de ir al festival. Me encuentro un poco mal.

Gilda entró en ese momento y le di las gracias en silencio. Aún no estaba preparada para explicarle a mi mejor amiga por qué había reaccionado así ante un vestido precioso que no podía ponerme sin sufrir las consecuencias.

Me dolía mirarlo. Nunca había tenido una prenda tan hermosa. Era rojo, estaba confeccionado con esmero y adornado con pequeñas piedras que brillaban a la luz del sol.

—Si cambias de opinión, Ash y yo vendremos a buscarte —dijo Aylla antes de abrazarme y marcharse.

Gilda me observó con atención. Mi cara debía de delatar que había estado llorando.

—Es un vestido precioso —comentó mientras acariciaba la tela—. ¿Te lo pondrás esta noche?

—No puedo —respondí.

Volví a llorar, esta vez con más fuerza. Gilda me rodeó con los brazos y me meció suavemente, como hacía cuando yo era pequeña y las lágrimas no me dejaban hablar.

Cuando logré tranquilizarme un poco, le conté lo que había visto. No todos los detalles, pero sí lo sucedido con el alfa Thomas. Le hablé de mi muerte y de las consecuencias de ponerme aquel vestido.

—No te preocupes, hija mía. Te ayudaré aunque me cueste la vida —prometió.

La creí. Llevaba mucho tiempo protegiéndome.

Gilda era como una madre para mí, más de lo que había llegado a serlo mi propia madre. Sabía que no tenía hijos, aunque ignoraba por qué. Nunca me lo había contado y yo jamás se lo había preguntado.

—No creo que el alfa Thomas sea tu compañero, querida —dijo.

Sentía que lo decía de corazón. Sus palabras me llenaron de esperanza. Quería creerla. Quería que tuviera razón.

—No creo que la Diosa de la Luna sea tan cruel. Y, sobre todo, no creo que él tenga la suerte de estar unido a una mujer tan hermosa como tú.

Había algo en su voz que nunca antes le había oído. No supe qué significaba.

Según lo que la Diosa de la Luna me había mostrado, el alfa Thomas no merecía mi amor.

Era cruel y acabaría destruyéndome por dentro.

Aun así, una parte de mí se resistía a creer que de verdad fuera así.

Siempre había sido amable conmigo. Nunca me había hecho daño y me había protegido durante todos aquellos años.

Había sido mi intento de seducirlo lo que lo cambió todo. No volvería a cometer ese error.

La operación «Encontrar un vestido» quedaba cancelada para siempre. Me pondría ropa que me cubriera bien, incluso si eso hacía que volviera a parecer una niña.

—¿Podemos quemarlo? —le pregunté a Gilda con lágrimas en los ojos.

El vestido era dolorosamente hermoso y yo sabía cómo me quedaría. Pero no podía ponérmelo. Ni esa noche ni nunca. Haría que el alfa Thomas perdiera el control. No podía dejar de recordar lo que había visto, cada momento terrible que había seguido a aquella noche.

—Guardémoslo por ahora —propuso Gilda.

Asentí. Ella lo colocó con cuidado en mi armario, en un lugar donde no tuviera que verlo y recordar todas las desgracias que habían comenzado cuando me lo puse.

—Busquemos otra cosa para esta noche —dijo mientras revisaba mi ropa.

—No tengo ganas de ir —susurré.

—Querida, no podrás evitarlo para siempre. Además, te vendrá bien divertirte con los jóvenes de la manada. Y ese muchacho, el hijo del beta, no está nada mal —añadió con una mirada cómplice.

Me sonrojé al instante.

Ash era amable y siempre me hacía reír. Era el hermano gemelo de Aylla. Recordaba cómo me había tomado de la mano cuando morí en la visión. Pero, por encima de todo, recordaba cómo me hacía sentir: a salvo.

—Sería un buen marido para ti, y no creo que al beta Alden le disguste la idea —añadió Gilda.

No pude evitar sonreír y volver a sonrojarme. Ella me miró divertida. Era evidente que sabía más de lo que me contaba.

Ash y yo pasábamos mucho tiempo juntos, aunque Aylla también solía estar con nosotros. Ahora lo veía menos. Había empezado a ayudar a su padre con los asuntos de la manada y se estaba preparando para ser el próximo beta.

¿Por qué no ir al festival y divertirme un poco? ¿Qué daño podía hacerme? Quizá así dejaría de pensar por un rato en el futuro que intentaba evitar con todas mis fuerzas. Un futuro que esperaba no llegar a vivir.